La noche cayó como un manto pesado sobre la capital, pero en el interior del palacio, el tiempo parecía haberse detenido.
Un murmullo oscuro recorrió los pabellones mientras las nubes se tragaban la luna, ensombreciendo la tierra con una oscuridad que no era natural.
En la celda donde Bin aguardaba, el dolor se convirtió en tormenta.
Primero un calambre agudo. Luego una oleada de sudor frío que empapó su cuello, su espalda, sus muslos.
Y finalmente... la sangre.
-¡La consorte! ¡La consorte está sangrando! -gritó una dama, desbordada por el miedo.
El caos fue inmediato.
Los pasos retumbaron por los pasillos.
El médico real llegó con el rostro descompuesto, seguido de cerca por una partera anciana que murmuraba plegarias en voz baja.
Habían enviado a la Gran Dama Seo a notificar al palacio, pero el tiempo jugaba en contra.
El niño venía... y no lo hacía en calma.
-¡Preparen agua caliente! ¡Linen más telas! ¡Apártense si no saben qué hacer! -ordenó el médico, aunque su voz temblaba.
Bin se arqueaba sobre el futón apenas acolchado. Su cabello, enmarañado por el sudor, se pegaba a su rostro desencajado.
Cada contracción la sacudía como una marea salvaje. Gritaba. Respiraba entrecortadamente. Jadeaba con el rostro bañado en lágrimas.
-¡No puedo más...! -sollozó, con la voz rota.
-Me... me voy a romper...
-¡Siga respirando, Mama! ¡Siga respirando! -exclamó la partera, presionando su vientre con manos firmes.
-¡No puedo...! Cada vez que empujo... ¡siento que me desgarro por dentro!
Las telas debajo de su cuerpo se teñían de rojo, como si la vida se le escapara por momentos.
-¡Está perdiendo demasiada sangre! -advirtió el médico.
-Si el bebé no sale pronto...
-¡Puja, Bin Mama, por favor! ¡El bebé está coronando! ¡Ya casi! -gritó una de las damas.
Bin apretó los dientes. Cada célula de su cuerpo le rogaba que se rindiera.
Pero entonces pensó en él. En su hijo.
El hijo que había jurado proteger incluso si eso significaba enfrentarse al palacio entero.
Con un alarido que rasgó la oscuridad, empujó.
Una, dos, tres veces.
Y luego colapsó, jadeando.
-¡Mama, no se rinda ahora! ¡Él ya casi está...! ¡Ya casi...!
-¡No puedo... no puedo...! -murmuró.
Sentía como si su alma se desgajara. Como si la vida se le escapara por cada grieta de su cuerpo.
-¡Una vez más! ¡Por él!
Afuera, las campanas del templo resonaban como presagios.
El eclipse comenzaba.
Una sombra redonda devoraba la luna...
Y el silencio se apoderó del mundo.
Entonces, una última contracción la estremeció como un trueno.
Y el grito de Bin se alzó por encima de todos los demás. Un grito de mujer, de madre... de guerrera.
Un segundo después, un sonido puro quebró el aire:
Un llanto.
Agudo.
Vivo.
Fuerte.
-¡Ha nacido! ¡El niño ha nacido!
Una de las damas rompió en lágrimas. La partera sostuvo al bebé con las manos manchadas y temblorosas, y lo envolvió con cuidado. Su rostro estaba desencajado de emoción y temor.
-Está... está vivo... -susurró
-Llora con fuerza. Tiene buen color.
-Pero la consorte... está muy débil...
Bin apenas podía abrir los ojos. Sus labios estaban pálidos. El mundo le daba vueltas, pero algo la sostuvo a la vida.
-Déjenme... verlo... -murmuró.
Le colocaron al bebé sobre el pecho. Era cálido. Pequeño. Valiente.
Bin rompió a llorar.
Lloró como no lo había hecho nunca.
-Tú... tú vivirás -susurró, besando su frente con los labios temblorosos.
-Naciste cuando el cielo se cerró... pero tú... tú abrirás el camino.
El bebé, como si la escuchara, se calmó.
-Te llamarás... Ha-jin. Aquel que florece aún en la oscuridad.
En otro extremo del palacio, el Rey agonizaba en su lecho.
El aire olía a incienso y a despedida.
Sus respiraciones eran escasas, apenas un susurro tembloroso que escapaba de sus labios agrietados.
Los médicos intercambiaban miradas sin esperanza; no había más hierbas, más agujas, ni más oraciones que surtieran efecto.
La Reina Viuda, de pie junto al lecho, sostenía la mano de su hijo con dedos helados.
-Mi hijo... -murmuró, apenas audible.
El Rey la miró con los ojos turbios, hinchados por la fiebre. Y con una débil sonrisa, le susurró:
-Madre... pronto... estaré con él... con mi padre...
Y acto seguido, se desmayó, hundiéndose en una quietud que parecía preludio de muerte.
La Reina Viuda contuvo las lágrimas, pero una se deslizó por su mejilla.
Del otro lado del lecho, el príncipe heredero Andheon estaba arrodillado, con los puños apretados sobre sus muslos, en un intento inútil por contener la emoción.