Colgué el teléfono y me quedé mirando la pantalla un momento, con el eco de su risa suave aún vibrando en mis oídos. "Puede ser que me acostumbré a tenerte siempre cerca". Esas palabras de Cassie eran más peligrosas para mi autocontrol que cualquier contrato de mil millones de dólares.
Estaba por retomar los informes de obra cuando mi secretaria me pasó una llamada interna. Era de la guardería de la empresa.
—Señor Thorne, disculpe que lo moleste —la voz de la encargada sonaba apenada—, pero no sabemos a quién más contactar. La señora Miller salió con tanta prisa que dejó todas las pertenencias de la niña. Los dinosaurios, la mochila, los biberones... todo está aquí. Intentamos llamarla, pero no responde.
—No la llamen más —ordené, poniéndome de pie y tomando mi chaqueta—. Ella tiene una emergencia familiar. Denme las cosas a mí, yo me haré cargo.
Bajé personalmente. Al entrar en la guardería, ver la pequeña mochila de dinosaurio y los juguetes esparcidos sobre una mesa me causó una punzada de algo que no solía sentir: instinto de protección. Recogí cada cosa con cuidado, metí los dinosaurios en la mochila y me los llevé al auto.
Llegué a mi ático cuando el sol ya empezaba a esconderse tras los rascacielos. Dejé la mochila de Phoe sobre el sofá de diseño, un objeto lleno de color que rompía por completo la estética minimalista y fría de mi casa. Fui directo al bar, serví un poco de whisky en un vaso de cristal y me senté frente al ventanal.
El líquido quemaba mi garganta, pero mi mente estaba en ese pueblo, con ella. 2024 había sido un año de negocios y frialdad, hasta que ella entró en mi oficina.
Recordé el primer día. Cassie Miller no entró pidiendo caridad; entró con la barbilla en alto, defendiendo su talento a pesar de que el mundo la había golpeado. Me quedé flechado desde ese primer segundo. No era solo su belleza, era esa mezcla de vulnerabilidad y acero que la hacía única. Y luego estaba esa "pequeña cosa", Phoebe. Nunca imaginé que un hombre como yo, que vive para los ángulos rectos y las estructuras de hormigón, terminaría con un dinosaurio de plástico en el escritorio solo para verla sonreír.
Me terminé el whisky de un trago, mirando la mochila en el sofá. Cassie quería traer a su madre. Quería una vida estable. Y yo iba a darle eso y mucho más. Ella aún no lo sabía, pero desde que cruzó la puerta de Thorne Industries, ya no había vuelta atrás. No iba a permitir que se fuera de mi lado.
El tercer trago de whisky no ayudó a aplacar la inquietud. Al contrario, el silencio de mi ático se volvió insoportable. Miré de reojo la mochila de dinosaurios de Phoebe sobre mi sofá gris y, de repente, la idea de pasar una noche más sin escuchar la risa de esa niña o ver la determinación en los ojos de Cassie me pareció una pérdida de tiempo inaceptable.
Dejé el vaso a medio llenar, tomé las llaves de mi auto y bajé al garaje. No lo pensé dos veces. Necesitaba estar allí.
El trayecto hacia Big Bear Lake fue un borrón de luces y asfalto. Conduje mi deportivo por las curvas de la montaña a una velocidad que habría alarmado a cualquiera, pero mi mente solo tenía un objetivo. El pueblo era pequeño, tranquilo, un contraste total con el caos de Los Ángeles. Encontré el hospital local sin dificultad; era el edificio más iluminado en la calma de la noche.
Entré en la clínica con paso firme, ignorando las miradas de sorpresa del personal nocturno. Al llegar a la habitación que me habían indicado, me detuve en el umbral.
Allí estaban. Cassie y Phoebe estaban sentadas en unas sillas incómodas al lado de la camilla donde descansaba una mujer pálida, de rasgos dulces: su madre. Cassie tenía la mirada perdida, sosteniendo la mano de la mujer, mientras Phoe cabeceaba del cansancio.
—¡Domi! —el grito de la pequeña rompió el silencio de la habitación.
Phoebe se bajó de la silla como un rayo y corrió por el pasillo del hospital con los brazos abiertos. Me agaché justo a tiempo para recibirla, cargándola en mis brazos y sintiendo cómo se aferraba a mi cuello con una confianza que me desarmó por completo.
Cassie se puso de pie de un salto, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Estaba despeinada, con rastros de llanto en las mejillas, pero nunca la había visto tan hermosa.
—¿Dominic? —susurró, como si no creyera que era real—. ¿Qué haces aquí? Son tres horas de viaje... es casi medianoche.
—No podía quedarme sentado en Los Ángeles sabiendo que estabas pasando por esto sola, Cassie —dije, acercándome a ella mientras mantenía a Phoebe segura en mi brazo izquierdo.
Ella se acercó lentamente, todavía aturdida. Sin decir una palabra más, acorté la distancia y la envolví en un abrazo con mi brazo libre, pegándola a mi pecho. Sentí cómo soltaba un suspiro tembloroso y hundía la cara en mi hombro, dejando que el peso de las últimas horas cayera finalmente sobre mí. En ese pequeño hospital de pueblo, rodeado del olor a medicina y cansancio, supe que no había ningún otro lugar en el mundo donde quisiera estar.
Conduje siguiendo las indicaciones de Cassie hasta una pequeña casa de madera, acogedora y rodeada de pinos. Al abrir la puerta con las llaves que me dio, el calor del hogar me recibió de golpe. Caminé con cuidado por el pasillo, buscando la habitación de Phoebe, pero antes de encontrarla, una puerta se abrió y una luz se encendió en el pasillo.
Me detuve en seco. Frente a mí apareció una mujer que me hizo parpadear dos veces. Era casi idéntica a Cassie: la misma estructura ósea, la misma mirada decidida, pero con una diferencia marcada; mientras que Cassie tenía esa melena de rizos indomables que tanto me gustaba enredar en mis dedos, esta mujer tenía el cabello completamente liso y oscuro.
Ella me escaneó de arriba abajo, deteniéndose en mi traje de tres piezas y luego en la niña que dormía en mis brazos. Su expresión era de pura alerta.
—¿Quién es usted? —preguntó con voz firme—. ¿Y por qué tiene a mi sobrina?