El elemento oculto

Prólogo

Te invito, sombra, al aire.

Sombra de veinte siglos, a la verdad del aire, del aire, aire, aire.

Sombra que nunca sales de tu cueva,

Y al mundo no devolviste el silbo que al nacer te dio el aire, del aire, aire, aire.

Sombra sin luz, minera por las profundidades de veinte tumbas,

Veinte siglos huecos sin aire, del aire, aire, aire.

Sombra, a los picos, sombra, de la verdad del aire, del aire, aire, ¡aire!

*By: Alberti*

La luna brillaba aquella noche a la espera del eclipse penumbral. Había una alineación perfecta entre la Tierra, las estrellas, la Luna y el Sol.

En la cima de la montaña K2, un niño de unos diez años contemplaba el cielo. Vestía completamente de negro: el cabello largo y negro recogido en una coleta mal hecha, la camisa rota a la altura de los brazos y el pecho, los pantalones sucios como si hubiera rodado por el barro y una chaqueta de lana negra que le llegaba hasta las rodillas. Sus botines también estaban rotos y negros. Hasta su mirada era oscura como la noche; su semblante, para ser un niño de diez años, resultaba siniestro.

—Ya va a ser la hora —dijo una niña un poco más pequeña que él.

La niña llevaba el cabello suelto y lacio hasta la cintura, también completamente negro. Vestía ropa negra rota y manchada: pantalones y un jersey de cuello alto. Los dos parecían hermanos; compartían el mismo semblante oscuro, aunque ella tenía los ojos marrones, no negros como él.

—El cielo está despejado y hace una buena noche —continuó la niña—. No hace ni frío ni calor. Eso es bueno, ¿no?

El niño la miró por primera vez, pero no dijo nada y volvió a fijar la vista en el cielo.

Para ser el comienzo del otoño, era una noche magnífica. No corría ni una pizca de aire; todo estaba en calma, como si el mundo entero esperara el eclipse. Aunque el niño no esperaba el eclipse, sino lo que vendría después.

Era uno de octubre. Ese día los elementaris celebraban una gran fiesta, pues era la fecha en que se fundó Elementus y en la que cada niño era marcado con su elemento y su horóscopo. Hacía más de dos siglos de su fundación.

Había varias ciudades y aldeas protegidas por cúpulas, donde todos vivían en armonía. Pero existían los lilium: personas sin marcas ni poderes que, con tecnología y armas avanzadas, atacaban de noche para pillar a los elementaris desprevenidos. Por eso, el comité de Elementus había ordenado que los yanidin vigilaran las veinticuatro horas.

Sin embargo, aquella noche de fiesta en una pequeña aldea, todos celebraban. Mateo bailaba con su esposa Mia alrededor de la gran fogata en el centro de la plaza. La aldea apenas tenía cien habitantes; las casitas eran de madera con techos de paja. Alrededor de la plaza había puestos de comida y productos básicos. En la entrada se alzaba el único edificio de ladrillo: fachada blanca y tejado gris oscuro, donde vivían los cuatro presidentes, uno por cada elemento.

Todos cantaban y bailaban. Mateo fue a por bebidas cuando vio una sombra moverse detrás de un árbol. Iba a investigar, pero Mia lo abrazó por la espalda y le besó en la mejilla. Llevaban dos años casados y aún no habían podido tener hijos. El médico les había explicado que las parejas de elementos diferentes solían tener dificultades para concebir, por eso la mayoría se casaban dentro de su mismo elemento. Aun así, se amaban profundamente.

Mia era apladin y Mateo yanidin. Se conocían desde niños y siempre habían tenido un vínculo especial. Él era alto, de cabello corto negro y ondulado, con las dos marcas en la espalda, cerca de los hombros, y grandes ojos marrones. Mia lo llamaba “la sonrisa más sexy y hermosa del mundo”. Ella era alta, de cabello avellana hasta los hombros, con la marca de Apla en la muñeca derecha y la del signo zodiacal en la clavícula izquierda.

Mateo normalmente vestía el uniforme negro de la Praesidio con el símbolo de Yani en el brazo izquierdo, pero esa noche llevaba pantalones marrones y un jersey rojo. Mia lucía un vestido azul maya de manga larga con volantes y manoletinas azul zafiro.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella. Mateo negó con la cabeza.

—Vamos a dar un paseo.

La tomó de la mano y se adentraron en el bosque hasta llegar a un claro al pie de la montaña K2. Se sentaron en el césped y contemplaron el cielo. Cuando el eclipse alcanzó su punto máximo, un destello atravesó el cielo y cayó en medio del claro, creando un pequeño cráter.

Sorprendidos y asustados, se acercaron. En el centro del cráter yacía un bebé dormido, completamente desnudo. Se miraron. Para ellos, que no podían tener hijos, fue como un regalo de los dioses.

Mia lo tomó en brazos justo cuando empezaron a oír gritos lejanos y vieron el resplandor de las llamas en la aldea. La aldea estaba siendo atacada por los lilium.

Mateo quiso correr a ayudar, pero Mia lo sujetó con fuerza.

—No, amor. Vámonos. Hay que marcar al bebé. Ya no puedes hacer nada.

Aún con el bebé dormido en brazos, agarró con fuerza la mano de su esposo.

Corrieron hacia Drinary, dejando la aldea en llamas y bajo el ataque de los lilium. Decidirían contar que habían tenido a su hija en la aldea durante el ataque y que lograron escapar a tiempo.

En cuanto Mia y Mateo se alejaron, los dos niños llegaron al cráter. La niña miró a su hermano mayor.

—¿Por qué no lo has impedido?

—No hacía falta —respondió él con una sonrisa fría—. La marcarán… y en el momento exacto, ella los destruirá desde dentro.

Sus planes seguían exactamente como había previsto.




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