El sol apenas despuntaba entre las celosías cuando Lady Oh se acercó con sigilo al lecho de la consorte. Bin aún reposaba entre las sábanas de seda cuando la voz suave de la dama la sacó de su letargo.
—Yeon Bin mama... el príncipe heredero la espera en sus aposentos. Ha mandado preparar el desayuno y desea que lo acompañe.
Bin abrió los ojos, todavía con la piel encendida por los recuerdos de la noche anterior. El aroma del cuerpo de Andheon aún parecía flotar en el aire. Se incorporó despacio, sin borrar la leve sonrisa que se dibujaba en sus labios.
—¿Tan temprano? —murmuró, cubriéndose con el borde del cobertor.
—Él recibió algunos informes importantes anoche, poco antes de venir a verla. No quiso preocuparla, pero desea hablar con usted en privado.
Con ayuda de las doncellas, fue aseada con cuidado y vestida con un hanbok de tonos marfil y lavanda, adornado con cintas doradas. Su cabello, aún húmedo en las puntas, fue recogido en una trenza simple, coronada con un pin elegante de jade. Al salir, el eunuco principal del príncipe la esperaba ya en la entrada, listo para escoltarla.
Cuando cruzó los jardines que separaban sus habitaciones de las del heredero, Bin sintió que algo había cambiado. Ya no era una visita casual. Aquella invitación matutina traía consigo un peso que ella podía presentir en el aire fresco y en el canto inquieto de las aves.
Fue recibida en silencio por los eunucos del príncipe y guiada hasta una estancia privada, donde la esperaba una mesa baja servida con porcelana azul celeste, pequeños platillos de arroz glaseado, frutas frescas y té de crisantemo. Andheon estaba de pie junto a la ventana, vestido ya con sus ropajes de corte.
—Llegas justo a tiempo —dijo, girándose para mirarla. Sus ojos se suavizaron al verla, como si la presencia de ella lo reconfortara más que cualquier reporte militar.
—Su alteza me honra al invitarme —respondió ella con una inclinación formal, aunque la mirada de ambos traicionaba la intimidad que los unía.
Se sentaron frente a frente. Apenas hubo probado un bocado, él dejó los palillos a un lado y le tomó suavemente la mano.
—Anoche, poco antes de venir a ti, recibí nuevas noticias. Preferí no contártelo de inmediato... quería que descansaras. Pero es momento de que lo sepas.
Bin asintió, sin soltar su mano.
—¿Se trata sobre alguno de sus hermanos?
—Sí. La investigación sobre el envenenamiento de la madre del príncipe Gyeon-seok ha revelado más de lo que esperábamos. Al parecer, ciertos miembros del consejo están encubriendo nombres importantes. Y la Reina... ha comenzado a mover sus piezas. Está enviando damas de su más absoluta confianza a distintas alas del palacio. Algunas de ellas ya están cerca de ti.
—¿Espías...? —susurró Bin, sintiendo un leve escalofrío.
—Ojos y oídos. No confiará en nadie más. Ni siquiera en mí. Pero eso no es todo.
Andheon hizo una breve pausa, como si buscara las palabras adecuadas.
—En dos días, llegará al palacio mi hijo mayor, junto a su madre, la consorte Sug-won Na-gyeong. Estuvo viviendo en una residencia apartada, por decisión de la Reina Viuda. Fue lo mejor para protegerlo... yo era muy joven cuando nació. No pude verlo crecer como habría querido —su voz se quebró un instante, aunque rápidamente retomó el control—. Pero ahora... está por cumplir dieciséis años. Es un joven brillante. Cuando lo veas, estoy seguro de que te recordará a mí en mis años más impetuosos.
Yeon-hwa sintió una punzada en el pecho. La imagen de aquel hijo, fruto de un pasado que no compartió, le dolía más de lo que esperaba. Aun así, sonrió con ternura.
—Debe ser maravilloso para él regresar ahora... y tener la oportunidad de estar cerca de su padre.
—Me habría gustado que tú fueras la madre de mi heredero —dijo Andheon, bajando la voz
—Quizás algún día, aún podamos...
Pero ella apartó la mirada, con los ojos humedecidos. No era momento de soñar con imposibles.
Mientras tanto, en uno de los pabellones del palacio, la consorte Gwi-in Da-hye servía con gracia el té al Rey, quien se relajaba bajo el sol de la mañana.
—Majestad, nuestro hijo Seong-min Gun pronto celebrará otro año de vida... —empezó ella con voz dulce.
—¿No cree que ya es tiempo de buscarle una esposa apropiada? El palacio necesita risas de niños. Me encantaría ser abuela.
El Rey sonrió, atrapado entre el aroma del té y la suavidad de sus palabras.
—Siempre sabes cómo endulzar las cosas, Da-hye.
Ella rió suavemente, dejando que su mano descansara brevemente sobre la del monarca.
—Solo deseo lo mejor para nuestra dinastía. Y también... —bajó un poco la voz
—Usted sabe cuánto lo aprecio.
Él asintió, atrapado por ese afecto astuto y sincero a la vez.
—Está bien. Daremos la orden. Que se prepare una lista de posibles candidatas.
Da-hye inclinó la cabeza, satisfecha, y al salir del pabellón encontró a su hijo, Seong-min Gun, con el ceño fruncido.
—¿Otra vez hablando con padre sobre mi futuro? —preguntó él, cruzado de brazos.
—Es por tu bien. Ya no eres un niño. La corte espera que formes una familia.
—La corte espera demasiadas cosas. Yo quiero viajar a China de nuevo, estudiar pintura, conocer el mundo... No estoy listo para encadenarme a nadie.
Ella lo miró con ternura y resignación.
—Algún día, hijo mío... el corazón hablará más fuerte que la libertad. Ya lo verás.