La noche caía sobre el palacio como un manto espeso, cargado de presagios. Las linternas parpadeaban al ritmo del viento, y las sombras se alargaban en los corredores como si guardaran secretos. En el pabellón del príncipe Gyeon-seok, el silencio era casi sagrado.
El príncipe mayor sostenía entre sus manos el colgante de jade que pertenecía a su madre biológica. Lo había encontrado días antes en una caja secreta del archivo real, junto con un antiguo informe médico sellado. Su rostro, normalmente imperturbable, estaba marcado por la ira contenida.
Había vuelto al panteón familiar esa misma tarde. Se arrodilló frente a la tumba de su madre, acariciando la piedra fría con dedos temblorosos.
—Madre... me dijeron que moriste de fiebre, pero este informe habla de envenenamiento. Una toxina rara, disuelta en té de loto blanco. ¿Quién ordenó tu muerte? ¿La Reina... o el propio Rey?
La voz se quebró, y una lágrima silenciosa descendió por su mejilla. En el silencio del cementerio, sólo su respiración y el crujir de las hojas contestaban.
En palacio, su esposa Seo-ra lo esperaba despierta. Había notado cómo su esposo cambiaba: sus noches eran más largas, su mirada más sombría. Cuando finalmente entró en la habitación, ella lo recibió con una sonrisa, pero él apenas respondió.
—Mi señor, ¿todo está bien? Has estado distante últimamente. Incluso Do-hyun pregunta por ti —dijo con suavidad.
Gyeon-seok no contestó de inmediato. Se sentó frente al espejo, sin mirarla.
—Seo-ra, si descubrieras que el poder de esta dinastía se fundó sobre una mentira... ¿seguirías defendiendo la sangre que corre por nuestras venas?
—¿Qué estás diciendo?
—Que quizá nunca debí aceptar la paz que me dieron... que tal vez mi madre fue asesinada para que la Reina pudiera criarme como su marioneta. Y que mi propio hermano... —detuvo la frase— ...toma por derecho lo que podría haber sido mío si mi linaje no hubiera sido truncado.
Seo-ra palideció.
—Gyeon-seok... no puedes hablar así. Esto puede costarte la vida. A nosotros. A Do-hyun.
—Es por él que debo hacerlo. Si la corona no puede ser mía, puede ser suya. Y para eso, necesito saber toda la verdad. Necesito justicia.
Seo-ra se acercó lentamente y le tomó las manos.
—Si realmente estás dispuesto a abrir esa herida... necesitas aliados. No enemigos. Y deberías hablar con tu hermano Andheon. Él no es como el resto.
—Andheon... —repitió Gyeon-seok con tono ambiguo—. Él representa todo lo que me fue negado. Y sin embargo, es el único que aún podría escucharme.
El ambiente se tensó. Seo-ra lo miró con ojos de súplica.
—Prométeme que no harás nada impulsivo. Prométeme que me dejarás ayudarte.
Él no respondió. Se levantó y salió, dejando tras de sí la promesa rota del amor que habían construido. Seo-ra quedó sola, comprendiendo que el hombre que había amado estaba cambiando... y que la oscuridad que lo rodeaba podría llevarlo a enfrentarse no solo al trono, sino a su propia sangre.
Esa misma noche, Seo-ra envió una carta secreta al príncipe Andheon.
Mi señor, perdóneme la osadía. Su hermano está cambiando... y temo por su alma. Si aún existe entre ustedes algo de la hermandad que compartieron en la infancia, ruego que lo busque. Antes de que sea demasiado tarde.