La noche había caído sobre el palacio con un silencio denso, como si hasta el viento se negara a perturbar los secretos que flotaban entre sus muros. En uno de los pabellones más apartados, Seo-ra era conducida por un espía hasta su esposo, Gyeon-seok. Él la esperaba en pie, con el rostro endurecido y los ojos hundidos en sombras. Al verla, no hubo palabras dulces ni miradas de reconciliación, solo una acusación cargada de veneno.
-Lo sabía -murmuró, la voz tensa, casi venenosa.
-Sabía que estabas aliada con ella... con Bin.
Seo-ra apenas alcanzó a reaccionar. Gyeon-seok sacó una carta arrugada de su manga y la arrojó al suelo frente a ella.
-¿Pensabas que podrías ocultarme esto? La carta que pretendías entregar al Rey... ¿Qué más estás escondiendo?
Su tono era seco, fúnebre. Con un movimiento repentino, la empujó contra la pared del pabellón. No había rabia en sus ojos, sino desesperación disfrazada de poder.
-¡Dime dónde está nuestro hijo! ¡Ahora! Antes de que el poco amor que aún te tengo se apague para siempre.
Seo-ra, herida y jadeante, sostuvo su mirada con una firmeza que ya no nacía del miedo, sino del dolor.
-Está en un lugar donde tú no podrás corromperlo -respondió con calma férrea.
-No permitiré que lo uses como ficha de poder... no después de ver en qué te has convertido.
Aquellas palabras no hicieron más que oscurecer aún más la expresión de Gyeon-seok. Con un ademán rápido, ordenó a sus hombres que la encerraran bajo estricta vigilancia. Nadie debía interferir. Nadie debía entorpecer sus planes.
Mientras tanto, en los pabellones reales, el ambiente era aún más denso que la noche misma. El Rey deliraba en su lecho, con la respiración entrecortada y la piel perlada de un sudor frío. Cada jadeo era una batalla más librada contra el veneno que lo consumía lentamente.
-Ha llegado a los pulmones -dijo el médico real en voz baja, mientras aplicaba paños humedecidos en hierbas.
-No ha sido obra de días... esto fue introducido hace meses.
Afuera, Andheon aguardaba en silencio. Tenía el puño cerrado, pero era su alma la que temblaba de impotencia. Dentro de la sala, la Reina Madre y la Reina Viuda intentaban sostener la compostura, sabiendo que la caída del Rey significaba el inicio de una guerra sorda por el poder.
Entonces, irrumpió la Reina Ma-gyeong. Su entrada fue medida, su rostro una máscara de dolor contenido. Se arrodilló junto al lecho con una mano sobre el corazón y una voz que pretendía quebrarse.
-Su Majestad... -susurró.
-¡Qué desgracia nos ha caído!
El médico vaciló. Pero la verdad se abrió paso como un filo entre las cortinas del engaño.
-El veneno no fue administrado recientemente. Ha estado acumulándose durante meses. Solo alguien muy cercano pudo haber tenido acceso constante...
En ese instante, el rostro de Andheon se tensó. Y todo lo que había intentado reprimir estalló dentro de él: frustración, rencor, incredulidad. Bajó la mirada, mordiéndose el labio. Aquella mujer... aquella a quien se vio obligado a tomar como esposa por el bien del trono... ¿había sido siempre una serpiente entre las sábanas del Reino?
Los recuerdos regresaron como espinas:
La noche en que se alejó de Bin.
La humillación de verla partir en silencio.
El exilio, mientras los ministros exigían sangre y obediencia.
El acuerdo político entre la Reina Madre y la Reina Viuda, que selló su unión con Ma-gyeong.
-Si tan solo... hubiera tenido el valor de pelear por Bin -pensó con rabia contenida.
-Si tan solo no hubiera cedido ante el trono...
El veneno que consumía al Rey parecía haber envenenado también su historia de amor.
Y entonces, como un trueno que irrumpe en medio del letargo, la voz de su hermano Seong-min resonó en su memoria: la Reina Ma-gyeong y Lord Kim no solo habían intentado destruir a Bin. También habían planeado la caída del Rey.
Todo calzaba.
Durante los meses de castigo en el Templo de las Nubes Silenciosas, cuando fingía penitencia tras el atentado contra Bin, Ma-gyeong no buscó redención. Alimentó su odio. Tejió redes. Infiltró espías. Y junto a Lord Kim, construyó una conspiración aún más grande.
No se arrepintió. No se detuvo. Solo aguardó el momento para atacar de nuevo.
Ahora estaba de vuelta en el corazón del palacio, tan resplandeciente como el sol de un imperio... pero más peligrosa que nunca. La serpiente había regresado. Y esta vez, estaba dispuesta a ganar, sin importar el precio.
Las sombras seguían estirándose en los pasillos del palacio, como si quisieran alcanzar con sus dedos delgados los rincones donde la verdad aún se escondía. En el ala oeste, la consorte Gwin-in Da-hye, afligida y en vigilia desde que la salud del Rey comenzará a deteriorarse, permanecía en silencio rodeada de sus damas, aunque ninguna palabra ligera se atrevía a cruzar el aire. El ambiente estaba cargado de tensión, como si una tormenta se gestara muy cerca.
De pronto, una de las damas irrumpió en el pabellón sin aliento, el rostro pálido y los ojos desbordados de preocupación.
-Mi señora... es la consorte Bin... ha sido recluida.
Gwin-in se puso de pie de inmediato, el borde de su hanbok ondeando como un ala al moverse. Su expresión cambió de la preocupación a la alarma. No preguntó más. Sabía que si ese nombre estaba involucrado, el corazón del reino temblaba.
Pero no llegó lejos. Apenas abrió las puertas de su pabellón, se encontró con la figura firme de su hijo, el príncipe Seong-min, acompañado por el joven príncipe heredero Jin-su. El contraste entre ambos, uno inquieto y agudo, el otro aún en el resplandor de su juventud, pero con una solemnidad impropia de su edad- la hizo detenerse en seco.
El rostro de Seong-min estaba más serio que de costumbre, sin rastro de su habitual desenfado. Y en los ojos de Jin-su brillaba algo inquietante: miedo, sí, pero también una determinación silenciosa que la sobresaltó aún más.