El bambú crujía con el viento de la primavera tardía y el palacio real brillaba bajo los tonos rojos del crepúsculo. Yo, Bin de Joseon, era una consorte de alto rango, un adorno perfecto para la corona, jamás para el corazón de nadie. Así lo dictaban los registros del reino y así lo recordaban los muros de jade, pero dentro de mí ardía un recuerdo prohibido, un nombre que nunca debí pronunciar con nostalgia: Lee Andheon. El príncipe heredero. Mi primer amor. El hombre que me juró regresar y nunca lo hizo. Cinco años atrás, bajo una lluvia tibia de abril, me dejó en la casa de té junto al puente de los sauces. Dos horas lo esperé, y dos horas bastaron para arrancar una parte de mí. Pero más que esa espera, lo que me persigue es la última tarde en la biblioteca secreta, entre pétalos de durazno y silencios insoportables.
—Andheon —le susurré, temblando al rozar su mano—. ¿Por qué debes partir?
Él bajó la mirada, como si temiera que sus ojos revelaran la guerra que llevaba dentro.
—No es elección, Yeon-hwa. Mi destino está atado a la corona.
—¿Y nosotros? —pregunté, apenas conteniendo las lágrimas—. ¿Qué somos, si ni siquiera podemos soñar juntos?
El silencio fue su única respuesta, hasta que con un hilo de voz se atrevió a suplicar:
—Prométeme que no olvidarás lo que fuimos... aunque el mundo intente borrarlo.
—Jamás te olvidaré —respondí con el alma hecha pedazos—. Pero... ¿y si el destino es un enemigo cruel?
Su respuesta fue callar. Y ese silencio me acompañó más que cualquier promesa rota. No llegué al palacio por elección suya, sino por un acuerdo político entre mi familia y la corona. Jang Wook, su amigo más cercano, me tomó del brazo antes de cruzar esas puertas y dijo con voz grave:
—Yeon-hwa, amar al príncipe es caminar por fuego y hielo. La corte no perdona.
Ese día comprendí que debía protegerme. Tuve la oportunidad de concebir, pero elegí el sacrificio. Una hierba secreta me salvó de un destino que no podía enfrentar, y desde entonces cargué en silencio con la certeza de que jamás tendría un hijo. Nadie lo sabe. Ese dolor oculto pesa más que todas las joyas que llevo en el cabello.
—Bin-nim. —La voz de una dama de la corte me sacó del trance. Se inclinó con respeto, la frente contra el suelo—. El príncipe heredero desea verle. Está en el jardín del cerezo rojo.
El corazón se me contrajo. Desde su regreso del exilio, Andheon nunca había buscado mi presencia. ¿Por qué ahora, cuando por fin comenzaba a convencerme de dejarlo atrás? Con manos temblorosas tomé un hanbok sobrio, de tonos suaves, y salí al encuentro del destino que creía haber esquivado.
La noche cubría el cielo, y en su centro comenzaba a formarse el primer eclipse del año. Para los ancianos era un presagio nefasto; para mí, el anuncio inevitable de un amor imposible.
El jardín del cerezo rojo me recibió con su penumbra. Las flores caían como lágrimas sobre la tierra húmeda, y allí lo vi. Lee Andheon caminaba con el porte del heredero, pero en sus ojos ardía la tormenta de un hombre desgarrado entre la culpa y el deseo. Al detenerse frente a mí, su voz tembló como si cada palabra le arrancara la respiración.
—Yeon-hwa. Hay palabras que el tiempo no ha perdonado. Hay promesas que aún me duelen en el alma.
Lo sostuve con la mirada, sintiendo cómo me temblaban los labios.
—¿Por qué ahora, Andheon? —pregunté con un hilo de reproche—. ¿Por qué buscarme después de tantos años?
Él cerró los ojos, como si responder fuera una condena.
—Porque ni el exilio... ni el trono... pudieron arrancarte de mí.
Quise odiarlo, pero mis recuerdos ardían como brasas bajo la piel.
—Tú elegiste callar —dije, conteniendo la rabia—. Tú elegiste dejarme sola bajo la lluvia.
—Y me condené a mí mismo —susurró, avanzando un paso hacia mí—. Lo que dejé atrás me persigue cada día.
Su proximidad me cortaba el aliento. Entre nosotros flotaba el peso de lo que nunca murió. Alcé la vista y vi el cielo oscurecerse por completo bajo la sombra del eclipse. No todo lo que regresa busca reconciliación. Algunos fantasmas vuelven solo para reclamar. Y yo temía que Lee Andheon fuera el más implacable de todos.
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Nota del autor:
♚Hanbok: Es la vestimenta tradicional coreana, conocida por sus colores vibrantes y líneas elegantes. Consta principalmente de dos partes: el jeogori (chaqueta) y el chima (falda para mujeres) o baji (pantalones para hombres).
♚Consorte Bin: Era el rango más alto dentro del sistema de concubinato real en la dinastía Joseon, justo por debajo de la reina. Una Bin no era solo un símbolo de gracia y cultura, sino que también podía ejercer gran influencia política dentro del palacio. Su posición le otorgaba prestigio y poder, pero al mismo tiempo la convertía en pieza clave de las intrigas cortesanas