El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capitulo 20: El cerezo y el invierno.

La tenue luz de las lámparas de aceite bañaba con un resplandor cálido y tembloroso los muros de los aposentos reales. Bin, aún con el corazón acelerado, se acercó con cautela a Andheon, que estaba sentado junto a la ventana, con la mirada fija en el jardín real, sumido en pensamientos.

-Príncipe -comenzó Bin, su voz apenas un susurro.
-He recibido información que no puedo guardar más tiempo en silencio.

Andheon volteó lentamente, sus ojos oscuros clavados en los de ella, buscando la verdad.

-Una criada del ala este me contó algo inquietante -continuó Bin.
-Escuchó a Lord Choe discutir con sus allegados. El clan Jeonju Choe está más dividido de lo que creíamos, y sospecho que están manipulando al heredero.

El semblante de Andheon se endureció. Una sombra de preocupación cruzó su rostro habitual de nobleza imperturbable.

-¿Manipular a Jin-su? -musitó, apretando los puños.
-No puedo permitir que eso ocurra.

Bin se acercó, con la voz cargada de urgencia y confianza.

-Necesitas estar alerta. Y no solo como príncipe... sino como hombre. Te necesito, Andheon. Como tu aliada.

En un movimiento sutil, él le tomó la mano, sus dedos rozando los de ella con una caricia contenida pero llena de significado.

-Lo juro, Bin -dijo con voz firme.
-Protegeré a Jin-su, a ti... y a nuestro reino. Ningún enemigo nos vencerá si estamos juntos.

El silencio que siguió fue pesado, cargado de emociones no expresadas, un pacto silencioso entre dos almas en guerra.

A la mañana siguiente, el palacio despertó con un bullicio inusual. Las doncellas corrían de un ala a otra, los eunucos cargaban estandartes de colores vivos y el aroma del incienso llenaba los pasillos. Se anunciaba un gran banquete, seguido de la tradicional cacería real, un evento reservado solo para ocasiones trascendentales.

Bin permanecía en su pabellón, inmóvil, con la mirada fija en el horizonte mientras el viento agitaba las cortinas de papel. No había dormido bien. Algo dentro de ella, un presentimiento punzante, le impedía hallar sosiego.

-Presentar a Jin-su ahora es un riesgo -murmuró para sí misma, con los labios apretados.
-Pero no hay pruebas suficientes para detenerlo...

Desde su ventana, vio al príncipe Andheon montar a caballo. Su porte era firme, su expresión más serena que la noche anterior. A su lado, Jin-su, vestido con una túnica de caza decorada con los colores de la familia real, parecía más maduro, más consciente del peso que llevaba sobre los hombros.

Bin lo observó marcharse con el corazón encogido. Algo en su interior le gritaba que no debía dejarlos partir, que las piezas del juego se habían movido demasiado deprisa.

Pero no dijo nada. Nadie habría escuchado.

Mientras tanto, la corte entera se agitaba como un enjambre elegante. Damas con trajes resplandecientes, ministros con semblantes controlados y jóvenes nobles ansiosos por impresionar. Bajo la fachada de celebración, entre brindis, risas y saludos formales, se tejía un complot silencioso.

Y Bin lo sabía.

Solo que aún no podía demostrarlo.

El sol del mediodía se filtraba entre las copas de los árboles, pintando destellos dorados sobre los jinetes mientras se adentraban en lo profundo del bosque. La cacería real transcurría con entusiasmo; risas, galopes y órdenes breves llenaban el aire con una energía vibrante.

La cacería real transcurría con entusiasmo; risas, galopes y órdenes breves llenaban el aire con una energía vibrante

Andheon, montado al frente junto a Jin-su, mantenía la mirada alerta. Aunque el evento parecía festivo, su instinto no descansaba. Jin-su, en cambio, cabalgaba en silencio, con los ojos fijos al frente, entre la incomodidad de estar cerca de su padre y la ansiedad contenida por el ambiente.

Entonces ocurrió.

Un zumbido agudo cortó el aire como un susurro de muerte. La primera flecha se clavó en un tronco, a escasos pasos del grupo. Antes de que alguien pudiera reaccionar, otras siguieron en rápida sucesión. El caos se desató.

-¡Emboscada! -gritó uno de los guardias, desenvainando su espada.

Los caballos relincharon y se alzaron. Jin-su perdió el control del suyo, que se encabritó y lo lanzó al suelo con violencia. Andheon giró en seco, sin pensarlo. Saltó de su montura y corrió hacia su hijo, justo cuando una flecha silbó nuevamente y se incrustó en su brazo.

El impacto lo hizo tambalear, pero no cayó. Con el rostro contraído por el dolor, llegó hasta Jin-su y lo cubrió con su cuerpo, buscando protegerlo con su propio peso.

La sangre comenzó a empapar la manga de su hanbok.

Jin-su lo miró, atónito. Su respiración era entrecortada, los oídos le zumbaban con los gritos a su alrededor. Vio la flecha, la sangre... el rostro endurecido de su padre. Y entonces, algo en su interior se quebró.

-¿Por qué...? -susurró, con la voz apenas audible.

Andheon lo sostuvo con la mirada, jadeando con dificultad, pero con los ojos firmes, cargados de una claridad que desarmaba.

-Porque eres mi hijo -respondió, con voz grave, sin vacilar.

El caos se apoderó del claro. Los guardias reales, al ver al príncipe caer, irrumpieron entre los arbustos y árboles con espadas desenvainadas. Algunos se lanzaron a proteger al joven heredero; otros rodearon al príncipe, atrapando con urgencia su cuerpo herido entre brazos y telas.

-¡Lleven al príncipe al palacio, de inmediato! -ordenó uno de los oficiales, mientras la sangre manchaba la tierra bajo sus pies.

Jin-su, aún temblando, fue conducido junto a su padre, sin protestar. Su mente era una maraña de emociones: confusión, miedo... y una punzada de algo más profundo, más antiguo. Algo que había estado esperando escuchar toda su vida.



#1827 en Otros
#315 en Novela histórica
#4924 en Novela romántica

En el texto hay: romancehistorico, corea, joseon

Editado: 22.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.