El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 22: La sangre de las flores

El amanecer filtraba su luz tenue a través de las celosías de madera, tiñendo los aposentos de Bin con un resplandor dorado y suave. Lady Oh, sentada junto a la mesita de té, observaba cómo su señora intentaba acomodarse entre los cojines. Había insistido en que reposara, pero Bin, tozuda incluso en su fragilidad, se negaba a ser tratada como una enferma.

—Déjame al menos acompañarte al jardín interior —dijo Lady Oh suavemente, con la bandeja del desayuno aún intacta frente a ella—. No es bueno que estés tanto tiempo encerrada, mi señora. La brisa podría ayudarte.

Bin asintió, aunque sus movimientos eran lentos, como si su cuerpo llevara un peso que sus palabras aún no aceptaban.

Mientras caminaban por el corredor que daba al estanque de loto, Lady Oh miró de reojo el rostro de su señora. La palidez no había disminuido, y aunque sus labios sonreían, sus ojos cargaban un brillo opaco, contenido.

—Mi señora... —dijo finalmente, deteniéndose—. He llamado a la médico del palacio. En secreto.

Bin se giró con sorpresa.

—Lady Oh...

—No podía quedarme esperando. Los síntomas que muestra no son propios del agotamiento. Por favor... por favor, no me regañes. Es mi deber protegerla, incluso de usted misma.

La consorte no dijo nada. Sólo suspiró, bajando la mirada mientras su mano buscaba el soporte de una columna. En el fondo, sabía que su dama tenía razón. Y, por primera vez en días, no sintió enojo... sino alivio.

Unas horas después, la médico real —una mujer de rostro sereno y manos cuidadosas— confirmó lo que Lady Oh ya temía.

—Está embarazada, mi señora. Desde hace poco más de un mes, diría yo.

El silencio se apoderó de la habitación. Bin apretó los labios. No lloró. No sonrió. Sólo cerró los ojos mientras su corazón latía con fuerza desbocada. En su pecho, las palabras de Na-gyeong se deshacían como ceniza.

Esa misma tarde, Andheon fue informado en privado. Aún se recuperaba de su herida, con el brazo vendado y el rostro cansado, pero al oír la noticia, su mirada cambió. El príncipe heredero, el estratega político, el hombre que cargaba con el peso de la nación... desapareció por un instante. Lo que quedó fue un hombre que había amado con todo su ser, y que ahora volvía a ver la esperanza florecer.

—¿Ella está bien? —preguntó, apenas respirando.

—Frágil —respondió la médico—. Pero el embarazo parece estable. Aun así, deberá evitar sobresaltos.

Andheon cerró los ojos por un instante, y luego pidió que se organizara una reunión privada con el Consejo Real. Quería preparar el terreno para anunciarlo con cautela. Con todo lo que sucedía, no podía permitirse errores.

Pero el destino, una vez más, lo despojaría de control.

La noche descendió con una humedad extraña, como si el aire cargara presagios. En los aposentos de Bin, el silencio fue quebrado por un grito ahogado.

Lady Oh corrió desde el cuarto contiguo, y la encontró encorvada en el suelo, con el hanbok empapado de sangre. La tela de lino color marfil se había teñido de rojo profundo, como una flor abierta en sacrificio.

—¡Mi señora! —exclamó, arrodillándose junto a ella.

Bin no podía hablar. Su respiración era entrecortada, los ojos fijos en la sangre que se extendía por el piso pulido. Trató de sostenerse en el marco de la puerta, pero sus piernas ya no respondían. Lady Oh gritó por ayuda, y las sirvientas corrieron a buscar al médico real.

Cuando Andheon llegó, alertado por los soldados, el corazón se le paralizó. No era la sangre lo que lo derrumbaba. Era verla así. Deshecha. Sola. Temblando.

—Yeon-hwa... —susurró, corriendo hacia ella mientras la médico daba instrucciones frenéticas.

Ella lo miró con los ojos enrojecidos, llenos de lágrimas que aún no se atrevían a caer.

—Era... eran dos —logró decir en un susurro ronco—. Lo escuché. Dos.

Andheon sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La rodeó con los brazos, ignorando la sangre, ignorando todo.

—Shhh... estoy aquí... estoy contigo. No lo perderemos todo. No te perderé.

Bin se aferró a él como si de eso dependiera no hundirse del todo. El dolor físico era agudo, punzante. Pero era nada comparado con el otro: ese que nacía del vientre vacío, del sueño roto.

Horas después, cuando la crisis hubo pasado y su pulso se estabilizó, Bin yacía débil, con la mirada perdida en el dosel de la cama. A su lado, Andheon no se había movido ni un instante. Le tomaba la mano sin apretarla, sólo dejándola descansar entre sus dedos.

—Perdimos una flor... —murmuró ella, finalmente—. Pero la otra... aún vive, ¿cierto?

Él asintió, besando su mano con devoción.

—Y yo protegeré esa flor con mi vida —susurró—. No permitiré que el viento vuelva a llevársela.

Bin cerró los ojos, y por primera vez desde el atentado, se permitió llorar. No por debilidad. No por derrota. Sino por todo lo que quedaba por defender.

Y mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, comprendió que su dolor no la haría más pequeña... la haría más fuerte.

Porque ahora, ya no era sólo consorte. Ya no era sólo mujer.

Era madre. Y la sangre de las flores aún podía dar vida.



#1827 en Otros
#315 en Novela histórica
#4924 en Novela romántica

En el texto hay: romancehistorico, corea, joseon

Editado: 22.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.