El aire fresco de la noche acariciaba mi rostro mientras Lee Andheon y yo permanecíamos a unos pasos en el jardín del cerezo rojo. Las flores seguían cayendo, silenciosas, como testigos mudos de un instante que ninguno de los dos sabía cómo detener.
—No puedo quedarme mucho —dijo él, su voz quebrándose en un suspiro contenido—. La corte me reclama, y con ella, decisiones que separan más que unen.
Lo miré fijamente, buscando en sus ojos una chispa que me dijera que aún había un lugar para nosotros, pero solo encontré tormenta y culpa.
—¿Por qué ahora? —pregunté, sintiendo el temblor recorrer mi voz—. ¿Por qué volver después de todo este tiempo solo para romperme el corazón otra vez?
Andheon bajó la mirada y apoyó una mano en el tronco del cerezo, como si buscara fuerza en él.
—Porque hay cosas que no puedo olvidar, Yeon-hwa. Ni aunque quisiera. Pero también hay un mundo entre nosotros que no puedo cambiar.
El silencio cayó pesado, más elocuente que cualquier palabra. Y entonces, con un dejo de tristeza y resignación, añadió:
—Esta noche será solo un recuerdo más entre nosotros. Nada más.
Su sombra se desvaneció lentamente entre los senderos del palacio, mientras yo me quedaba allí, con el alma partida y la certeza de que nada volvería a ser igual.
Al día siguiente, la corte bullía con su rutina implacable. Fui llamada a los aposentos de la Reina Madre, en el Gyotaejeon, el ala del palacio que llevaba su sello de autoridad. El aroma del incienso impregnaba el aire y los biombos de seda pintados con grullas y pinos enmarcaban la escena. Ella me esperaba sentada sobre un sillón elevado, rodeada por damas de la corte que permanecían con la cabeza inclinada. Su porte era majestuoso y su mirada, fría y calculadora, parecía atravesar cada pensamiento oculto.
—Yeon-hwa —pronunció, sin necesidad de títulos ni adornos, como quien mide a un rival en el primer movimiento de un tablero.
—Has llegado a este palacio con un propósito. Déjame advertirte: aquí no hay lugar para las débiles ni las indecisas.
El peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa, pero me obligué a mantenerme erguida.
—No vine aquí a perder —respondí con firmeza—. Mi destino no lo escribe nadie más que yo.
Un leve movimiento de sus labios esbozó una sonrisa que no alcanzó a tocar sus ojos.
—Buena respuesta. Que quede claro: este reino es un tablero, y tú acabas de poner una pieza en movimiento. Ahora veremos cuánto estás dispuesta a arriesgar.
En ese instante, un niño pequeño apareció a su lado, mirándome con una inocencia que contrastaba con la tensión del momento.
—Este es el príncipe Junsu —anunció—, hijo de Lee Andheon. Su futuro es el futuro de este reino.
Una oleada de emociones me atravesó el pecho, pero respiré hondo y mantuve la mirada firme. Sabía que, aunque el pasado me había marcado, el futuro aún podía ser mío.
Días después, el rumor recorría los pasillos del palacio: por orden directa del príncipe Lee Andheon, yo sería nombrada Bin, consorte de alto rango. Un gesto inesperado que desató susurros y miradas cargadas de intriga. Pero aquella cercanía no era solo política: era un delicado juego entre dos almas heridas.
Una tarde, en la biblioteca privada, la tensión estalló como un volcán.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —le reproché, con la voz quebrada—. Estuve embarazada, Andheon. Llevaba un hijo tuyo, y tú jamás lo supiste.
Él desvió la mirada y apretó los puños, como si luchara contra sí mismo.
—Fue por tu bien —dije con el dolor a punto de romperme en lágrimas—. Jang Wook me advirtió que, si nos uníamos más, no saldrías intacto de este destino. Y no podía arriesgarme a perderte... ni a ese hijo que nunca llegó a nacer.
—¿Y qué hay de mí? —pregunté, entre rabia y tristeza—. Yo estuve sola, luchando contra ese miedo... sin ti.
Él suspiró, y un atisbo de la antigua ternura iluminó sus ojos.
—No todo es lo que parece, Yeon-hwa. Estoy rodeado de deberes, pero contigo... contigo puedo ser quien realmente soy.
Una voz interrumpió la escena. Jang Wook, su amigo de la infancia, se apoyó en el marco de la puerta con una sonrisa irónica.
—Andheon, si vuelves a enredarte con Yeon-hwa, no esperes que te cubra esta vez.
El silencio se quebró entre risas nerviosas y miradas cómplices. Entre secretos y peligros, entre recuerdos y renuncias, el juego de poder y amor apenas comenzaba.
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Nota del autor:
♚Gyotaejeon: Era el sector destinado a la vida privada de la reina, sus aposentos.