El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 13: Fuego Silencioso

Bin, aún recuperándose, fue informada por Lady Oh —una de las damas de la corte encargadas de atender a las consortes— que la Reina había recibido un castigo. Aunque no fuera visible ante todos, Bin sabía bien que no estaría tranquila por mucho tiempo. Una amenaza como ella nunca se retira... solo espera su momento.

Con la salud algo más estable, el príncipe le propuso un paseo discreto cerca de la biblioteca secreta, ese rincón donde solían encontrarse en tiempos pasados. Cuando él rozó su mano con timidez, el corazón de Bin se agitó de forma abrupta, haciéndole temer por un momento que su dolencia regresara. Pero no era más que el amor, regresando como un río que rompe un dique. Se ruborizó al intentar mirarlo a los ojos, y justo cuando pensaba en inclinarse a besarlo, tropezó ligeramente. Él la sostuvo con rapidez.

—¿Estás bien? —preguntó él, con el ceño fruncido de preocupación.

—S-sí, alteza... solo... —apartó la mirada, sintiendo la calidez de sus dedos aún sobre su brazo.

—Bin... Hace tanto que no tenemos un instante solo para nosotros. Sé que el palacio arde por dentro, pero quiero que recuerdes algo: tú vives dentro de mí. Todo tu ser aún me pertenece. —Su mano rozó la mejilla de Bin con una ternura que erizó su piel.

—No merezco su amor, su alteza. La Reina demostró hasta dónde puede llegar. Si este amor crece más, temo que algo terrible pueda ocurrir —dijo ella, con un paso atrás.

—No me hables así, Bin. Cuando estoy contigo, dejo de ser solo una herramienta del reino. Soy hombre. Soy libre. Y lo soy porque tú me haces sentir vivo —susurró, antes de acercarse y besarla. Fue un roce suave, temeroso, como si ella fuera una flor que podría marchitarse al tacto.

Llegaron a la biblioteca, donde el deseo se desbordó. El segundo beso no fue suave: fue urgente. Fue una súplica silenciosa que se transformó en fuego. Andheon la tomó entre sus brazos, y el mundo exterior desapareció. La madera antigua, los estantes llenos de pergaminos, fueron testigos mudos del fervor que los consumía.

La madera antigua, los estantes llenos de pergaminos, fueron testigos mudos del fervor que los consumía

Respiraciones entrecortadas, roces de piel contra tela, susurros que parecían ruegos. El cuerpo de Yeon-hwa temblaba entre las manos del príncipe, que la acariciaba con una devoción casi dolorosa.

—No sabes cuánto extrañé tu cuerpo... tu aroma de jazmín, tus gemidos suaves... Eres mía, solo mía, mi adorada Yeon-hwa —murmuró mientras sus dedos recorrían la suavidad de su piel desnuda, arrancándole un suspiro cargado de deseo.

—Su... Majestad... no recordaba cuánto placer podía sentir en sus brazos... Haga mío este cuerpo, hágalo suyo como antes —dijo ella, con la voz temblorosa entre jadeos.

—No me digas majestad. Soy tu esposo. Tu hombre. Y esta vez... no me detendré —respondió con voz grave, antes de recostarla con delicadeza sobre una mesa de lectura, sus cuerpos entrelazados en un vaivén que desbordaba pasión contenida.

—Andheon... por favor... dentro de mí... Quiero tu semilla. Quiero sentirte todo —susurró ella, aferrándose a sus hombros mientras su espalda arqueaba en una ola de placer.

—Yeon-hwa... no puedo más —murmuró él, dejando que la oleada final de deseo los arrastrara juntos al abismo del éxtasis, sus cuerpos tensos, sus bocas buscándose, el aire impregnado de gemidos, promesas y jadeos de amor irreprimible.

Andheon la cubrió con su hanbok al final, besando su frente, como si sellara un pacto invisible. Luego la condujo de regreso con suma delicadeza, dejando a Bin en sus aposentos con la promesa de regresar en unas horas para cenar juntos.

Por un instante, Bin no pudo creer todo lo que había sucedido. Al mirarse en el espejo, se sintió diferente: más hermosa, más mujer. Aquella sensación que creía perdida con los años, ese brillo apagado por la rutina y el dolor, había vuelto. Ya no era invisible... era amada y deseada por el hombre que durante tanto tiempo habitó su corazón.

—¡Yeon Bin mama! —exclamó Lady Oh al entrar con premura.

—¿Dónde estaba? La he buscado por todo el palacio, y las demás damas también estaban preocupadas. Recuerde que su salud aún es delicada. Por favor, repose un poco. Debe tomar sus medicinas. Además, se nos ha informado que esta noche vendrá el príncipe a cenar... ¿Desea que prepare todo como si fuera a quedarse?.

Bin asintió, con una sonrisa que apenas pudo reprimir. El brillo en sus ojos no pasó desapercibido para Lady Oh, quien por pudor fingió no notarlo y comenzó a ordenar la habitación.

Cuando cayó la noche, Bin se había bañado con aceites de sésamo y jazmín, y el aroma suave flotaba en la habitación como una invitación silenciosa.

Más tarde, cuando cayó la noche, el príncipe Andheon llegó como había prometido

Más tarde, cuando cayó la noche, el príncipe Andheon llegó como había prometido. El ambiente estaba cuidadosamente preparado: faroles de papel teñían la habitación con una luz cálida, la comida humeaba suavemente en platos de porcelana, y una jarra de vino de arroz esperaba a ser servida.

Bin, vestida con un hanbok más sutil que el habitual —azul noche con bordados plateados— le sirvió la bebida sin decir palabra. Solo sus miradas hablaban, cargadas de electricidad. Cuando ella le ofreció la copa, sus dedos se rozaron con intencional lentitud.



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Editado: 22.01.2026

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