El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 27: La corte de las máscaras

La luz temprana del amanecer aún no tocaba los aleros del palacio cuando comenzaron a murmurar los primeros rumores. Nadie sabía de dónde venían, pero se esparcieron como veneno en una copa dorada. Decían que Ye-rim, la joven elegida en el Gantaek, no descendía de nobles verdaderos, sino de una rama lejana de comerciantes disfrazados de linaje. El aire mismo parecía cargado de desconfianza.

Las doncellas cuchicheaban tras los biombos. Los eunucos desviaban la mirada con cuidado. Y en el centro de todo, la Reina Madre, con el rostro sereno y las palabras afiladas, dejaba caer sus dudas como si fueran pétalos de loto... marchitos. No necesitaba levantar la voz: bastó con una ceja arqueada durante el consejo de la mañana para que la Reina Viuda comprendiera la afrenta.

La tensión entre ambas mujeres se sentía en cada rincón del palacio. La Reina Viuda, indignada ante el desafío, ordenó revisar el linaje de Ye-rim, no por desconfianza, sino para silenciar de una vez por todas aquella sombra que amenazaba con manchar su autoridad. Lord Choe Man-seok, siempre oportunista, exigió que se postergara el reconocimiento oficial. No por protocolo. Por estrategia.

En sus aposentos, Seong-min golpeó la mesa con una furia que no sabía manejar. Su madre, la consorte Da-hye, entró justo cuando las piezas de un tablero cayeron al suelo. Él la miró, con los ojos encendidos, pero ella le tendió una taza con calma.

-El loto florece en el barro, no en el agua limpia -susurró ella, sentándose frente a él.

-No destruyas lo que estás construyendo con palabras innecesarias. Hay maneras más finas de defender lo que amas.

Fue entonces cuando Da-hye buscó a Bin. Sabía que si quería desenterrar la verdad, necesitaba más que estrategia: necesitaba inteligencia, discreción... y la mirada limpia de alguien que había sobrevivido al juicio del palacio.

La visita a la residencia de los padres de Ye-rim se hizo en silencio, sin escoltas visibles, pero con suficiente protocolo como para dejar claro que no era una visita cualquiera. Para Bin fue la primera vez que salía del palacio desde su ascenso oficial. Los muros de la residencia no eran tan altos como los del palacio, pero el ambiente dentro era igual de tenso.

Ye-rim las recibió con una reverencia perfecta, aunque su mirada delataba el cansancio de quien carga un apellido cuestionado. Cuando Da-hye le preguntó si tenía algo que esconder, la joven no titubeó.

-No temo al palacio -dijo, con la voz firme, aunque una pequeña grieta tembló en sus labios.

-Pero sí me angustia que los rumores dañen a quienes uno más ama. Eso... duele más que cualquier exilio.

Bin se acercó entonces, dejando a un lado el protocolo. Le tomó la mano con suavidad.

-Aquel día en que nos observaste desde detrás de la cortina - le dijo.

-Vi en ti a una joven audaz, sin miedo a levantar la barbilla aunque estuviera rodeada de lobos. No permitas que esta niebla te haga dudar. El palacio olvida pronto los escándalos, pero recuerda siempre la dignidad.

La joven asintió, con una mezcla de alivio y fortaleza renovada. No se dijeron más palabras, pero bastaron esas para sellar una alianza silenciosa.

De regreso al palacio, el cuerpo de Bin comenzó a resentir cada paso. Las caminatas, la tensión acumulada, las noches de desvelo... y el peso silencioso de una vida que crecía en su vientre. Las náuseas eran persistentes, los mareos más frecuentes, y sus manos temblaban apenas al sostener el borde de su jeogori.

Dama Oh, siempre atenta a los cambios más sutiles, la ayudó a recostarse apenas cruzó el umbral de su pabellón. Con movimientos precisos, le acomodó los cojines detrás de la espalda y colocó un pañuelo húmedo en su frente.

-Debe cuidar su cuerpo, mama -dijo en voz baja, con una mezcla de firmeza y ternura.

-Su rostro está más pálido que la luna de invierno.

Pero Bin no cerró los ojos. Algo le carcomía por dentro. La dama Oh, temerosa pero fiel, se inclinó y murmuró en su oído:

-Se rumorea que la reina ha comenzado a salir del templo de las Nubes Silenciosas... no por plegarias o remordimiento por su castigo, sino por reuniones. En secreto. Con Lord Kim.

Bin no dijo nada. Su mano se posó sobre el vientre aún pequeño que apenas comenzaba a revelarse bajo sus ropajes. Su hijo. Su esperanza. Su mayor fuerza... y su mayor vulnerabilidad.

No tenía margen para el miedo. Pero sabía que el tiempo de calma se desmoronaba.

Esa noche, cuando el palacio se cubría de bruma y los faroles parpadeaban como luciérnagas cansadas, las sombras también se deslizaban más allá de sus muros.

A kilómetros del ajetreo de la corte, envuelto en el incienso perpetuo del Templo de las Nubes Silenciosas, un pabellón olvidado al borde del complejo apenas retenía el calor de una lámpara moribunda. Allí, donde el castigo se confundía con el exilio, dos figuras se encontraban bajo la complicidad de la penumbra.

Lord Kim había llegado sin ser visto, con pasos calculados y una promesa velada entre los pliegues de su manto.

La Reina Ma-gyeong lo esperaba. Ya no llevaba los ropajes austeros de penitente. La tela negra con detalles en rojo profundo envolvía su figura con la dignidad de una reina que no había sido vencida, sólo silenciada... por un tiempo.

-Ella me arrebató todo -dijo, su voz tan controlada que parecía cincelada en hielo.

-Mi posición, el corazón del rey, y aún camina por el palacio como si el destino le perteneciera.

Lord Kim mantuvo la cabeza inclinada, pero sus ojos ardían de acuerdo.

-Pero aún no lo ha sellado. Su futuro aún puede ser quebrado.

Ma-gyeong deslizó lentamente los dedos por el borde de una lámpara apagada, como si tallara en el aire la forma de un castigo ancestral.

-Si destruyo su vientre... destruyo su legado.

Las palabras flotaron, densas y definitivas.

No fueron una amenaza. Fueron un juramento.

Y el templo, aunque acostumbrado al silencio, pareció contener el aliento.



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Editado: 22.01.2026

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