El Efecto Phoe

Capítulo 11 : Los Angeles

Entramos en la habitación caminando de la mano, con la luz del sol iluminando los pasillos del hospital. Mi madre estaba despierta, sentada en la cama y con un poco más de color en las mejillas. Al vernos entrar, su mirada saltó de nuestras manos entlazadas a mi rostro, con esa curiosidad que solo una madre posee.

​Me acerqué a ella, pero no solté a Dominic. Quería que ella viera que él era mi apoyo.

​—Mamá —dije con la voz clara y una sonrisa que no podía ocultar—, quiero presentarte formalmente. Él es Dominic. Es un hombre maravilloso con el que estoy intentando construir una vida. Él ha sido quien ha movido cielo y tierra para que estés bien atendida.

​Dominic se inclinó con un respeto impecable, tomando la mano de mi madre con delicadeza.

—Es un honor conocerla al fin, señora Miller. Cassie no deja de hablar de usted.

​Mi madre lo miró de arriba abajo, asombrada por su porte, pero sobre todo por la forma en que él me miraba a mí. Asintió con suavidad, dándonos su aprobación silenciosa. Entonces, aproveché el momento para soltar la noticia.

​—Y tenemos un plan, mamá. No te vas a quedar aquí sola. Te vienes con nosotras a Los Ángeles. Mi apartamento actual es muy chico para las tres, así que nos vamos a mudar a uno mucho más grande. Es en una zona maravillosa, cerca de mi trabajo para que no pierda tiempo en traslados y, lo más importante... —le guiñé un ojo—, está cerca de la playa, justo como a ti te gusta. Podrás pasear con Phoe por la arena todas las tardes.

​Mi madre se llevó una mano a la boca, emocionada, mirando a Dominic y luego a mí.

—¿De verdad, hija? ¿Cerca del mar?

​—Cerca del mar —confirmó Dominic con voz firme—. Ya tengo a mi equipo buscando las mejores opciones. No les va a faltar nada, se lo prometo.

​Sentí que un peso enorme se levantaba de mis hombros. Por primera vez en años, el futuro no parecía una lucha cuesta arriba, sino un camino que iba a recorrer acompañada.

Mi madre me miraba con los ojos empañados, apretando mi mano y la de Dominic al mismo tiempo. No era solo alivio lo que sentía, era la seguridad de que su hija ya no estaba sola peleando contra el mundo.

​—¿De verdad, hija? —susurró ella de nuevo, como si necesitara escucharlo una vez más para creérselo—. ¿Me voy con ustedes? ¿A Los Ángeles?

​—No te voy a dejar aquí ni un segundo más, mamá —le respondí con firmeza, dándole un apretón cariñoso—. Dominic ya lo tiene todo hablado. En cuanto te den el alta, nos vamos las tres. Phoebe te necesita, y yo... yo te necesito a mi lado. Se acabó el vivir separadas por miedo a no tener dinero.

​Dominic asintió, con esa postura impecable que imponía respeto pero que ahora solo transmitía protección.

​—Ya he dado órdenes para que preparen el traslado médico si es necesario, señora Miller. No se preocupe por las maletas ni por los trámites. Mi equipo se encargará de cerrar su casa aquí y de que todas sus pertenencias lleguen a nuestro nuevo hogar en la costa. Usted solo tiene que concentrarse en ponerse fuerte para pasear por la playa con su nieta.

​Mi madre miró a Dominic con una gratitud que no le cabía en el pecho.

—Gracias... gracias por cuidar de mi niña y de mi nieta. No sabía que existían hombres como usted en este mundo.

​Dominic bajó la cabeza con modestia, pero me apretó la mano con más fuerza.

—Es Cassie la que nos cuida a todos, señora. Yo solo me aseguro de que tenga las herramientas para hacerlo sin miedo.

​Phoebe, que estaba sentada a los pies de la cama, saltó de repente.

—¡Abu, vamos a vivir en un castillo! Domi dijo que puedo tener un cuarto de princesa y muchos dinosaurios. ¡Y tú vas a dormir cerca del mar!

​La risa de mi madre fue el mejor sonido de todo el día. Después de tanto tiempo de soledad y de llamadas telefónicas llenas de angustia, verla así, proyectando un futuro con nosotras, me hizo sentir que finalmente le habíamos ganado la partida a la vida.

​Salimos de la habitación un momento para dejar que las enfermeras terminaran de revisarla antes de irnos. Nos quedamos en el pasillo iluminado por la luz del atardecer. Dominic me atrajo hacia él por la cintura, pegándome a su pecho.

​—Gracias, Dominic —susurré, escondiendo mi cara en su cuello—. No solo me salvaste a mí, estás salvando a toda mi familia.

​—Ustedes son mi familia ahora, Cassie —respondió con esa voz ronca que me hacía temblar—. Y en mi mundo, nadie toca a mi familia y nadie pasa necesidad. Prepárate, porque en cuanto lleguemos a Los Ángeles, la vida que conocías se habrá quedado atrás para siempre.

Salimos del hospital y el aire fresco de la tarde me ayudó a aclarar las ideas. Mientras caminábamos hacia el auto, con Phoebe saltando un poco más adelante, me detuve y miré a Dominic. Tenía que poner los puntos sobre las íes antes de que esto creciera más.

​—Dominic, sobre lo de la mudanza... —empecé, cruzándome de brazos—. Estuve pensando y ya tengo una idea de qué buscar. Vamos a alquilar un apartamento cerca de la playa. No tiene que ser nada ostentoso, algo cómodo para mi madre, la niña y para mí. Sé que ahora con el bono y mi sueldo puedo costear algo digno, aunque no sea una mansión como la tuya.

​Dominic se detuvo en seco y me miró como si acabara de decir una locura.

​—¿Alquilar? Miller, no me has entendido. No vas a irte a buscar un apartamento a ninguna parte. Se vienen a vivir conmigo, a mi casa. Hay espacio de sobra para tu madre, para ti y para que Phoebe tenga su propio piso si quiere.

​Me quedé estupefacta. Sacudí la cabeza de inmediato, sintiendo que el calor me subía a las mejillas.

​—¡No! De ninguna manera, Dominic. Ni lo sueñes. Ya has hecho demasiado por nosotras esta semana; nos has salvado de Anthony, has pagado los mejores médicos para mi madre, le regalaste de todo a Phoe... ¡Ya es un abuso! No puedo permitir semejante cosa, sería aprovecharme de tu generosidad y no soy esa clase de persona.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.