El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 3: Bajo la Mirada del Trono

Los tambores resonaban como truenos suaves entre los patios del palacio, marcando el inicio de la ceremonia. El cielo estaba cubierto de nubes de primavera, como si el mundo mismo contuviera el aliento. Avancé por el corredor central, flanqueada por damas de la corte y funcionarios. Vestía un hanbok ceremonial color carmesí, bordado con hilos dorados que pesaban sobre mis hombros más que cualquier joya. En mi cabeza, el jokduri brillaba como una promesa y una carga.

Lo vi. Lee Andheon me observaba desde el estrado real, rodeado por la solemnidad de su rango. No sonrió. Pero en sus ojos, esos ojos que tanto había amado, ardía una emoción contenida que me atravesó como un relámpago.

Cuando el escriba pronunció mi nuevo rango, el aire mismo pareció estremecerse.

—Desde hoy, por orden de Su Alteza el Príncipe Heredero, Yeon-hwa será reconocida como Bin.

Los aplausos protocolarios se mezclaron con murmullos. Algunos eran de sorpresa; otros, de advertencia. En las miradas había tanto júbilo como veneno. Jang Wook desvió los ojos, incapaz de sostener mi nueva posición. Gyeon-seok, en cambio, sonrió apenas, como si el destino de otros fuese siempre un juego en sus manos.

Esa noche, ya instalada en mis aposentos, caminé en círculos. Las paredes estaban decoradas con biombos pintados con grullas y cerezos. Todo parecía hecho a medida para mí. ¿Era una coincidencia... o una señal? Una de mis damas se acercó con cautela, bajando la cabeza.

—Bin-nim... —titubeó.
—El Príncipe ordenó que sus habitaciones se ubiquen cerca del ala real. Dijo... que era por su comodidad.

Asentí con serenidad, aunque mi pecho latía con fuerza. No había llegado al palacio para perder.

Al día siguiente, la rutina del palacio se vio interrumpida por la llegada de un palanquín elegante. De él descendió un joven vestido en tonos azules, el cabello atado en un moño suelto, y una sonrisa que iluminaba todo a su paso.

—¿Así me reciben ahora? Ni una taza de té... —bromeó al cruzar las puertas con aire desenfadado.

Era Seong-min, el hermano menor de Lee Andheon. El más joven de la dinastía. Y el único que lograba arrancarme una risa sincera.

—Yeon-hwa-ssi —me saludó, ignorando el protocolo con la naturalidad de quien nunca teme al juicio ajeno—. Me alegra verte... aunque jamás imaginé que tú...

—Yo tampoco lo imaginé —respondí, y por primera vez en días, mis labios se curvaron en una sonrisa verdadera.

Aquella noche, cuando la luna estaba en lo alto, unos pasos interrumpieron el silencio del pasillo. Sabía quién era antes de que apareciera en el umbral. Lee Andheon entró en mis aposentos sin anunciarse. Yo lo esperaba... o tal vez lo presintiera desde el momento en que acepté convertirme en Bin.

—¿Vas a quedarte callada? —preguntó, sin atreverse a dar un paso más.

—¿Y qué quieres que diga? —respondí con un temblor en la voz—. ¿Que tu presencia aquí me desconcierta? ¿Que aún no entiendo por qué me mandaste traer?

Él cerró los ojos por un instante, como si cada palabra le pesara.

—Porque necesitaba tenerte cerca. Aunque no pueda tenerte del todo.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Entonces se acercó y su mano rozó apenas la mía. Fue un roce leve, pero tan cargado de electricidad que sentí que el mundo podía partirse en dos.

—Yo... —quise hablar, pero bajé la mirada—. No vine al palacio a rendirme. No después de todo lo que me arrebataron.

—¿Qué te arrebataron? —su voz se quebró, más cerca que nunca.

Las lágrimas ardían en mis ojos. El recuerdo me quemaba en los labios.

—¡Perdí a nuestro hijo! —exclamé, sin poder contenerlo—. ¡Lo único que me quedaba de ti! La mayor alegría de mi vida... tuve que dejarla atrás por tu felicidad. Porque te amaba y deseaba lo mejor para ti. Pero parece que eso nunca fue suficiente.

Vi cómo su cuerpo se tensó. Permaneció inmóvil, mirándome como si acabara de perder algo irremplazable. Dio un paso atrás, llevándose la mano al pecho, y en su silencio comprendí que mi dolor también era su condena.

Se apartó sin decir nada más. Yo lo observé irse, y supe que, por más cerca que estuviéramos ahora, el abismo entre nosotros era más profundo que nunca.

Desde el otro extremo del pasillo, alcancé a ver a dos figuras que habían sido testigos de nuestra herida abierta: Jang Wook, con el rostro endurecido por la preocupación, y Gyeon-seok, que ocultaba mal una sonrisa de satisfacción.

—Esto no traerá nada bueno —susurró Jang Wook, su voz apenas audible.

Gyeon-seok soltó una risa seca, cargada de cinismo.

—Nunca aprendemos, ¿cierto?

Así quedó la atmósfera del palacio aquella noche: cargada de tensión y secretos, como una tormenta que espera el momento preciso para desatarse.

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Nota del autor:

Jokduri: Es un tocado tradicional coreano usado por las mujeres, especialmente durante ceremonias formales o nupciales, como las bodas.



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En el texto hay: romancehistorico, corea, joseon

Editado: 01.01.2026

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