El murmullo suave de los cerezos en flor acompañaba el lento movimiento de los abanicos de seda. Bin estaba sentada bajo el alero del pabellón interior, con el cabello recogido con sencillez, aunque su tocado indicaba su rango intacto. Su rostro, bañado por la luz matinal, lucía más delgado, y bajo sus ojos se notaban las sombras del agotamiento reciente. Aun así, había retomado su labor con una dignidad silenciosa.
Lady Oh se encontraba a un lado, organizando los rollos de seda que contenían documentos pendientes. Aunque vigilaba con atención el ritmo de respiración de su señora, no hizo comentario alguno. Bin se esforzaba en mantener el equilibrio entre su fragilidad y su deber.
Un murmullo distinto anunció la llegada de alguien. Lady Oh se giró rápidamente, y al ver a la visitante, hizo una inclinación respetuosa.
Gwin-in Da-hye avanzó con la gracia que la caracterizaba. Su hanbok de tonos marfil y celeste ondeaba suavemente, y sus labios estaban curvados en una sonrisa serena. Traía consigo una caja de laca con té de loto y dulces medicinales.
—He venido sin aviso, y por ello pido disculpas, Consorte Bin —dijo Da-hye con una reverencia perfectamente calculada.
—Pero he orado por su salud todos estos días. Su fortaleza es admirable.
Bin alzó la mirada, manteniendo la compostura.
—Le agradezco su consideración, Gwin-in. Estos jardines ayudan a respirar mejor.
Da-hye se sentó a su lado tras recibir el gesto de aceptación. Observó el entorno con atenta suavidad, como midiendo cada palabra antes de pronunciarla.
—Quizá no sea el momento perfecto, pero... los asuntos del palacio no esperan. Como madre, entiendo la preocupación que ahora me ocupa: Seong-min ha alcanzado la edad para asumir responsabilidades mayores. El Consejo ha aprobado abrir la convocatoria para candidatas.
Bin bajó la vista por un instante, asintiendo con lentitud.
—Lo sé. Y lo entiendo. ¿Desea que supervise el proceso?
—Sólo usted podría hacerlo con justicia y equilibrio —replicó Da-hye, con un brillo calculado en la voz.
—Es por ello que he venido. No por influencia... sino por alianza.
Bin la miró de nuevo. Las palabras eran amables, pero el peso era claro. Había algo más que cortesía: una proposición de pacto. A Bin no le desagradaba. Da-hye no era una enemiga, sino una madre que sabía cómo jugar en el tablero.
—Entonces trabajaremos juntas. Pero que sea el corazón de las candidatas el que hable más fuerte que su apellido.
—Así será.
Gwin-in Da-hye inclinó levemente la cabeza, no como una subordinada, sino como una aliada que respetaba el temple de Bin. Luego, con pasos medidos y elegantes, se retiró de los aposentos, acompañada por el aroma tenue del incienso.
Mientras cruzaba los corredores del palacio, su mirada cambió: de la dulzura estratégica al gesto firme de una madre decidida. El rumor de la convocatoria se había extendido entre los muros, y ya no era un proyecto: era una orden oficial. Las flores serían escogidas, y entre ellas, una se convertiría en la promesa del loto.
Al llegar frente a los aposentos de su hijo, Gwin-in Da-hye exhaló suavemente antes de entrar. Sabía que el rostro sonriente de Seong-min pronto tendría que enfrentarse con el peso de un destino que hasta ahora le había parecido lejano... pero que ya se escribía en las paredes del palacio.
—¡Una convocatoria! ¡Como si fuera una competencia de arquería! —exclamó el joven príncipe mientras lanzaba una bola de seda al aire.
Gwin-in Da-hye lo observaba desde la distancia, sentada con la espalda recta y una leve sonrisa divertida.
—No es una competencia, Seong-min. Es el destino de tu linaje. De nuestra familia.
—¡Justo por eso! ¡El linaje suena tan... serio!—
—Porque lo es.
El príncipe suspiró, dejando caer la bola. Caminó hacia el biombo pintado con bambú y se detuvo.
—Está bien. No voy a desobedecer. Pero no me haga casarme con alguien que me mire como si fuera un deber.
Da-hye se puso de pie y caminó hacia él.
—Por eso confío en Bin. Porque ella sabrá ver más allá del linaje. Y encontrará a alguien que vea en ti al hombre... y no sólo al príncipe.
Seong-min ladeó la cabeza.
—Eso suena... bastante bonito. Pero también muy complicado.
Su madre riyó suavemente.
—Todo lo valioso lo es.
Y en algún rincón del palacio, las flores del loto comenzaban a abrirse. Tan lentas y tenaces como las alianzas que ahora florecían entre mujeres que sabían exactamente cómo sobrevivir.