El silencio en el salón privado de la boutique se volvió tan denso que casi podía escucharse el latido de mi propio corazón contra las varillas del corsé. Dominic no apartaba la vista de mí; sus ojos verdes recorrían la curva de mis caderas y el escote del vestido con una fascinación que rozaba la reverencia. Dejó la copa sobre la mesa auxiliar sin mirar, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir y solo quedara esa imagen mía bajo las luces cálidas.
Se acercó lentamente, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Su mano, firme y un poco temblorosa, subió por mi brazo hasta detenerse en mi nuca, acariciando la piel expuesta por el peinado.
—Miller... Cassie —susurró, y su voz ronca vibró en el aire—. He pasado toda mi vida construyendo estructuras perfectas, pero nada se compara con lo que siento cuando te miro a ti. Me has devuelto la luz, me has dado una familia y me has recordado que el éxito no vale nada si no tengo con quién compartirlo.
Me tomó de la cintura con posesividad, pegando mi cuerpo al suyo, y su mirada se volvió profunda, cargada de una vulnerabilidad que nunca le había visto al gran Dominic Thorne.
—No quiero que seas solo mi arquitecta estrella. No quiero que seas solo la mujer que me quita el sueño —hizo una pausa, tragando saliva, completamente anonadado por el momento—. Cassie Miller, ¿quieres ser mi novia? ¿Y permitirme demostrarte cada día que quiero que, en un futuro, seas mi esposa?.
Sentí que el alma se me escapaba del cuerpo. Era la propuesta que tanto había esperado en silencio, el sueño que parecía imposible cuando contaba centavos en mi antiguo apartamento. Las lágrimas de felicidad asomaron a mis ojos, reflejando el brillo del terciopelo rojo.
—Sí, Dominic. Mil veces sí —respondí con la voz entrecortada por la emoción.
Él no esperó ni un segundo más. Se inclinó y me besó con una pasión arrolladora, un beso que sellaba una promesa de vida. Sus labios reclamaron los míos con una urgencia que decía más que cualquier contrato millonario, mientras mis manos se enredaban en su cabello, aceptando finalmente que nuestro futuro, tal como lo habíamos diseñado, acababa de comenzar.
Salimos de la boutique flotando en una nube. El peso del vestido en la bolsa de lujo era real, pero el peso que se había quitado de mi corazón al decir "sí" era mucho más grande. Conducimos de vuelta al apartamento en un silencio cómplice, con nuestras manos entrelazadas sobre la consola del auto. Dominic estacionó y subimos juntos; él no pensaba soltarme ni un segundo.
Al abrir la puerta, la calidez del nuevo hogar nos recibió con ese aroma a madera clara y brisa marina. Mi madre estaba en el sofá y levantó la vista con una sonrisa que se ensanchó al ver nuestras expresiones.
—Mamá, tenemos algo que decirte —dije, acercándome a ella sin soltar a Dominic—. Quiero que lo sepas formalmente: Dominic y yo... ahora somos pareja. Vamos a intentar construir un futuro juntos, no solo en la oficina, sino en la vida.
Mi madre soltó un suspiro de alivio, se levantó con cuidado y nos abrazó a los dos.
—Ya era hora, hija. Los ojos no mienten, y la forma en que este hombre te mira... —miró a Dominic con ternura—, me da la paz de saber que finalmente estás en buenas manos.
Entonces, llamé a Phoebe, que estaba en su "cueva" organizando a sus dinosaurios. Ella vino corriendo y se detuvo frente a nosotros, mirándonos con curiosidad. Me puse a su altura, tomándole las manitas.
—Escucha, pollito. ¿Ves que Domi siempre está con nosotros y nos cuida mucho?. Bueno, a partir de ahora lo vas a ver mucho más unido a nosotras que antes. Domi y mamá ahora son pareja, lo que significa que va a estar presente en todo lo que hagamos, como una familia de verdad.
Phoebe miró a Dominic con esos ojos enormes y luego me miró a mí.
—¿Eso significa que ya no se va a ir por las noches a su edificio alto? —preguntó con total inocencia.
Dominic se agachó también, quedando al nivel de la pequeña.
—Significa que siempre que me necesites, estaré a un paso de distancia, pequeña cosa. Tus tesoros y tú son mi prioridad número uno.
—¡Siii! —gritó ella, lanzándose a sus brazos—. ¡Entonces ahora eres mi Domi de verdad!
La risa de los cuatro llenó el apartamento frente al mar. Por primera vez en la vida, el rompecabezas estaba completo. El pasado de carencias y soledad se sentía a siglos de distancia.
La noche de la gala de la Asociación de Arquitectura finalmente llegó, trayendo consigo una atmósfera de anticipación que se sentía en cada rincón de nuestro nuevo apartamento frente al mar. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla era el único acompañante mientras terminaba de abrocharme las sandalias de tacón dorado.
Al mirarme al espejo, la transformación era absoluta. El vestido de terciopelo rojo vino se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando cada curva con una elegancia peligrosa. Mi madre entró en la habitación, sosteniendo a Phoebe de la mano, y ambas se quedaron sin aliento.
—Hija... pareces una reina —susurró mi madre, con los ojos brillando de orgullo—. Nunca pensé que vería este día.
—¡Mami, pareces una flor roja gigante! —gritó Phoebe, dando saltitos alrededor de mi falda—. ¡Domi se va a desmayar cuando te vea!
Reí, aunque los nervios me hacían temblar las manos. Justo en ese momento, el timbre sonó. Dominic no envió a su chofer; él mismo estaba al otro lado de la puerta. Cuando abrí, el aire pareció abandonar el pasillo. Él vestía un esmoquin negro a medida que lo hacía ver más imponente que nunca, pero su mirada... su mirada estaba anclada en mí, recorriendo el escote y la silueta que el vestido marcaba con tanta fidelidad.
—Miller... —su voz fue un susurro ronco que me erizó la piel—. Si pensaba que en la boutique te veías increíble, esta noche eres simplemente... ilegal.