El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 31 : Bajo el velo del silencio

El aire del palacio estaba denso, cargado de secretos que comenzaban a murmurar entre los muros.

Gwin-in Da-hye no había perdido el tiempo. Desde la noche en que Jin-su le ofreció su ayuda, los hilos invisibles de la verdad comenzaban a desenredarse.

Esa mañana, con el primer reporte en mano, se dirigió a las celdas internas. Llevaba consigo una manta ligera, un tónico restaurador y una determinación que no flaqueaba.

-Consorte Bin -dijo suavemente al ingresar.

-He venido a verte.

Yeon-hwa alzó el rostro, pálido pero firme. Sus ojos estaban velados por la fatiga, pero al ver a Da-hye, una chispa breve cruzó su mirada.

-No pensé que vendrías -murmuró.

-Somos aliadas, ¿lo recuerdas? -respondió Da-hye, acercándose con calma.

-No necesito justificar mi presencia. Nos hemos apoyado antes. Y lo haré de nuevo.

Se arrodilló junto a ella, depositando con cuidado la manta sobre sus piernas.

-He vivido lo suficiente en este palacio como para saber que, cuando el enemigo se disfraza de cortesía, una madre debe aprender a defender a su hijo incluso cuando el peligro duerme a su lado.

Yeon-hwa parpadeó, sorprendida por la sinceridad contenida en aquellas palabras.

-No estás sola, Bin. Esta vez, no.

Ella apretó los labios, sintiendo cómo algo en su interior se aflojaba.

-Gracias -susurró.

-Por no mirar hacia otro lado.

-Si hay algo que he aprendido en este lugara-ñadió Da-hye, con un poco de peso en sus palabras.

-Es que el silencio sólo protege a los poderosos. Y tú mereces que alguien hable por ti.

Se sostuvieron la mirada por un instante. Ninguna de las dos confiaba en el palacio. Pero entre mujeres que lo habían sobrevivido... nacía otra clase de lealtad.

Mientras tanto, en los salones altos del palacio, Sug-won Na-gyeong irrumpía en los aposentos de la Reina Viuda como una tormenta contenida, el sonido de sus pasos resonando con fuerza en los corredores silenciados.

-¡¿Cuánto más piensa esperar, madre del reino?! -exclamó con la voz crispada, aunque intentaba mantener el tono bajo por respeto a la etiqueta.

-¡El Rey está muriendo! Cada respiración suya podría ser la última... ¡y nosotras seguimos quietas como si no supiéramos lo que está en juego!

La Reina Viuda la miró con lentitud desde su asiento junto a la celosía, como si meditara no solo la gravedad de las palabras, sino también el atrevimiento detrás de ellas.

-Hablas como si el trono ya fuera de tu hijo -dijo con frialdad.

- Y sin embargo, aún no ha sido nombrado siquiera legítimo. Mucho menos sucesor.

Na-gyeong apretó los puños, los labios temblándole de ira.

-¡Jin-su es sangre real! ¡Sangre de Andheon! El trono le pertenece por derecho. Ese niño... ese engendro mimado por la loca de Ma-gyeong jamás podrá liderar este imperio. ¿Va a permitir que un heredero con apenas seis años y una madre encerrada en plegarias arrastre al reino a la ruina?

La Reina Viuda dejó la copa de té en su bandeja con calma milimétrica. El silencio que siguió fue más denso que cualquier grito.

-Entonces será ahora o nunca.

Levantó la mirada, implacable.

-El niño. La consorte. Ambos deben desaparecer. Este imperio no tolerará más grietas.

Na-gyeong dio un paso hacia ella, bajando la voz, como si pronunciara una oración macabra:

-Usted da la orden. Yo me encargo del resto.

Al irse Na-gyeong, la Reina Viuda reunió en privado a tres de sus damas de mayor confianza. Su voz era baja, casi maternal, pero sus palabras cortaban como cuchillas.

-Una de ustedes se encargará de que los alimentos de la Consorte Bin estén... preparados. No quiero errores. El efecto debe ser lento. Que parezca natural. Estrés. Agotamiento. Una caída en la salud esperada de una mujer embarazada y prisionera. Nada más.

Ninguna preguntó. Ninguna dudó. Sabían lo que eso significaba.

En la penumbra de la noche, una mujer de porte sereno, el rostro cubierto por un velo de muselina blanca y la insignia bordada de la corte bordada en su hanbok, descendió hasta las celdas llevando una bandeja con el sello real. Sus pasos eran tan suaves que parecían no tocar el suelo.

El guardia la dejó pasar sin oponerse. Estaba acostumbrado a ver a las damas de palacio entrar con alimentos bajo la supervisión de la Reina Viuda. Además, la mujer llevaba consigo un permiso lacrado.

En la bandeja de madera tallada descansaban un cuenco de arroz, un pequeño plato con kimchi, y un caldo humeante.

Antes de llegar al calabozo, cuando estuvo fuera de vista, la mujer sacó de su manga un diminuto frasco sellado con hilo rojo. Lo vació con precisión en el caldo, removiendo con una cuchara de plata que limpió luego con delicadeza.

No dejó rastro alguno.

Cuando se inclinó para dejar el plato frente a la celda, sus ojos se cruzaron brevemente con los de Bin, que apenas reaccionó.

-Comida caliente -dijo sin emoción-. De parte de la corte.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta.

Al marcharse, la celda volvió a llenarse de silencio. Un silencio que no sabía que estaba a punto de romperse con dolor.

En otra ala del palacio, Andheon escuchaba en silencio las palabras de su fiel amigo, Jang Wook.

-Tengo la información sobre Gyeon-seok que me pediste -dijo con seriedad.

- Pero antes... debemos concentrarnos en ella.

El nombre golpeó como un eco en el pecho del príncipe.

-Yeon-hwa -murmuró.

-Ella no debió volver nunca... pero tampoco debió marcharse así. Fuiste tú quien lo permitió -insistió Jang Wook, con una nota de reproche en la voz.

-Tú, que la amabas más que a nadie... la dejaste sola.

Andheon apretó los puños.

-¡Creí que era lo mejor! Mi madre me convenció de que mantenerla lejos era protegerla. Y lo peor es que... lo acepté. Pensé que podía cuidar de ella desde la distancia. Pero sólo la condené al dolor.

Jang Wook dio un paso más cerca. Sus ojos, usualmente calmos, destellaban con fuerza contenida.



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Editado: 22.01.2026

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