El palacio despertaba con un susurro diferente aquella mañana. La luna aún no había huido del todo cuando Consorte Gwi-in Seo-ra acudió en sigilo a los aposentos de Bin. Su mirada, normalmente serena, traía hoy una sombra de angustia.
—Por favor... necesito tu ayuda —dijo sin rodeos, inclinándose profundamente.
Bin la hizo pasar. Apenas sentadas, Seo-ra explicó que su esposo, el príncipe Gyeon-seok, temía una inminente rebelión y había decidido enviar lejos al pequeño príncipe Do-hyun, su único hijo. Pero sus enemigos en la corte podían usar al niño como ficha de poder.
—Ayúdame a protegerlo. Que no caiga en manos de quienes odian a su padre —suplicó.
Conmovida por la desesperación de la madre, Bin escribió de inmediato a su padre. Le pidió enviar al niño a una de sus residencias en las afueras, donde nadie pensaría buscarlo. Su padre respondió de inmediato, organizando discretamente la partida. Esa misma tarde, bajo el velo de una falsa escolta real, Do-hyun fue escoltado por Seo-ra, un puñado de sirvientes leales y el propio padre de Bin hacia un lugar seguro. Gyeon-seok creyó que su plan había sido ejecutado como había ordenado, sin sospechar que Bin había intervenido.
Poco después, Bin recibió a su padre en sus aposentos. El hombre, que pocas veces mostraba sus emociones, la observó con preocupación real.
—Estás demasiado delgada... y esos ojos tuyos ya no descansan. Temo que recaigas, hija. Si tú caes, todo el equilibrio de esta corte también lo hará. No lo olvides... la reina sigue confinada en el Templo de las Nubes Silenciosas. Eres ahora el rostro de la estabilidad.
Bin bajó la mirada. El peso de sus palabras era insoportable, pero cierto.
Esa misma tarde, fue convocada por el Rey y la Reina Madre. Ambos estaban en la Sala del Crisantemo, con el incienso quemando lentamente. El Rey habló primero, con formalidad pero sin dureza:
—Mientras dure el confinamiento de la Reina, deberás asumir parte de sus funciones. Te confiaremos las ceremonias menores, la administración del ala femenina del palacio, y la organización de las festividades próximas.
—Esperamos lo mejor de ti —añadió la Reina Madre con un tono más afilado.
Luego, como quien lanza una daga entre pétalos, añadió:
—Con tanto favoritismo que te muestra mi hijo... es curioso que aún no hayas podido darle un heredero. ¿Será que el corazón está dispuesto pero el vientre no?
Bin sostuvo la mirada. Aunque por dentro la sangre le hervía, respondió con voz impecable:
—Las flores más fuertes florecen con el tiempo... y no todas lo hacen para complacer a la reina del jardín. Algunas lo hacen por sí mismas.
La Reina Madre entrecerró los ojos. El Rey ocultó una ligera sonrisa.
Esa noche, Bin regresó a sus aposentos con el pecho cargado de emociones. Pero allí la esperaba Seo-ra. Se arrodilló al verla entrar y la miró con gratitud pura.
—No solo salvaste a mi hijo. Salvaste también mi alma. Desde hoy, soy tu aliada. En lo político... y en lo personal.
Bin la ayudó a levantarse. Por primera vez, ambas mujeres, tan distintas, se vieron como iguales. No como consortes... sino como madres, hijas del reino, y piezas dentro de un tablero donde los hombres llevaban las coronas... pero ellas tejían el destino.