La primera noche en el apartamento fue extraña y maravillosa a la vez. No teníamos muebles más allá de las camas inflables que Dominic insistió en enviar "mientras llegaba lo de verdad", pero el sonido del mar entrando por la ventana de la terraza era mejor que cualquier televisor.
A la mañana siguiente, me desperté en mi habitación, la grande, con la luz del sol dándome directamente en la cara. No había sombras de edificios grises, ni el ruido de las sirenas de mi antiguo barrio. Solo paz. Me levanté y fui a la cocina, donde encontré a mi madre ya sentada en la pequeña mesa de la terraza, tomando un café y mirando el horizonte.
—Hija, todavía no me creo que no tenga que mirar el techo esperando que se caiga —dijo ella con una voz que sonaba más fuerte que nunca.
Le di un beso en la frente y fui a despertar a Phoebe a su "cueva". La encontré enterrada entre cobijas, abrazada al dinosaurio que Dominic le regaló.
—¡Arriba, pollito! Hoy hay que ir a la oficina, pero primero vamos a desayunar con vista al mar.
Llegamos a la Torre Thorne a las nueve en punto. Al entrar en el piso 50, la energía era distinta. Ya no era solo la empleada agradecida; era la mujer que había tomado las riendas de su vida. Dominic estaba en su escritorio, rodeado de maquetas, pero en cuanto nos vio entrar, dejó todo.
—Bienvenida a casa, Miller —dijo con esa media sonrisa que reservaba solo para nosotras—. ¿Cómo estuvo la primera noche en el cuartel general?
—Silenciosa —respondí, dejando mis cosas—. Por primera vez en años, dormí ocho horas seguidas.
Dominic se levantó y se acercó, ignorando a los dos asistentes que esperaban en la puerta con carpetas. Se detuvo frente a mí, y por un segundo, el jefe desapareció.
—Me alegra oír eso. Porque hoy no vamos a trabajar en planos pequeños. Tenemos una invitación para la gala de la Asociación de Arquitectura el viernes. Es el evento del año y quiero que vayas conmigo. No como mi empleada, Cassie. Como mi pareja.
Me quedé helada. Una gala. Vestidos, luces, cámaras... y el mundo entero viendo a Dominic Thorne con una mujer que, hasta hace dos semanas, no tenía para pagar la luz.
—Dominic, eso es... es mucha exposición. ¿Estás seguro? —susurré.
—Nunca he estado más seguro de nada —respondió él, tomando mi mano frente a todos—. Es hora de que vean quién es la verdadera fuerza detrás de mis últimos éxitos.
Miré a Dominic a los ojos, sintiendo que el corazón me daba un vuelco. Una gala. El mundo de la alta sociedad, los flashes y las miradas críticas de personas que nunca habían tenido que contar centavos para comprar leche. Pero luego miré su mano entrelazada con la mía y recordé que ya no tenía por qué tener miedo.
—Acepto, Dominic —respondí con una sonrisa que intentaba ocultar mis nervios—. Iré contigo.
—Sabia decisión, Miller —asintió él, y noté un destello de orgullo en su mirada—. Va a ser una noche que nadie en esta ciudad olvidará.
Me puse a trabajar de inmediato. Tenía varios pendientes acumulados del proyecto de Malibú y un par de correcciones estructurales para el nuevo complejo de oficinas en el centro. Trabajé con una eficiencia que ni yo misma reconocía; el alivio de tener a mi madre a salvo en el nuevo apartamento y a Phoebe feliz en su "cueva" me daba una energía inagotable.
Cerca de las tres de la tarde, terminé de enviar el último correo. Me levanté y caminé hacia el gran escritorio de cristal.
—Dominic, he terminado con los pendientes de hoy —le dije, apoyándome un poco en la mesa—. ¿Me das permiso para salir un poco antes? Quiero ir a ver el vestido para el viernes. No quiero dejarlo para el último momento y que nada me quede bien.
Dominic dejó la pluma estilográfica y se recostó en su silla, observándome con esa intensidad que siempre me ponía a prueba.
—¿Va a ir sola, Miller? —preguntó con voz profunda.
—Bueno, pensaba ir con Phoe después de recogerla, o quizás llamar a mi madre si se siente con fuerzas...
—¿Me permite acompañarla? —me interrumpió, sorprendiéndome por completo—. Me gustaría ver qué tipo de "armadura" elige para enfrentar a los tiburones de la gala. Además, conozco un par de lugares donde el diseño es... aceptable.
Me reí por lo bajo. Sabía que sus "lugares aceptables" probablemente eran las boutiques más exclusivas de Beverly Hills.
—Me encantaría que vinieras, Dominic. De hecho, me vendría bien un ojo experto en arquitectura para ver si el vestido tiene una buena estructura —bromée.
—Entonces no perdamos más tiempo —dijo él levantándose y tomando su chaqueta—. Vamos por la pequeña cosa a la guardería y luego a buscar ese vestido.
Salimos de la oficina juntos, y por primera vez, no me importó que los empleados murmuraran al vernos pasar. Caminaba al lado del hombre que había construido medio Los Ángeles, pero lo que más me importaba era que él quería estar presente en los detalles más sencillos de mi nueva vida.
—De acuerdo, Dominic. Vamos por Phoebe a la guardería primero —acepté con una sonrisa, guardando mis planos en la carpeta.
Pasamos por la "pequeña cosa", quien salió saltando de la estancia infantil del edificio contando que había dibujado un rascacielos de colores para "Domi". El trayecto hasta nuestro nuevo apartamento frente al mar fue corto, y el ambiente en el auto era de una paz que todavía me costaba procesar. Al llegar, mi madre nos recibió con una energía renovada; el aire de la costa realmente estaba haciendo milagros en su salud.
—Mamá, ¿te importa quedarte con Phoe un par de horas? —le pregunté mientras la pequeña ya corría a buscar sus dinosaurios en su nueva habitación—. Dominic y yo tenemos que ir a buscar el vestido para la gala del viernes.
—Vayan tranquilos, hija —respondió ella, guiñándome un ojo con complicidad—. Aquí estaremos perfectas viendo el atardecer desde la terraza.
Salimos del edificio y, por primera vez, no había niñas, ni preocupaciones médicas, ni maletas de por medio. Éramos solo nosotros dos. Dominic me abrió la puerta de su imponente auto negro y, en lugar de dirigirse hacia las zonas comerciales comunes, tomó una ruta hacia una de las avenidas más exclusivas de la ciudad.