El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 36: La mascara de dragon

En las puertas del palacio, los estandartes ondeaban desgarrados por el viento. El eco de los tambores de guerra estremecía los muros, mientras los gritos de los soldados llenaban el aire con el fragor del combate. Las antorchas iluminaban el caos, mezclando el humo, la sangre y la historia.

El estruendo de las espadas retumbaba entre los patios. Gyeon-seok avanzaba entre los suyos, su armadura negra tachonada de plata reflejando las llamas. El casco de dragón cubría su rostro, pero sus ojos brillaban con una furia indomable.

El casco de dragón cubría su rostro, pero sus ojos brillaban con una furia indomable

-¡No más mentiras! -rugió, alzando su espada ensangrentada.

-¡Esta noche la verdad será escrita con sangre!

Y entonces, como si el destino respondiera, apareció Andheon. Aún cubierto de hollín, con la túnica real chamuscada por el incendio que acababa de sofocar con sus propias manos, emergió entre el humo. Avanzó a pie, con paso firme y el cabello desordenado por el calor y la tensión. En su brazo aún llevaba los restos del pañuelo con el que había protegido al infante. Su espada, aún envainada, colgaba de su costado.

-¡Gyeon-seok! ¡Detente! -gritó con la voz quebrada por el humo.

-¡No sabía lo que la Reina Madre había hecho... ¡No lo supe! Pero esto no es justicia.

Gyeon-seok desmontó. El suelo tembló cuando sus botas pisaron las piedras ardientes del patio. Sus hombres comenzaron a rodear el área, pero él levantó una mano para detenerlos.

-¡Tú lo llamabas "madre"! -espetó.

-¡Esa mujer envenenó a la mía, la consorte Suk-won Seol-hwa, para quitarla del camino! ¡A mí me crió como un peón, como una marioneta que nunca supo la verdad!

Andheon bajó la mirada por un momento. El rugido de los soldados continuaba a lo lejos, pero en ese instante solo existían ellos dos.

-Pudiste buscar otra forma... -susurró.

-¡No! -bramó Gyeon-seok, su voz se quebraba entre rabia y dolor.

-¡Todo ya colapsó! Esta noche... esta noche el palacio se teñirá de rojo.

Ambos desenvainaron sus espadas.

El choque de acero contra acero fue brutal. No era solo un combate por el poder, sino por los años robados, por las verdades ocultas, por las heridas que nunca cicatrizaron. Cada estocada traía consigo una acusación, un grito contenido, una lágrima no derramada.

Mientras tanto, lejos del campo de batalla, en una de las residencias exteriores de Gyeon-seok, el investigador real forzaba las puertas junto a sus hombres. Allí, en una habitación sin luz, Seo-ra resistía con las últimas fuerzas que le quedaban. Su vestido estaba rasgado, su cabello enmarañado, pero sus ojos seguían encendidos.

-¡Princesa consorte, venga con nosotros! -gritó el investigador.

Sin dudarlo, Seo-ra corrió tras ellos, aferrándose a la esperanza de llegar a tiempo.

De regreso en el palacio, el combate alcanzaba su punto más sangriento. Andheon logró ejecutar un giro inesperado con su espada, hiriendo a su hermano con un corte profundo en el costado. Gyeon-seok se tambaleó, jadeando con dificultad.

Entonces, una voz rompió el estruendo del caos:

-¡¡Gyeon-seok!!

El nombre resonó como un trueno. Él alzó la vista.

Seo-ra.

Corría entre los escombros, esquivando flechas, ignorando a los soldados que intentaban detenerla.

-¡Mama Seo-ra! ¡Por favor, deténgase! ¡Es peligroso! -le suplicaban.

Pero ella no los escuchaba. Solo veía a su esposo, tambaleante, la sangre empapando su armadura.

Gyeon-seok intentó sonreír. Dio un paso hacia ella.

Y entonces, tres flechas silbaron en el aire.

Dos se clavaron en su espalda. La tercera atravesó su hombro. El impacto lo arrojó hacia adelante.

El impacto lo arrojó hacia adelante

-¡No! -gritó Seo-ra.

Corrió hasta él, lo atrapó antes de que tocara el suelo, y lo sostuvo contra su pecho, acunándolo como si el tiempo pudiera revertirse si solo lo abrazaba lo suficiente.

Gyeon-seok sangraba por la boca. Tosió, y parte de esa sangre manchó el rostro de Seo-ra, pero ella no apartó la mirada.

-Seo... ra... -susurró él.

-Perdóname.

-No hables -suplicó ella, llorando.

-Aún no es tarde. Podemos huir. Podemos ser una familia feliz con Do-hyun. Todo esto... todo puede quedar atrás.

Gyeon-seok negó con la cabeza. Con mano temblorosa, sacó de su cuello un pequeño colgante de jade, el mismo que había pertenecido a su madre, la consorte Seol-hwa.

-Llévalo a Bin... -dijo con su último aliento.

-Haz justicia... por mi madre...

Y con el último hilo de vida, alzó la mirada. Sus ojos buscaron los de Seo-ra por última vez.

-Gracias... por... dejarme... verte una vez más...

Y entonces, su cuerpo se relajó. El peso de su muerte cayó con un silencio más profundo que cualquier estruendo de guerra.

Seo-ra lo sostuvo, abrazándolo, con las lágrimas cayendo sobre su rostro sin vida. Nadie se atrevió a interrumpir ese instante.

La noche ardía.
Y con ella, una era comenzaba a apagarse



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Editado: 31.01.2026

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