El silencio cayó sobre el palacio como una mortaja. Las puertas del Pabellón Real se cerraron con estrépito, y los eunucos corrieron jadeando, sus rostros perlados de sudor, gritando órdenes fragmentadas. El Rey no respondía. Su cuerpo yacía sobre el suelo de madera, tembloroso, helado, con la taza caída a su lado. El té derramado olía amargo. Demasiado amargo.
El médico real llegó sin aliento, se arrodilló junto al soberano y lo examinó con manos temblorosas. Susurró algo que apenas fue audible. Nadie lo repitió. No hizo falta.
La palabra veneno empezó a deslizarse por los corredores como una serpiente hambrienta, dejando un rastro invisible pero punzante.
Bin apenas comprendía lo que sucedía cuando fue rodeada por guardias. Un eunuco, con la voz quebrada, le pidió que entregara sus adornos ceremoniales. No preguntó. No lloró. Solo alzó la vista hacia el cuerpo del Rey, ya cubierto por cortinas, y luego se detuvo en la Reina Madre.
Ella la miraba con una serenidad que hería. Un gesto casi maternal en sus labios cuando murmuró:
-Se hará lo que se deba hacer... aunque duela.
Fue entonces cuando Bin lo supo. El juego había comenzado. Y no habría retorno.
En otro pabellón, escondido entre los muros de los funcionarios, Lord Kim mantenía las manos cruzadas tras la espalda. Frente a él, la Reina Ma-gyeong reía suavemente, con una ligereza helada que no tenía lugar en el caos que sacudía el palacio.
-¿Viste su rostro? -dijo, saboreando cada palabra con una mezcla venenosa de odio y deleite.
-Esa mujer... esa criatura indeseable que nunca debió pisar este palacio. Desde el momento en que supe que llegaría, supe que sería una amenaza. Y ahora, ¡ahora será recordada como la consorte que envenenó al Rey! Qué delicia de ironía. ¡Será destruida, su nombre, su sangre, su hijo por nacer... que desaparezcan ambos de este mundo, como si jamás hubieran existido!
Lord Kim esbozó una sonrisa apenas contenida.
-Una sola taza. Un solo polvo. Y que fuera ella quien lo sirviera. No necesitábamos más.
La Reina alzó su gyoju, el pequeño cuenco de porcelana humeante con té de azafrán. Lo sostuvo como si brindara con el destino.
-Morirá pronto. Y con ella, todo lo que ha osado soñar.
Pero no estaban solos.
Tras un biombo, Seong-min, el hermano menor de Andheon, había estado buscando unos papeles olvidados. Al principio pensó que se trataba de otra conversación banal entre nobles corruptos... hasta que oyó el nombre de Bin. Su pecho se apretó. La sangre le heló las venas.
Salió corriendo. No pensó en el protocolo, ni en su rango, ni en las consecuencias. Cruzó el jardín, atravesó los corredores, empujó a los guardias como si no existieran. Hasta que llegó a la sala de guerra.
Andheon estaba allí, solo, de pie frente a un mapa, el ceño tenso, las manos crispadas por la impotencia.
-¡Andheon! -gritó Seong-min, casi sin aliento.
-¡Fue ella! ¡La Reina! ¡Ella y Lord Kim! Los escuché. Dijeron que todo fue planeado. Que quieren destruir a Bin. ¡Ella no tuvo nada que ver!
Andheon alzó la mirada. En sus ojos se encendió una furia ciega... pero también algo peor: miedo.
-¿Estás seguro?
-Con mi vida.
El príncipe heredero cerró los puños, y por un momento pareció que el aire mismo contenía la respiración. Su mundo temblaba. Su esposa... madre de una nación... ¿otra vez? ¿Otra vez contra Bin?
No podía aceptarlo.
-Si Bin muere... -susurró- y con ella nuestro hijo... no habrá perdón.
En otro rincón del palacio, Seo-ra caminaba con paso firme hacia las dependencias de Andheon. Tenía que hablar con él. Había visto con sus propios ojos el informe del investigador real, acompañado por Jang-wook. Había pruebas de manipulación en los registros de entrada. Alguien había falsificado las listas el día del incidente.
Pero no llegó lejos.
Una mano fuerte la sujetó del brazo.
-¿A dónde vas tan apurada?
Era un hombre alto, de rostro inmutable, túnica púrpura. Uno de los espías de Gyeon-seok, su esposo. Ella lo supo de inmediato.
-Debo entregar información al príncipe heredero. Es urgente.
-Lo urgente... puede esperar. -El espía no la soltó.
-Especialmente cuando podría alterar el equilibrio del reino.
Seo-ra comprendió al instante. No le permitirían llegar. Gyeon-seok lo sabía. La estaban vigilando.
Esa noche, mientras el palacio dormía con un ojo entreabierto, un grito rasgó el silencio.
Una sirvienta, al limpiar los aposentos de Bin, encontró una bolsita de tela oculta bajo el tocador. Al abrirla, una bocanada de olor metálico invadió la habitación. Era un polvo oscuro. El médico lo identificó de inmediato.
Wolfsbane. Toxina letal. De acción lenta. Acumulativa.
El rumor ardió por el palacio. La prueba estaba ahí. Justo en el cuarto de la consorte acusada.
Cuando se lo informaron, Andheon estrelló un jarrón contra la pared.
-¡¿Crees que sería tan estúpida como para esconder el veneno en sus propios aposentos?! -gritó.
-¡Esto es una trampa!
Nadie se atrevió a responder.
Jin-su, que escuchaba oculto tras la puerta, tragó saliva. Bin... la mujer que una vez advirtió a su padre del peligro en el bosque. No podía permitir que cayera por esa mentira.
Por primera vez, entendió que no podía quedarse de brazos cruzados. Ya no era solo un joven observando desde las sombras. Salió corriendo en busca de Seong-min.
Lo encontró, y entre susurros apresurados, le contó lo que sabía. Seong-min no dudó. Lo llevó, sin que nadie los viera, a una de las dependencias de almacenamiento en desuso.
-Hace semanas, antes de que la Reina regresara al palacio -susurró- vi a alguien extraño rondando por los corredores del ala oeste. No llevaba insignia. No parecía parte de la servidumbre.
Intenté seguirlo, pero desapareció. Lo único que dejó atrás fue esto.
Le mostró un pequeño trozo de tela. Estaba enganchado entre dos tablones. Jin-su lo sostuvo con cuidado. No era tela común. En el borde, casi invisible, había un bordado: un loto invertido, cosido con hilo plateado. Al abrirlo, algo cayó.