Las sombras caían pesadas sobre el pabellón occidental, donde el silencio se volvía un lenguaje que Bin conocía bien. Con una linterna encendida y el diario entre sus manos, sus ojos recorrían las líneas ocultas tras una página adherida con sutileza al borde del encuadernado. No era parte del texto original; era una carta, escrita con prisa, pero con una tinta cuidada.
"Si lees esto, mi querido hijo, es porque las voces del palacio no se han callado. La línea del trono no está asegurada, y tu nacimiento ha despertado más odio que esperanza. Confía solo en aquellos que no ansíen coronas... El veneno no siempre se bebe. A veces se respira. A veces, se hereda."
El corazón de Bin se contrajo. No era solo una advertencia maternal: era un eco del presente. La muerte del rey, como una figura errante, parecía cruzar los umbrales del palacio con sigilo, buscando su siguiente víctima. Caminaba tras pasos débiles, se colaba entre grietas de jade, y se sentaba en los salones como un invitado no anunciado. En los pasillos, el aire pesaba como plomo. Cerró el diario con cuidado, como si al hacerlo pudiera sellar también los hilos peligrosos que esa revelación destapaba.
De inmediato mandó llamar con urgencia a la consorte Seo-ra. Llegó sin demora, aún descalza, su expresión marcada por el sobresalto de la hora. Cuando Bin le mostró el cuaderno, sus manos temblaron apenas al rozar las cubiertas.
-Es el diario de la madre del príncipe Gyeon-seok -dijo Bin con gravedad-. He encontrado una carta que no estaba allí antes.
Seo-ra tomó el diario con recelo. Sus ojos recorrieron las líneas escritas y su rostro fue palideciendo con cada palabra. El temor se coló en su voz, invisible pero punzante.
-Esto... esto no es solo historia -murmuró-. Esto está ocurriendo de nuevo.
-Y lo peor -añadió Bin, tocando su vientre con ternura protectora- es que aún no sabemos contra quién se dirigen.
El miedo no era nuevo, pero esa noche adquiría un filo más agudo.
Cuando terminó la conversación con Seo-ra, el aire ya se había enfriado. La luna colgaba como una promesa lejana sobre el lago. Bin caminó despacio hacia el pabellón, donde Andheon la esperaba. Aquel lugar, rodeado de lirios y sauces, parecía ajeno a todo lo oscuro del mundo.
El príncipe estaba sentado sobre una estera, con una lámpara baja encendida y la mirada al agua. Bin se acercó sin decir palabra, y él la recibió en silencio, atrayéndola con suavidad a su lado. Sus dedos se entrelazaron sobre el vientre redondeado de ella, y por un momento, el mundo pareció rendirse ante la calma.
-¿Alguna vez temiste no ser rey? -preguntó Bin, rompiendo el silencio con una voz tan suave como la brisa.
Andheon la miró con una dulzura sin máscara. Sus dedos se movieron despacio, como si quisieran memorizar la vida que crecía allí.
-Lo único que temo es no verte cuando eso ocurra -respondió, su voz cargada de verdad.
Eran palabras sin corona, sin deberes. Solo él, un hombre enamorado, mirando a la mujer que le había devuelto el sentido.
-Entonces... prométeme que no me dejarás sola en medio de esta tormenta -susurró Bin, los ojos humedecidos por algo que no era tristeza, sino una dicha temerosa, la de quien ama y está a punto de dar vida.
Él la besó en la frente con suavidad, sellando un pacto que no necesitaba testigos.
En su interior, Bin pensó en lo lejos que había llegado. En cómo, pese al veneno que danzaba en los salones, esa criatura en su vientre era la prueba viviente de que algo puro podía aún florecer en el barro. Se sintió en paz, por un instante. Ya no era solo una mujer entre intrigas: era madre. Era hogar.
Muy alejado de todo lo que rodeaba esa frágil paz, se extendía una de las sombras que aún guardaba rencores antiguos.
En un cuarto oscuro del ala norte, alejado de las zonas transitadas, Gyeon-seok observaba un mapa extendido sobre la mesa baja. Las velas parpadeaban, proyectando figuras sinuosas en las paredes. Un criado, de rostro pálido y manos temblorosas, se acercó y le entregó un pequeño estuche de madera con un doble fondo. Dentro se hallaba el plano detallado de los accesos ocultos al pabellón imperial.
-No fue suficiente con la cacería -gruñó Gyeon-seok-. Pero esta vez... esta vez no fallaremos.
El criado asintió, tragando saliva.
-Mi señor... ¿qué desea que hagamos con el investigador real?
-Manténganlo entretenido. Que siga buscando pistas donde no hay nada. -Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro-. Esto ha sido demasiado fácil.
Pero no estaba solo.
Detrás de una ventana entreabierta, mezclado con el vaivén de las ramas, unos ojos vigilaban en absoluto silencio. Jan Wook, oculto entre la maleza, había llegado antes de lo previsto. No solo escuchaba: memorizaba. Cada palabra, cada trazo en el mapa, cada nombre que se susurraba como amenaza.
Cuando Gyeon-seok volvió a inclinarse sobre el plano, Jan Wook retrocedió con sigilo, como un fantasma entre sombras. No dejó huella. Solo una certeza ardía en su pecho: la amenaza seguía viva... y tenía rostro.
Mientras el viento nocturno silbaba entre los árboles, el joven espía desapareció en la oscuridad. El juego de sombras no había hecho más que comenzar.