(Final del Primer Arco)
La luz pálida del amanecer apenas tocaba los aleros del palacio cuando el príncipe heredero Andheon recibió la carta de Seo-ra. El sello estaba ligeramente torcido, como si hubiera sido sellado con manos temblorosas. Al abrirla y leer el contenido, una helada le recorrió la espina dorsal. La confesión era clara: su hermano, Gyeon-seok, estaba cayendo en la oscuridad, cegado por el deseo de poder. Pero lo que más perturbó a Andheon fue la angustia silenciosa que se leía entre líneas. Seo-ra temía por su esposo... y por lo que podría llegar a hacer.
Guardó la carta con delicadeza y se levantó. No podía actuar con precipitación. Cualquier error podría desatar un conflicto entre hermanos que sacudiría los cimientos del reino.
Mandó llamar a su viejo amigo y confidente, Jun Wook, quien había estado destinado fuera de la ciudad capital en una inspección militar. Le encomendó una tarea delicada: visitar la residencia de Gyeon-seok y entablar una conversación casual, pero atenta, para evaluar su estado emocional y mental.
Mientras tanto, el príncipe convocó al Investigador Real, Ma Jong-tae, un hombre conocido por su eficiencia y lealtad incuestionable. Andheon le entregó un pergamino con la orden de indagar los movimientos recientes de ciertos ministros, especialmente aquellos que habían servido a la Reina Madre en décadas pasadas. Debía investigar también el acceso a ingredientes prohibidos: venenos, fórmulas antiguas y tratados sobre herbolaria letal.
Pocos días después, Ma Jong-tae regresó con hallazgos inquietantes. Un informante anónimo aseguró que Gyeon-seok había recibido recientemente una misiva cifrada con un antiguo sello imperial que sólo usaban las concubinas fallecidas. En ella, supuestamente, se revelaba que la madre biológica del príncipe no murió por causas naturales, sino que fue envenenada lentamente bajo orden de ciertos ministros que temían que un hijo nacido de una mujer de bajo rango pudiera llegar al trono.
Andheon quedó helado. No sabía de esta verdad. Había amado y respetado a su madre, la Reina Madre, y ahora se enfrentaba al espectro de una injusticia enterrada. Pero también sabía que su hermano había caído en un espiral peligroso. ¿Justificaba la verdad una venganza sangrienta?
En la residencia de Gyeon-seok, Jun Wook fue recibido con cortesía. El príncipe no sospechaba nada, pero sus ojos tenían un brillo distinto, como carbones encendidos por una rabia contenida.
—El trono... ¡Nunca fue mío! —dijo Gyeon-seok entre sorbos de vino de arroz. —Ni cuando me criaron como hijo de la reina. Todo fue una farsa. Una madre adoptiva que me hablaba de virtud mientras mi verdadera madre yacía envenenada por la mano de aquellos que hoy veneran a mi hermano.
Jun Wook, con voz suave, replicó:
—El dolor no se cura con sangre, Alteza. Si busca justicia, debe hacerlo sin convertirse en aquello que odió.
Gyeon-seok lo miró largo rato. Luego, con una sonrisa amarga, respondió:
—Tarde o temprano, Jun Wook, el reino conocerá la verdad. Y cuando eso ocurra, decidirá a quién pertenece realmente.
Esa misma noche, el príncipe Andheon organizó una ceremonia ancestral en honor a los difuntos reales. Gyeon-seok fue invitado. Ambos se presentaron con vestimentas oscuras, bajo una luna cubierta por nubes inquietantes. En medio del incienso y los cantos ceremoniales, los hermanos se enfrentaron con miradas largas, silenciosas.
—Gracias por venir, hermano —dijo Andheon en voz baja.
—No estuve cuando mi madre fue enterrada... ni siquiera pude conocerla —replicó Gyeon-seok con un tono afilado—. Pero no permitiré que su memoria vuelva a ser enterrada bajo mentiras.
El silencio volvió a posarse entre ellos, hasta que Gyeon-seok soltó:
—Tú heredaste la corona, Andheon... pero yo heredé la verdad. Y a veces, la verdad arde más que el oro.
Esa misma noche, Seo-ra salió de sus aposentos al escuchar un susurro. Sigilosamente, siguió al sirviente personal de su esposo hasta un corredor alejado. Ahí lo escuchó decir:
—El joven Do-hyun será trasladado en la madrugada. El príncipe ordenó que estuviera fuera del palacio antes de que comience el fuego.
Seo-ra contuvo un grito. ¿Fuego? ¿Se refería a una revolución? ¿O era una metáfora de algo peor?
Se retiró con el corazón encogido. Al volver a su habitación, se arrodilló y comenzó a escribir una nueva carta, esta vez no al príncipe Andheon, sino a su Majestad, el Rey. Era tiempo de que los fantasmas del pasado fueran exhumados.
El primer arco cerraba con el eco de tamborileo distante, como presagio de la tormenta que se avecinaba.