El río transcurría con su ritmo habitual, sereno y constante, bajo la luz tenue de la luna. Lucian estaba de pie en la orilla, con la mirada perdida en el agua oscura que reflejaba las llamas de las hogueras del campamento. Vestía una camisa negra ajustada con las mangas remangadas hasta los codos, pantalones oscuros y botas altas de cuero gastado. Su cabello negro azabache le caía en ondas hasta los hombros y sus ojos completamente negros parecían absorber la poca luz que había a su alrededor.
El líder de los lilium se acercó a él con paso firme.
—Ya está todo listo —le informó.
—¿Qué habéis hecho con el bebé? —preguntó Lucian sin apartar la vista del río.
—Está a salvo en nuestra ciudad.
—¿El cuerpo de la vanadin lo han trasladado cerca de la cúpula para que sea visto? —siguió Lucian.
—Sí, seguramente lo encuentren esta noche.
—Perfecto. Espero que ninguno de los tuyos salga del plan.
—No te preocupes, nadie hará nada que no deba.
—Eso espero.
Sentada y apoyada en un árbol cercano, Ambar observaba la escena con una sonrisa satisfecha. Lucian se giró y miró a su hermana. Los dos eran muy similares físicamente. La diferencia principal radicaba en los ojos: Lucian los tenía negros como la noche más oscura, mientras que los de Ambar eran de un marrón intenso.
—Tú encárgate de Izan y yo de Aura —le ordenó a Ambar.
—Esto va a ser muy divertido —respondió ella, levantándose de un salto con gracia natural.
Izan seguía tumbado en el prado mirando el cielo cuando llegó su madre. Él se puso de pie rápidamente. Zulaila se acercó y, para sorpresa de su hijo, le acarició el rostro con un cariño poco habitual en ella.
—La celebración ya ha comenzado —dijo con voz firme pero calmada—. Deberías estar allí protegiendo a Aura y cumpliendo con tus obligaciones como Praesidio.
Izan bajó la mirada un momento antes de responder.
—Madre… antes vi a una mujer. No era de Drinary. Se acercó, me habló y me dijo que te conocía. Dijo que se llamaba Ambar.
Por un instante, el rostro de Zulaila palideció y un destello de pánico cruzó sus ojos, pero lo disimuló a la perfección con una sonrisa serena.
—Seguro que era alguna amiga mía de la capital. A veces les gusta disfrazarse de lilium para gastar bromas durante las celebraciones. No le des importancia.
Izan frunció el ceño, poco convencido, pero terminó asintiendo.
—Está bien.
—Vamos, sube al coche. No hagamos esperar más a todos.
Izan obedeció y subió al vehículo negro que esperaba en el camino. Mientras el coche se alejaba hacia el centro de Drinary, Zulaila se quedó unos segundos mirando el prado. En cuanto el vehículo desapareció de su vista, su expresión cambió por completo. Todo su cuerpo se convirtió en una llamarada viva de Yani. Como un cometa ardiente, surcó el cielo nocturno a gran velocidad hacia el campamento de los lilium.
Al llegar, descendió entre las tiendas. Los guardias se apartaron con respeto y temor. Ella caminó con paso decidido hasta la tienda principal de Lucian y entró sin esperar permiso.
Lucian estaba sentado en una silla rudimentaria de madera tallada, con una copa en la mano. La tienda era amplia y austera: en el centro había una mesa con mapas y armas, varias lámparas de aceite iluminaban el interior y en el fondo se veía un camastro cubierto con pieles oscuras.
—Ambar se acercó a Izan —reprochó Zulaila sin preámbulos—. Te dije que mantuvieras a tu hermana alejada de él por ahora.
Lucian sonrió con calma y dejó la copa a un lado.
—Madre, Ambar solo quería ver a su hermano pequeño.
Zulaila miró a cada lado con miedo, asegurándose de que nadie más escuchara.
—No le llames así —siseó.
Lucian volvió a sonreír, esta vez más ampliamente.
—Nunca le haría daño a mi hermano pequeño. Pero tú estás tardando demasiado en explicarle quién es de verdad, cuál es su propósito y cuál es el plan. Debe saberlo.
Zulaila apretó los puños.
—Se lo diré esta misma noche, después de la celebración.
Lucian se levantó lentamente y se acercó a ella.
—Tienes solo esta noche. Si no se lo explicas tú, Ambar será quien le cuente todo a Izan.
En el ayuntamiento de Drinary, la gran sala principal brillaba con elegancia bajo la luz de cientos de luces flotantes de Vana que se movían suavemente como estrellas cautivas. El techo transparente permitía contemplar el cielo nocturno de otoño, donde las nubes se teñían de naranja, rosa y púrpura por los fuegos artificiales que estallaban en el exterior. Las paredes de cristal reflejaban las elaboradas decoraciones: guirnaldas doradas y plateadas entrelazadas con flores blancas y azules, símbolos de los cuatro elementos tallados en madera pulida y colocados sobre pedestales alrededor de la sala. En el centro destacaba una gran fuente de agua iluminada desde abajo, donde pequeñas corrientes de Yani creaban formas danzantes que proyectaban reflejos luminosos en las paredes. Las mesas largas estaban cubiertas con manteles blancos y dorados, llenas de bandejas con todo tipo de exquisiteces: carnes asadas, pescados, frutas frescas, pasteles y copas de cristal con vinos y refrescos. El ambiente olía a comida caliente, flores y perfume.
Los invitados vestían sus mejores galas. Los yanidin predominaban en tonos rojos intensos, naranjas y dorados. Los vanadin lucían azules claros, grises perla y blancos etéreos. Los apladin llevaban azules profundos y turquesas, y los primidin optaban por verdes, marrones tierra y ocres elegantes.
Aura entró en la sala del brazo de Lucas. Llevaba su vestido blanco de lino con mangas largas transparentes decoradas con delicados cisnes plateados, el escote de pico con encaje fino y la falda con volantes que caía suavemente hasta las rodillas. Su cabello dorado y ondulado caía suelto sobre su espalda, brillando bajo las luces. Lucas, a su lado, vestía una camisa verde pino ajustada que marcaba su figura y pantalones color moca elegantes.
#1530 en Fantasía
#291 en Magia
#807 en Personajes sobrenaturales
elementos sobrenaturales, fantasia amor magia, juvenil amor fantasia
Editado: 10.05.2026