El aroma a incienso se mezclaba con el de la tinta fresca y el hierro de las espadas. En el corazón del palacio, el Salón del Loto aguardaba la lectura del testamento del difunto soberano. El aire era denso, impregnado de expectativa, miedo y sospecha. Aunque la coronación de Andheon no se había llevado a cabo oficialmente, el peso de la corona ya se hundía en sus hombros.
El eunuco jefe sostenía con manos trémulas el cofrecillo lacrado que contenía la voluntad final del Rey. A su lado, la Reina Madre permanecía firme, el rostro endurecido por años de cálculo. Los ministros intercambiaban miradas contenidas, como si esperaran que algo oscuro se revelara.
Justo cuando el eunuco se disponía a abrir el cofre, las puertas se abrieron con violencia. Andheon entró con paso seguro, la túnica real manchada aún de hollín y ceniza, los ojos más agudos que nunca.
-Ese testamento no será leído sin mi presencia -declaró-. Soy el heredero directo. No permitiré que la voz de mi padre sea tergiversada en mi ausencia.
El silencio se volvió aún más espeso. La Reina Madre no dijo una palabra, pero su mirada era un cuchillo. El eunuco rompió el sello y desplegó el documento.
-«Si al momento de mi muerte no puedo expresar mi voluntad, este documento será tomado como mi palabra final. Mi hijo Andheon tomará el trono. Y entre sus hijos, el heredero será aquel nacido dentro del matrimonio real y educado conforme a la rectitud del trono. Por ello, declaro al príncipe Jun-su, hijo de la Reina Ma-gyeong, como heredero del heredero».
Un murmullo se alzó como una ola entre los presentes. Algunos ministros inclinaron la cabeza; otros miraron a Andheon con desconcierto. Jin-su no había sido mencionado. Tampoco Ha-jin. El documento era antiguo, pero seguía teniendo peso. La atmósfera temblaba de incertidumbre.
Fue entonces cuando todo estalló.
-¡Arresten a la Reina Ma-gyeong! ¡Y a Lord Kim! -tronó la voz del magistrado real, mientras los guardias irrumpían con órdenes selladas en puño.
-¡Traición! ¡Falsificación de documentos! ¡Envenenamiento del soberano! -gritó el capitán de la guardia, mientras Lord Kim era reducido sin dificultad.
La Reina Ma-gyeong, en cambio, se resistió. Gritó, forcejeó, rompió su peinado con las manos mientras corría por los corredores del palacio.
-¡Jun-su! ¡Mi hijo! ¡Déjenme verlo! -clamó desesperada.
Llegó a los aposentos del niño, donde lo habían llevado para protegerlo del caos. Al verla, Jun-su abrió los ojos como platos, confundido por los gritos y la agitación.
-Madre...
Ella lo abrazó como si el mundo se desmoronara, besándole la frente una y otra vez.
-Perdóname, perdóname... Te amo, siempre te amaré. No olvides eso. No importa lo que digan...
Las damas de la corte la separaron con firmeza. El niño empezó a llorar.
La Reina Madre entró entonces. Tomó al pequeño entre sus brazos, lo abrazó fuerte y cubrió sus ojos.
-No mires, Jun-su... no mires...
Pero ya era tarde. El niño temblaba, repitiendo entre sollozos el nombre de su madre.
-¡Lo protegeré con mi vida! -gritó Ma-gyeong, mientras era arrastrada.
-¡Aunque muera, él vivirá!
Horas más tarde, en la Sala de Justicia, la sentencia fue dictada.
Lord Kim, culpable de magnicidio, fue condenado a la decapitación. No hubo ceremonia, solo el silbido de la espada que selló su traición.
A la Reina Ma-gyeong se le concedió un último honor debido a su antiguo rango: morir bebiendo el veneno ceremonial en sus aposentos.
La noticia se extendió como un trueno por el palacio.
En su cámara privada, la Reina Ma-gyeong permanecía sentada frente a una mesa baja. Su hanbok estaba impecable, sus manos cruzadas sobre el regazo. El silencio era espeso. Solo se escuchaba el leve golpeteo del líquido al ser vertido en una copa de porcelana blanca.
-¿Tienes algún último deseo? -preguntó el eunuco.
-Sí -respondió con voz clara.
-Que le entreguen a Jun-su el libro azul. El de los cuentos. Y que le digan... que su madre no fue un monstruo. Solo... una mujer que amó demasiado.
Tomó la copa entre las manos. El líquido oscuro reflejaba la luz como una noche sin luna.
No lloró. No tembló.
La llevó a sus labios y bebió en un solo trago. Sus ojos se cerraron con lentitud. Una lágrima solitaria descendió por su mejilla.
No por miedo. Sino por amor.
Su cuerpo cayó hacia un lado, como una flor que cede al invierno. Y con ella, cayó una de las últimas sombras de una era marcada por la ambición, la traición... y el dolor de los que quisieron proteger a quienes amaban, de la peor forma posible.