Los rumores se movían como viento entre los pilares del palacio. No había pasado ni un día desde que se oficializó la convocatoria para seleccionar a la futura esposa del príncipe Seong-min, cuando los clanes conservadores ya alzaban sus cabezas, prestos a marcar territorio.
En la sala privada de la Reina Madre, las palabras fueron afiladas como agujas.
—Esa mujer... siempre tan indulgente. —La Reina Madre apenas probó su té.
—Es hora de recordarle que un hijo no se cría con sonrisas y golosinas, sino con rigor y deber.
Seo-ra asintió con recato. La Reina Madre le confió el encargo de supervisar las candidatas, asegurándose de incluir jóvenes de los linajes más tradicionales. Era, claramente, una maniobra para humillar a Gwin-in Da-hye y reducir su influencia.
Pero al salir del pabellón, Seo-ra se desvió del camino y pidió ver a Bin en sus aposentos.
Bin, aún con el rostro pálido pero con una expresión serena, la recibió sentada junto a un brasero encendido. El calor ayudaba a mitigar los espasmos que aún sentía desde la pérdida, aunque su alma aún sangraba en silencio.
—He venido a advertirte —dijo Seo-ra sin rodeos, después de inclinarse en respeto.
—La Reina Madre busca imponer candidatas de los clanes que más le son fieles. Esto no es sólo una elección... es una batalla por influencia.
Bin entrecerró los ojos, pero su voz fue calmada:
—Entonces necesitaremos un plan. Que vengan, si lo desean. Pero el corazón de las candidatas hablará más alto que sus apellidos.
Seo-ra sonrió con complicidad. No por arrogancia, sino por la firmeza con la que Bin, incluso herida, seguía siendo columna del equilibrio palaciego.
Horas después, mientras la tarde se teñía de rojo, Bin recibió una visita inesperada.
Seong-min apareció en sus aposentos con una sonrisa ladeada y una pequeña caja de madera entre las manos.
—¿Tienes hambre? He traído algo... se dice que las embarazadas tienen antojos impredecibles —dijo, sacando unos dulces de arroz con miel.
Bin no pudo evitar reír suavemente. Hacía días que no se permitía reír.
—Pensé que no te tomabas esto tan en serio.
—No lo hacía... hasta ahora. —Seong-min se sentó a su lado con más gravedad de la usual.
—Sé que están eligiendo una esposa para mí. Y no voy a rebelarme contra eso. Pero quiero confiar en alguien para hacerlo... Y confío en ti.
El silencio que siguió fue cálido. Bin le tomó la mano con afecto, como si de pronto él ya no fuera sólo el príncipe travieso, sino el hermano menor que necesitaba orientación.
—Serás un buen esposo, Seong-min. Y un tío aún mejor —bromeó, tocando suavemente su vientre.
—¡Oh! Este sobrino será malcriado como ninguno. Te lo aseguro —dijo con orgullo teatral.
Ambos rieron suavemente, sabiendo que más allá de los juegos de poder y las intrigas, todavía quedaba algo que valía la pena proteger: el lazo entre quienes elegían seguir luchando, sin perder la ternura.
Después de despedirse de Bin, Seong-min no regresó de inmediato a sus aposentos. Sus pasos, aunque ligeros como siempre, tenían un ritmo más pensativo. Cruzó uno de los corredores de mármol hasta alcanzar el pabellón donde su hermano mayor, el príncipe heredero, revisaba unos documentos junto al brasero.
—Hyung*—llamó con tono familiar.
—¿Tienes un momento?
Andheon levantó la mirada. Aunque sus ojos aún guardaban un dejo de cansancio, su rostro se suavizó al ver a su hermano menor.
—Siempre.
Seong-min se sentó frente a él. Durante un instante no habló. Luego suspiró, bajando la voz:
—¿Cómo supiste que era Bin? —preguntó, casi como si le hablara a un confesor.
Andheon alzó una ceja, sorprendido.
—¿Bin?
—Sí... ¿Qué fue lo que te hizo decidirte por ella entre tantas mujeres?
El príncipe dejó el pincel a un lado. Pensó un momento antes de responder.
—Porque me miró sin miedo... incluso cuando tenía el corazón hecho pedazos. Y no me pidió nada, pero me dio paz. A veces el amor no nace de la admiración, sino del silencio compartido.
Seong-min asintió lentamente, como si cada palabra abriera una puerta nueva en su interior.
—Supongo que siempre tuve el lujo de no pensar demasiado. Todos me veían como el hijo menor, el que nunca llegaría al trono, el que podía vivir riendo y galopando por los campos. Pero ahora... hay expectativas. Y no quiero decepcionarte. Ni decepcionarla a ella —dijo, refiriéndose sin decirlo a su madre.
Andheon le dio una palmadita en el hombro, con una sonrisa leve.
—Responsabilidad no es lo mismo que renunciar a lo que eres. Solo significa que, por primera vez, debes escoger lo que dejarás atrás... y lo que llevarás contigo.
Seong-min se puso de pie con una reverencia informal, más fraterna que protocolar.
—Gracias, hyung. Lo pensaré.
Pero al regresar por el corredor lateral que daba a sus aposentos, sus pasos se frenaron en seco.
La Reina Madre venía de frente, rodeada de sus damas. Seong-min hizo una reverencia profunda, como dictaba la etiqueta, pero sintió el peso de su mirada sobre él, fría como el invierno.
—Príncipe Seong-min —dijo ella, sin detenerse del todo.
—Me alegra saber que finalmente comienzas a asumir el rol que te corresponde.
—Haré lo necesario, Su Majestad —respondió él con un tono que, sin perder respeto, mostraba que ya no era tan fácil de leer.
La Reina Madre asintió apenas, sin más palabras, y continuó su camino.