El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 8: Susurros en el Palacio

El otoño había teñido los jardines del palacio con tonos dorados y ocres, pero dentro de los salones, la tensión era más fría que cualquier viento del norte.

En la residencia de Bin, el dolor en su pecho se hacía cada vez más punzante. Aunque ocultaba el malestar con una sonrisa serena, sabía que algo no estaba bien. Su salud pendía de un hilo, y el temor le oprimía el corazón como una garra invisible.

Desde su nacimiento, Bin padecía de una afección cardíaca que requería el uso diario de hierbas especiales. Pero con los últimos acontecimientos en palacio —intrigas, celos, vigilancia—, el estrés había empeorado su condición. Y últimamente, ni siquiera las medicinas surtían efecto.

Esa noche, el príncipe Andheon llegó sin anunciarse, como un susurro en la penumbra. Su rostro reflejaba preocupación, culpa y una furia apenas contenida.

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó en voz baja, tomando la mano de Bin entre las suyas.

—Más débil —susurró ella.

—Hay algo extraño en las medicinas. No es normal... creo que alguien las ha estado alterando.

Andheon enmudeció un segundo, luego apretó los labios con fuerza. La furia le tensó el rostro.

—Lo averiguaré. Nadie te hará daño sin pagar por ello.

Al salir de los aposentos, el príncipe ordenó de inmediato que trajeran al médico encargado de la salud de Bin. También solicitó la presencia del inspector real. En cuestión de horas, la sala de audiencias menor estaba encendida de murmullos.

Una de las damas de compañía, nerviosa pero firme, testificó:
—Mi señora ha recibido infusiones con un olor distinto en los últimos días. No eran como las anteriores... algo había cambiado.

El médico real, llamado de urgencia, sudaba visiblemente mientras respondía las preguntas. El inspector, atento a cada gesto, inquirió con voz firme:

—¿Acaso no sabía que la concubina Bin sufre desde la niñez de una condición delicada? ¿Por qué permitir una variación sin confirmación?

El hombre tartamudeó. Finalmente, bajó la mirada y habló.

—Recibí un nuevo saco de hierbas hace una semana... traídas, según se me dijo, por orden de Su Majestad la Reina. Las usé sin sospechar. Creí que eran de mejor calidad. No sabía...

La tensión en la sala se volvió insoportable. Los ojos del príncipe se tornaron hielo.

—¿Quién dio la orden exacta? —inquirió el inspector.

El médico titubeó. Luego, en un susurro, dejó escapar la verdad:
—Fue Lord Kim... dijo que eran instrucciones directas de la Reina. Me advirtió que no hiciera preguntas.

Un silencio denso cayó sobre la sala. La traición, al fin, tenía nombre.

Esa noche, el príncipe se mantuvo en vela. Bin dormía con dificultad, su respiración débil como el murmullo del viento entre los ciruelos.

Y en algún rincón del palacio, la Reina sonreía, ignorando que sus movimientos ya habían sido observados.



#1827 en Otros
#315 en Novela histórica
#4924 en Novela romántica

En el texto hay: romancehistorico, corea, joseon

Editado: 22.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.