A la mañana siguiente, en la sala de audiencias, la Reina Ma-gyeong sostenía una conversación cargada de tensión con el Ministro Kim, un hombre cercano a la corona y leal aliado de su difunto padre.
—La llegada de Jin-su, el hijo mayor del príncipe, es inminente —dijo el ministro con tono grave
—Su presencia podría alterar el equilibrio de poder en palacio.
La Reina apretó los puños con fuerza, conteniendo la rabia.
—No permitiré que una sombra del pasado arruine lo que tanto me ha costado construir. Debemos actuar con rapidez. Si Bin está enferma y el príncipe continúa visitándola en secreto, eso podría despertar sospechas... y compasión. Algo que no podemos permitir.
—Su Majestad, protegeremos la posición del príncipe Andheon y, por extensión, la suya —aseguró el ministro con una sonrisa calculadora.
—El tiempo apremia.
—Por otro lado, nuestros asuntos con la medicina de Bin parecen estar dando fruto. Su salud empeora. Nada sería más conveniente que una muerte pronta en este palacio —dijo la Reina, mirando por la ventana, donde su hijo jugaba
inocentemente con las damas de la corte.
—Ni ella ni un hijo ilegítimo me quitarán lo que por derecho pertenece a mi adorado hijo... la corona.
—No debe inquietarse, Su Majestad. Una flor débil no sobrevive al invierno del palacio. El príncipe podrá brindarle algo de atención... pero usted sigue siendo el centro de su universo, y lo sabe bien —añadió el ministro, tomando un sorbo de té.
—Cuando fui escogida para ser reina, no lo dudé. Lo amé incondicionalmente. Le di un hijo que representa no solo nuestra unión, sino también su derecho legítimo al trono. Sé que no soy la favorita entre los altos miembros de la corte, ¡pero acaso no merezco amor! ¿Acaso no he trabajado incansablemente por este reino? —exclamó, alzando la voz, mientras algunas lágrimas le recorrían el rostro.
—Tranquila, Su Majestad. Todo caerá por su propio peso.
En ese instante, una dama de la corte se apresuró a anunciar la llegada del príncipe Andheon. Sus pasos firmes y la ira en su mirada dejaron claro que no había venido a saludar. Al entrar, vio al Ministro Kim junto a la Reina, y comprendió al instante de dónde emanaba todo aquel veneno.
Sin vacilar, se dirigió directamente a ella.
—¡¿Cómo pudiste?! ¿Acaso no sabes que la traición se paga con sangre? Eres la madre de este imperio... ¡pero te comportas de la forma más detestable! —espetó, mirándola con absoluto desprecio.
La Reina, atónita, no pudo ocultar el temblor de sus manos. Al levantarse, casi se derrumbó, superada por el peso de haber sido descubierta.
El Ministro Kim intentó intervenir de inmediato.
—Príncipe, qué honor el suyo venir a preocuparse por la consorte Bin. Precisamente hablábamos de enviar plegarias al templo por su salud. La Reina solo ha mostrado preocupación... jamás malicia. Le ruego, no dé lugar a rumores infundados.
—¡No subestimen mi inteligencia! El médico real ha confesado. ¡Ustedes dos conspiraron para alterar las medicinas de Bin! ¡Y no mostraré piedad!
Sin más palabras, el príncipe tomó del brazo a la Reina y la arrastró con fuerza hacia el pabellón del Rey. Allí la soltó abruptamente frente al trono. Las súplicas desesperadas de las damas de la corte se extendieron por los pasillos. El palacio hervía de conmoción.
—¡Padre! ¡El médico real ha confesado la verdad! El Ministro Kim y la Reina conspiraron para envenenar lentamente a la consorte Bin. ¡Exijo justicia!
El Rey se irguió con gravedad.
—Reina Ma-gyeong, atentar contra la consorte del príncipe heredero es una traición que no puede quedar sin castigo. Junto con el Ministro Kim, que ya ha sido arrestado por el investigador real, serás juzgada.
Y entonces, dictó sentencia:
—Serás enviada al Templo de las Nubes Silenciosas, donde meditarás en soledad por tus actos. No tendrás contacto con la corte ni con tus partidarios.
En ese momento, los lamentos de las damas de la corte se elevaron en súplica, rogando clemencia para su señora. Mientras tanto, los guardias arrastraban al Ministro Kim para que escuchara su castigo.
—Lord Kim, ha conspirado con la Reina en un acto de insubordinación. No obstante, debido a sus años de servicio, se le concederá una clemencia parcial.
—Desde hoy quedará suspendido de sus funciones, confinado en su residencia bajo estricta vigilancia, sin derecho a comunicarse con ningún miembro del Consejo Real.
—Majestad...
—Un paso más fuera de su sitio... y será considerado traición.
Los gritos de la Reina, los sollozos de sus damas y el murmullo inquieto de los cortesanos crearon un coro de tragedia que, como un presagio divino, retumbó en los cielos. Ese día quedaría marcado como uno de los más oscuros en la historia del palacio.
La noticia llegó rápidamente a oídos de la Reina Madre, quien, alarmada por su nieto y la estabilidad del trono, acudió de inmediato a los aposentos del príncipe. Pero antes de que pudiera hablar, fue interceptada por su hijo mayor.