El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 6: Penumbras en el Pabellón de Jade

La noche había caído sobre el palacio como un velo espeso, y el Pabellón de Jade se mantenía en silencio, como conteniendo la respiración ante lo inevitable. Los faroles se mecían suavemente con la brisa, proyectando sombras alargadas sobre los muros adornados con pinturas de loto y grullas. Bin estaba sentada en su nuevo aposento, recién decorado tras su nombramiento oficial como Bin, por orden directa del príncipe heredero Lee Andheon.

Desde su ingreso como consorte de alto rango, los rumores en el palacio no cesaban. Su cercanía con el príncipe era evidente, y eso avivaba la inquietud de la Reina, esposa legítima del heredero. Aunque el protocolo impedía un enfrentamiento abierto, el ambiente estaba cargado de tensión. Aquella mañana, en la sala de lectura del palacio, tuvo lugar un encuentro que nadie había anticipado.

La Reina apareció sin previo aviso, escoltada por dos damas de compañía. Su porte irradiaba dignidad, pero en sus ojos brillaba el fuego de la incomodidad. Bin se inclinó con respeto, manteniendo la serenidad en su rostro.

—No esperaba su visita, Majestad —dijo Bin con voz firme, pero suave.

—Últimamente hay muchas cosas que no espero —respondió la Reina, esbozando una sonrisa apenas perceptible.

—Espero que sepa cumplir su nuevo rol sin olvidar cuál es su lugar.

Bin no respondió de inmediato. Bajó la mirada, aunque en su pecho hervía una mezcla de orgullo y pena. Sabía que Andheon no compartía con la Reina el mismo vínculo que con ella, pero también entendía que, frente al deber, los sentimientos eran una carga peligrosa.

Horas más tarde, en la intimidad de su aposento, Bin abrió un pequeño cofre de madera escondido tras una celosía. Dentro, cuidadosamente envuelto en seda, yacía un retrato: una pintura que mostraba a dos jóvenes sonriendo bajo los cerezos en flor. Era él, con su mirada traviesa, y ella, con una flor blanca en el cabello. Aquel retrato había sido un regalo del príncipe, obra de un artista desconocido, entregado el día en que la hizo suya, años atrás. Un recuerdo imborrable de una noche donde el mundo no importaba, donde los nombres y los títulos eran ajenos, y sólo existían ellos dos.

Mientras tanto, el príncipe Andheon se encontraba en sus aposentos contemplando una pintura muy similar, perdido en sus recuerdos. Sabía que debía fidelidad a la Reina. Su unión había sido sellada por el deber, el linaje y las apariencias. Pero cada encuentro con Bin, cada roce accidental de sus manos, cada suspiro robado en los pasillos del palacio, lo arrastraba irremediablemente hacia ella.

Su hermano menor, Seong-min —ligero de espíritu y siempre atento—, fue quien lo impulsó a la reflexión.

—Hyung, si no puedes hablar con el corazón aquí, ¿cuándo lo harás? —le dijo mientras caminaban por el jardín.

Esa misma noche, Andheon buscó a Bin en el pabellón. No llevó guardias, sólo un farol. La encontró sentada junto a la ventana, con la pintura aún entre las manos.

—¿Sabías que yo también la conservo? —dijo él, entrando con paso decidido. Bin levantó la vista, sorprendida.

—No deberías estar aquí —murmuró, intentando guardar el retrato.

—Tampoco debería seguir soñando contigo —respondió él—, pero lo hago, incluso cuando no cierro los ojos.

Se acercó, sin tocarla. El silencio entre ellos se volvió denso.

—Sabes que mi corazón aún late por ti cada día, pero el dolor que siento es aún mayor. Me duele verte y no poder correr libremente a tus brazos como quisiera. Tú me pusiste en este lugar sólo porque no puedes soltarme —dijo Bin, mirándolo con una mezcla de ira contenida y tristeza.

—Sé que merezco tu desprecio, pero no puedo soltarte, no así de fácil. Siempre tendrás mi corazón porque... te amo. Soy libre sólo en este instante para confesarte, con la verdad más pura que puede dar una persona a la mujer que ama, a quien tuvo entre sus brazos y acarició su piel, haciéndola suya hasta el punto de dejarla morir y tener que sobrevivir sin ti. No creas que ese dolor me es indiferente. Tengo una posición que debo respetar, una mujer que debería amar y buscar desesperadamente, pero por más que luche, es a ti a quien regreso. No sé qué más decirte. Si esta no es la confesión más honesta que tengo en el alma, no sabré qué darte entonces.

Por un instante, todo quedó en silencio. El príncipe la tomó de la cintura, acercándola hasta donde estaba, y la besó. Fue un beso dulce y amargo a la vez, cargado de todo el dolor que consumía a ambas almas condenadas a un romance tormentoso.

El farol ardía suave, como sus corazones, como aquella llama que nunca se extinguió, aunque la lluvia de los años hubiera querido apagarla.



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Editado: 22.01.2026

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