El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 33: La llama y el legado

El anuncio de la muerte del rey recorrió los pasillos del palacio como una ráfaga de viento helado, apagando la respiración de cada sirviente, cada dama, cada ministro. El alma del reino parecía suspendida en un suspiro que no se atrevía a exhalarse.

En la sala principal, los ministros se habían reunido con sus túnicas blancas de luto, inmóviles como estatuas bajo el peso de lo irreversible

En la sala principal, los ministros se habían reunido con sus túnicas blancas de luto, inmóviles como estatuas bajo el peso de lo irreversible. El murmullo era bajo, apenas un zumbido contenido por la tensión: todos esperaban la lectura del testamento, el eco final de la voluntad del difunto soberano.

El murmullo era bajo, apenas un zumbido contenido por la tensión: todos esperaban la lectura del testamento, el eco final de la voluntad del difunto soberano

En uno de los corredores internos, Gwin-in Da-hye caminaba con paso rápido pero controlado, llevando consigo la certeza de la verdad descubierta. A su lado, Andheon avanzaba en silencio, la mandíbula apretada, los ojos oscuros, sabiendo que ese día marcaría su ascenso... y su mayor pérdida.

-Príncipe -susurró Da-hye.

- El informe del investigador real, apoyado por Jin-su y Seong-min, confirma lo que temíamos. Fue la Reina Ma-gyeong. Y Lord Kim. El envenenamiento del rey fue planeado desde su castigo en el Templo de las Nubes Silenciosas.

Andheon se detuvo un instante. El eco de esas palabras se clavó en sus entrañas.

-Y aun así culparon a Bin -murmuró, más para sí mismo.

-La querían muerta desde el inicio.

Da-hye asintió. Cuando llegaron frente a la celda de aislamiento, Andheon miró hacia dentro. Allí, Bin, exhausta, sostenía a su hijo recién nacido contra su pecho. Estaba pálida, frágil... pero no vencida. Al verlo, sus ojos se iluminaron brevemente.

-Ha-jin... -dijo ella, con voz suave pero firme-. Está sano, Andheon. Él... lo logró.

El príncipe se inclinó, rozando la frente del niño con sus labios. Luego susurró, solo para ella:

Luego susurró, solo para ella:

-Tú lo lograste. Los salvaré... a ambos. Cueste lo que cueste.

Poco después, por decreto suyo, Bin y el pequeño fueron trasladados bajo protección a los aposentos reales. Los médicos reales se encargaron de estabilizarla, pero la orden fue clara: no debía salir. No todavía. La Reina Madre había sido tajante.

-Ella permanecerá confinada -le dijo a Andheon, sin titubeos.

- Y no participará en el funeral. La investigación sigue en curso.

-No más castigos disfrazados de deber, madre -respondió Andheon, por primera vez sin doblegar la voz.

-El Rey dejó un testamento. Lo honraré. Y protegeré a Bin con mi vida.

La Reina Madre no respondió, pero sus labios apretados hablaban de una tormenta por venir.

El repique de tambores llenó el aire. Desde la torre más alta, un eunuco levantó la túnica real y, con voz solemne, anunció a todo Joseon la muerte del soberano. Los portones del palacio se cerraron. El luto había comenzado.

Esa noche, mientras la luna seguía teñida por el eclipse, Bin descansaba en su nueva estancia

Esa noche, mientras la luna seguía teñida por el eclipse, Bin descansaba en su nueva estancia. Su respiración era débil, pero tranquila. Seong-min entró con pasos suaves y una sonrisa torcida.

-¿Mamá del príncipe Ha-jin? -bromeó-. Tiene tu nariz, lo cual es terrible para él, pero bueno para la historia.

-¿Terrible? -Bin rio con debilidad-. ¿Y cómo sabrás que no heredó tu ego?

-Sería más peligroso eso que el veneno del palacio.

Ambos rieron. Por un momento, la sombra de la muerte pareció retroceder.

Más tarde, Jin-su entró también. Andheon lo acompañaba.

-¿Puedo verlo? -preguntó el joven, mirando a Bin con respeto.

Ella asintió, sorprendida.

-Claro que puedes. Ven... conócelo. Es tu hermano.

El chico se acercó, con una timidez inesperada, y se agachó junto al lecho.

-Hola, pequeño Ha-jin... soy tu hermano mayor. No sé hacer mucho, pero puedo defenderte si alguien se mete contigo.

Andheon los observó en silencio, sintiendo, quizá por primera vez, que el futuro podía curar el pasado.

Al amanecer, los preparativos para las pompas fúnebres estaban completos. El cuerpo del rey fue colocado sobre un palanquín de ébano, decorado con símbolos de su reinado. La bandera real ondeaba con solemnidad. Los nobles, de blanco, formaban filas. El aire estaba espeso de incienso, silencio y temores ocultos.



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Editado: 31.01.2026

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