El día amaneció con una quietud sagrada. En todo el palacio Changdeokgung, el aire se sentía más denso, como si incluso los árboles contuvieran la respiración. Era el día en que el Reino de Joseon vería nacer a su nuevo soberano.
En los aposentos privados, Bin sostenía el hanbok real entre sus manos. La tela carmesí bordada en hilos de oro brillaba como si hubiera sido tejida con fuego. Sus dedos temblaban levemente mientras alisaba el dobladillo. Andheon la observaba en silencio desde la puerta, aún sin vestir la túnica ceremonial.
-Nunca imaginé que llegaríamos hasta aquí -susurró ella, sin levantar la vista.
-Ni yo -respondió Andheon con voz baja.
- Pero si estoy aquí... es porque tú seguiste respirando cuando yo no podía.
Ella levantó la mirada. Sus ojos se encontraron, cargados de recuerdos, de dolor, pero también de una esperanza muda. Andheon se acercó, y ella, sin una palabra más, comenzó a ayudarle a vestir la túnica.
-Tienes manos firmes -comentó él, mirándola de reojo.
-Siempre las tuviste... incluso cuando el mundo te exigía temblar.
-Y tú siempre fuiste el único que vio más allá de mi nombre -dijo ella, colocando el broche en el cuello.
-Hoy, cuando subas a ese trono... no olvides quién eres. Y de dónde vienes.
-¿Y si me pierdo en el poder?
-Entonces yo te recordaré el camino.
Él tomó su mano, la llevó a sus labios y la besó con una devoción silenciosa. Después, sin más palabras, salió de la habitación. El destino lo esperaba.
Las puertas del Jeongjeon, el salón del trono, se abrieron con el tañido profundo de los tambores reales. Los músicos, ataviados con jeogoris celestes y coronas ornamentales, iniciaron el daechwita, la música ceremonial que anunciaba la ascensión del monarca.
El cortejo real avanzó con solemnidad. Nobles, ministros, eruditos, príncipes y embajadores del extranjero llenaban el patio, vestidos con sus atuendos más formales. Los hombres lucían dopo de seda en tonos oscuros, las mujeres llevaban hanboks con bordados dorados, manguitos ilustrados con dragones, peonías y nubes auspiciosas.
Frente a todos, cuatro soldados portaban el estandarte del dragón de cinco garras. Los pasos de los eunucos marcaban el ritmo sagrado.
Y entonces, él apareció.
Lee Andheon, ya no como príncipe heredero, sino como el futuro rey de Joseon.
Vestía el gonryongpo, la túnica carmesí del soberano, con un dragón bordado en oro que parecía respirar. Sobre su cabeza, el ikseongwan, la corona real, cuyos hilos de cuentas negras caían como lluvia de obsidiana. Sus ojos no mostraban emoción, pero en ellos ardía una voluntad imbatible.
Bin, desde detrás del biombo ceremonial de seda pintado con lotos, lo observaba. Vestía un hanbok azul profundo con detalles plateados, su cabello recogido en el tteoguji meori, adornado con jade. Aunque libre de cargos, aún no tenía un título para estar a su lado. Pero lo acompañaba con la mirada. Firme. Presente. Silenciosa.
A su lado, la Reina Madre sostenía al pequeño Jun-su, el hijo de la difunta Reina Ma-gyeong. El niño observaba todo con la inocencia de quien no sabe que el mundo se está reordenando.
Los ritos comenzaron.
El Gran Preceptor alzó el decreto imperial:
-En virtud de la voluntad del difunto soberano, bajo los cielos y por mandato divino, se proclama a Lee Andheon como el vigésimo quinto monarca de Joseon.
Andheon se arrodilló ante el altar ancestral. El sacerdote derramó vino sagrado, los inciensos ardían. Los ministros se acercaron para ofrecer la gwanbok, la túnica de gobierno, y el cepo real, el sello de jade.