El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 5: Recuerdos Prohibidos

La noticia llegó a oídos de la reina por boca de una de sus damas de compañía: la nueva Bin no era simplemente una concubina elegida por el Consejo... sino alguien del pasado del príncipe.

Al principio, pensó que era solo un rumor. Pero la forma en que el príncipe la miraba, ese silencio cargado entre ellos cuando compartían una sala, le confirmó lo que su intuición ya sabía: esa mujer era más que una presencia decorativa.

Una noche, mientras recorría sola los pasillos del ala norte del palacio, escuchó voces apagadas. Se detuvo.

—Fuiste mi sombra, Yeon-hwa. Pero no porque no te amara —decía la voz del príncipe, contenida, temblando.

—No me amabas —respondó ella con rabia suave, como una herida antigua que nunca cicatriza del todo—. Yo era una pared muda que tocabas y luego ignorabas. Me amabas cuando nadie me miraba. Pero en público... fui invisible.

El príncipe retrocedió. Su mirada dolía.

—Juré protegerte esta vez. Aunque me queme en el intento.

Ella lo miró fijamente, entre la furia y el amor.

—¿Protegerme? ¿Y qué será de mí cuando tu deber me vuelva a enterrar viva?

Él quiso tocar su rostro, pero se contuvo. Como siempre.

Al día siguiente, en los jardines interiores, Yeon-hwa fue llamada por su padre, Lord Hae-won. El viejo noble la miró con frialdad, como si llevara una estrategia escrita en la frente.

—Aún puedes ganarte su corazón... completamente. Y un hijo tuyo sería una garantía de poder, no lo olvides.

Yeon-hwa sintió un nudo en el estómago. Lo último que deseaba era usar su cuerpo como arma política. Pero sabía que, en esa corte, hasta los suspiros tenían precio.

Esa misma noche, en la biblioteca secreta, Lee Andheon descolgó un pequeño retrato que había escondido entre libros antiguos.

Era una pintura de Yeon-hwa, mucho más joven, sonriendo bajo un cerezo en flor. La había hecho en secreto durante sus años de academia. Nadie lo supo jamás. Nadie, excepto él.

Se quedó mirándola largo rato, como si buscara a ese muchacho que fue, el que podía amarla sin miedo.

—¿Siempre la has guardado? —preguntó una voz tras él.

La pintura casi se le cae de las manos.

Yeon-hwa estaba allí, con el corazón en los ojos.

—Eras feliz —murmuró ella.

—Yo también lo era. Cuando nadie nos miraba.

Lee Andheon bajó la vista.

—¿Lo volveremos a ser?

Ella negó lentamente.

—No mientras el miedo gobierne tu alma... y el deber gobierne tu cama.

Afuera, las lámparas del palacio comenzaban a apagarse una por una. Pero entre los dos, la llama apenas comenzaba a encenderse de nuevo... solo que al borde del abismo.

Desde un rincón oculto del salón del trono, el joven príncipe Seong-Min, el hermano menor de Lee Andheon, quien hace poco había regresado, observaba con una sonrisa pícara el entorno de la relación de Andheon y Yeon-hwa, ahora conocida como una consorte de alto rango, solo por debajo de la reina. Siempre fue el más bromista de la familia real, el que encontraba placer en los silencios incómodos. Murmuró a su madre, la Reina Madre:

—Parece que esta nueva Bin no ha dejado indiferente a mi hermano.

Ella lo fulminó con la mirada, pero no desmintió la verdad de sus palabras.

En otro extremo del palacio, el rey mantenía una conversación privada con el Ministro de Defensa, Lord Hae-won, padre de Yeon-hwa. Antiguo guerrero en campañas fronterizas, era respetado por su integridad... y temido por su carácter.

—Su hija ha sido elegida con sabiduría —dijo el rey, acariciando su barba con gravedad.

—Bin Yeon-hwa sabrá equilibrar a mi hijo.

—Eso espero, majestad. Aunque debo admitir que, como padre, no dejo de temer por el corazón de mi hija en un lugar donde el amor no siempre es bienvenido.

Ambos sabían que las decisiones del trono no siempre obedecían al deseo.

Más tarde, la Reina Madre citó a Lee Andheon en sus aposentos. Lo esperaba sentada entre cortinas de seda.

—¿Qué es lo que ves cuando la miras, hijo?

Andheon bajó la mirada.

—A alguien que el destino me arrebató... y que ahora finge no reconocerme.

—Entonces recuérdale quién eres tú para ella. Pero hazlo con sabiduría. No puedes arrastrar tu corazón si eso pone en juego el imperio.

—Ya no sé separar al heredero del hombre, eomeoni.

La Reina Madre no respondió. Pero por primera vez, lo vio dudar... no como príncipe, sino como hijo, como hombre.

Esa noche, la luna colgaba como un faro solitario en el cielo. El jardín de las peonías estaba vacío, salvo por dos figuras que el destino parecía empecinado en reunir.

—Solías robarme los besos —murmuró Yeon-hwa, con una media sonrisa, mirando los lirios nocturnos.

—Y ahora anhelo que me los pidas —respondió él, acercándose sin tocarla.

El silencio entre ambos era espeso, cargado de recuerdos.

—¿Fui solo una conquista fácil para ti, Andheon? —preguntó ella, con la voz quebrada—. ¿Una sombra cruel que toleraste, pero nunca miraste?

—Yeon-hwa... fui un cobarde. Pero tú fuiste mi respiro.

—Nunca tuviste que perderme. Solo tenías que elegirnos. Pero no lo hiciste.

Él cerró los ojos, como si sus palabras fueran puñales.

El príncipe retrocedió un paso, como si las raíces lo ataran al suelo. Una lágrima corrió por su mejilla. No sabía si era rabia, pena o amor contenido. Quizás todo junto.

—Aun así —dijo ella, con una dignidad dolorosa— estoy aquí. No vine al palacio a perder.

En su estudio, él desenrolló un viejo pergamino oculto entre libros: un retrato de ella, hecho con pinceladas suaves, capturada en una risa que ya no le pertenecía.

Y la besó... no en los labios, sino en el papel.

Mañana, ella ocuparía su lugar en el registro imperial como consorte Bin. Pero esta noche, en su soledad, ella aún era Yeon-hwa. La mujer que una vez lo amó... y quizás, la única que aún podía salvarlo de sí mismo.



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Editado: 22.01.2026

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