(Final del segundo Arco)
El amanecer trajo consigo un aire distinto al Palacio. El cielo, pintado con tonos melocotón y azul cobalto, era testigo de la llegada de los palanquines que desfilaban uno tras otro por el camino de piedra que conducía hacia el Salón de los Lotos. Las candidatas descendían una a una, envueltas en hanboks ceremoniales de pechera amarilla y faldas rojas. Las doncellas abrían paso con pasos medidos, mientras el incienso ardía suavemente a los costados del pabellón, marcando la solemnidad del día.
Dentro del gran salón, tras una cortina fina de lino blanco que separaba a las damas reales de la vista de las jóvenes, se encontraban la Reina Madre, la consorte Gwin-in Da-hye, Seo-ra y Bin. El aire estaba cargado de expectativas. La Reina Madre observaba en silencio, con los dedos entrelazados y los ojos afilados.
Una a una, las candidatas se presentaron con reverencias precisas.
—Dime, joven—inició la Reina Madre, con su voz suave pero firme—, ¿qué significa la obediencia para una futura princesa consorte?
Las respuestas se sucedieron con tono ensayado: menciones al deber, a la familia, al trono. Pero en el fondo, Bin y Da-hye hacían sus propias preguntas, susurradas al oído de una dama que las repetía para no romper el protocolo.
—¿Qué harías si tu esposo se sintiera perdido?—fue la pregunta de Bin.
—¿Cómo entiendes el deber y la felicidad?—fue la de Gwin-in Da-hye.
Entonces una joven, de rostro fresco y mirada chispeante, respondió con una calma sorprendente:
—Mi linaje ha cultivado flores durante generaciones, pero yo prefiero cuidar las raíces. Son ellas las que sostienen incluso en la tormenta.
La Reina Madre arqueó una ceja. Bin y Gwin-in se miraron brevemente. El nombre de la joven fue anotado: Han Ye-rim.
Al concluir las presentaciones, las damas reales se retiraron a una cámara anexa para comenzar el primer descarte. La tensión se hizo presente.
—Espero que las flores que usted riega, consorte Bin, no crezcan sin disciplina—comentó la Reina Madre sin mirarla directamente.
—Prefiero que crezcan con libertad antes que marchitas por temor—replicó Bin con voz serena.
Al regresar, las damas de la corte llamaron a las seleccionadas. Han Ye-rim estaba entre ellas. Tropezó ligeramente al avanzar, sonrió nerviosa, y se disculpó sin perder la gracia. Algunas damas reprimieron una risa discreta. Había algo en ella que era difícil ignorar.
Al día siguiente, comenzaron las pruebas tradicionales. Las candidatas mostraron su destreza con la caligrafía, escribiendo poemas que reflejaban su linaje. Ye-rim trazó un verso inesperado: "Donde termina el apellido, empieza el corazón". En la lectura del Naehun, su entonación fue firme; bordó una grulla con hilos dorados que, aunque imperfecta, parecía volar. En el gayageum, erró dos notas pero sonrió al final. En la ceremonia del té, derramó una gota sobre la manga de la dama a la que servía, y se disculpó con tal sinceridad que fue imposible no aceptarla.
Una a una, superó las pruebas con una mezcla de torpeza encantadora y determinación.
Finalmente, en el Pabellón Real, ante la presencia de algunos ministros, las tres finalistas fueron anunciadas. Luego, llevadas a los aposentos de la Reina Madre, donde estaban también el Rey, Bin y Gwin-in Da-hye. Se formuló una última pregunta:
—¿Qué harías si tu deber entra en conflicto con tu corazón?
Ye-rim respondió sin titubear:
—Buscaría una forma de hacerlos caminar juntos. Y si no pudiera, me aseguraría de no perderme a mí misma en el intento.
La Reina Madre cerró los ojos por un instante. El Rey asintió.
Han Ye-rim fue anunciada como la elegida. Sus ojos se agrandaron, incrédula, cuando las otras dos finalistas le hicieron una reverencia.
Un eunuco, testigo de la decisión, corrió a los aposentos del príncipe Seong-min.
—¡Su Alteza! ¡Ya tiene esposa! ¡Fue escogida hace instantes!
Seong-min quedó inmóvil. Luego sonrió como un niño y salió casi corriendo. Pero una dama de la corte le detuvo:
—Su Alteza, no puede verla aún. Pronto tendrá ocasión de hablar con la joven. Las reglas lo exigen.
Con una inclinación de cabeza, pareció retirarse. Pero tomó un atajo por un corredor lateral. Desde allí, oculto tras un biombo de madera tallada, vio a Han Ye-rim caminando entre dos doncellas, rumbo a las instalaciones que serían sus aposentos.
Ella se detuvo un momento a observar una flor que crecía entre las grietas del muro. La tocó suavemente, como si fuera un mensaje del destino.