El eco de los pasos retumbaba con furia en los pasillos del palacio. Las doncellas se apartaban, los eunucos agachaban la cabeza, y el silencio reverencial se quebraba con cada pisada decidida. Sug-won Na-gyeong no había pedido permiso para entrar. No lo necesitaba. Su hijo había sido atacado durante la cacería real, y eso bastaba para justificar su irrupción como una tempestad.
—¡¿Dónde está mi hijo?! —rugió, apartando a una doncella de un manotazo.
—¡¿Qué clase de incompetencia permitió esto?! ¡¿Dónde estaba el príncipe mientras Jin-su era atacado?!
Un eunuco intentó explicarle que Andheon había recibido la herida por cubrir al joven príncipe, pero Na-gyeong no quería explicaciones. Quería sangre. Quería culpables.
Al ver la escena, Bin se aproximó hasta donde estaba Na-gyeong, intentando apaciguar su ira.
—¡Sug-won mama! —exclamó con cierto respeto.
—Por favor, cálmese. El príncipe está siendo atendido...
—¡Tú! —Na-gyeong la miró como una fiera acorralada.
—¡Tú no tienes derecho a estar aquí! Esto pasó por tu culpa. Por ti, por tu presencia que lo distrae, por tu ascenso injusto y acelerado. ¡¿Cuántas vidas más vas a poner en peligro para asegurarte tu lugar?!
Los cortesanos alrededor enmudecieron. Bin se quedó helada, no por las palabras, sino por el odio genuino en los ojos de aquella mujer. La furia de una madre herida, que encontraba en ella un blanco conveniente, ardía sin medida ni razón.
—Algunos trepan muy alto... sin pensar en las ramas que ya estaban allí —añadió Na-gyeong, dejando que cada palabra cayera como veneno en el aire.
—Mi señora, este no es el momento —dijo Bin con esfuerzo, intentando contener el temblor en su voz.
—El príncipe arriesgó su vida por su hijo. Todos estamos consternados por lo ocurrido.
—No me hables de consternación. No me hables de nada. Tú no eres madre —espetó Sug-won, sin saber lo cruelmente irónica que era su afirmación.
—No entiendes lo que es temer perder a un hijo. ¡No entiendes lo que significa proteger a alguien con tu cuerpo, con tu vida!
Las palabras atravesaron a Bin como un puñal. En su vientre, aún sin saberlo, ya latía una pequeña vida. Una vida que en esos días inciertos no se manifestaba más que con un cansancio persistente, mareos esporádicos y una punzada de algo que todavía no quería reconocer como esperanza.
Horas después, en los aposentos ocultos de la Reina Viuda, el silencio tenía el peso denso de las decisiones que se cocinan a fuego lento. Una lámpara de aceite titilaba suavemente, proyectando sombras sobre los tapices antiguos. El aire estaba cargado de incienso, pero no era suficiente para cubrir la tensión que impregnaba cada rincón.
Sug-won Na-gyeong se arrodilló con firmeza frente al cojín ceremonial, aunque su espalda recta temblaba de furia contenida. Su rostro, aún desencajado por los eventos del día, no conocía reposo.
—Se suponía que el príncipe cuidaría de él. ¡Era su deber! —escupió con un tono agrio, las manos apretadas sobre sus rodillas.
—En lugar de eso, casi lo mata. ¡Lo expuso, lo llevó directo a una emboscada como si fuera un escudo!
La Reina Viuda apenas alzó una ceja, bebiendo su té con lentitud calculada, como si las palabras de la concubina fueran parte de una tormenta que ya había previsto.
—No exageres —dijo al fin, con voz baja pero afilada.
—Jin-su está a salvo. El príncipe fue herido defendiéndolo, no lo olvides. Esa escena causó impresión entre los funcionarios. Incluso tú deberías saber que eso jugará a favor de su imagen como padre.
—¡¿Imagen?! —Na-gyeong se incorporó ligeramente sobre sus rodillas, los ojos brillando de indignación
—¡Estamos hablando de vidas, de sangre, de traición disfrazada de deber! Usted lo vio: desde que esa mujer apareció, todo se desmorona. ¡Bin está tejiendo redes por todo el palacio! ¡La gente la llama la nueva luna! ¡Como si mi hijo no existiera!
La Reina Viuda tensó la mandíbula, pero se mantuvo en silencio. Sabía que la furia de Na-gyeong era volátil, pero también útil.
Na-gyeong la miró, casi con desesperación disfrazada de determinación.
—¿Y si está embarazada? —preguntó, y luego, sin darle tiempo a reaccionar, continuó
—¡¿Y si ya lo está?! ¿Se ha detenido a pensar lo que eso significaría? ¡Un hijo legítimo, con el favor del príncipe y la bendición del rey! ¡Toda nuestra estrategia se vendría abajo! ¿Va a quedarse usted sentada mientras esa mujer asegura el futuro para sí y para su cría?
La Reina Viuda dejó la taza de té sobre la bandeja de forma abrupta. El sonido seco del impacto retumbó en el silencio como un latigazo.
—No hay confirmación —musitó, más para sí que para su interlocutora. Pero sus ojos ya no eran calmos.
Na-gyeong, al verla dudar, apretó más la herida con su voz, envalentonada por el temor compartido.
—Ella se desmayó. Una doncella me lo dijo. La dama que la atiende fue a buscar al médico real esta misma tarde. ¡Y nadie ha dicho nada al príncipe! ¿Por qué tanto secreto? ¿Por qué tanto silencio? Usted misma lo sabe: eso sólo significa una cosa.
El silencio se hizo espeso. La Reina Viuda desvió la mirada hacia el brasero encendido, donde la madera ardía con lentitud. Por primera vez en semanas, el nombre de Bin le dejó un sabor amargo en la lengua.
—Si es verdad... —dijo finalmente, en voz baja, con un tono que ya no era frío sino cargado de cálculo.