El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 37: El eco del jade

El humo aún se alzaba como espectros del pasado reciente, suspendido en el aire denso del palacio parcialmente reducido a ruinas. Las antorchas, pese a la tragedia, seguían ardiendo como centinelas de una noche que no terminaba de morir. Y entonces apareció él.

Lee Andheon cruzó las puertas del palacio con el pequeño Ha-jin dormido entre sus brazos. Su túnica estaba manchada de ceniza y sangre, su semblante más envejecido por el dolor que por los años. Caminaba entre los restos de una noche que quiso arrebatarles todo, y sin embargo, aún sostenía vida. La vida de su hijo.

Bin lo vio primero. Sus pasos se detuvieron de golpe, el aire se le atoró en el pecho. Corrió hacia ellos, sin pensar, sin palabras. Lo miró. Miró al bebé. Y tembló. Pero no se quebró. No esta vez.

-¿Está bien? -susurró, apenas un aliento.

Andheon asintió con la mirada.

-Gracias a ti... está vivo.

Ella lo sostuvo contra su pecho. El bebé respiraba con calma, ajeno al caos, como un pequeño milagro en medio del desastre. Y cuando sus ojos se encontraron de nuevo, no hubo palabras. No hacían falta. El reencuentro no era de dos amantes, sino de dos sobrevivientes.

Horas más tarde, en una cámara resguardada por el silencio y la desconfianza, Bin y Seo-ra se encontraron nuevamente. En las manos de Seo-ra brillaba un colgante de jade: el mismo que, entre los últimos espasmos de vida, Gyeon-seok había depositado en su mano, como una súplica. Ella lo extendió sin palabras, y Bin lo tomó como si recibiera una verdad largamente esperada.

En ese mismo espacio, protegidas por muros de piedra y secretos, Bin desató las cintas ocultas de su cofre. Sacó un objeto envuelto en una tela antigua: el diario de Seol-hwa. Había permanecido resguardado entre sus pertenencias durante mucho tiempo, oculto de ojos codiciosos. Allí, entre páginas descoloridas, la voz de una madre olvidada hablaba de un temor antiguo. Su hijo, Gyeon-seok, había sido visto como una amenaza desde el momento en que abrió los ojos al mundo. La Reina Madre había tejido su condena, utilizando a Lord Yun Gyu-sang como instrumento, manipulando a Gyeon-seok como peón. Todo, desde el principio, había sido calculado.

-No quiero coronas -dijo Seo-ra, su voz clara como el acero-. Solo que no herede mentiras.

Bin la miró. El corazón, endurecido por tantas traiciones, encontró en aquellas palabras una promesa inesperada.

-Entonces tú y yo abriremos las puertas que otros cerraron.

Entre sus manos, el colgante de jade ardía con el peso de lo que representaba. Justicia, finalmente, parecía tener una forma.

Cuando por fin estuvieron a solas, Andheon y Bin compartieron un momento silencioso. Él depositó al pequeño Ha-jin en sus brazos como si entregara su alma entera.

-Pensé que lo había perdido... a los dos -dijo ella, con un nudo en la garganta.

-Él me trajo de vuelta -contestó Andheon, acariciando la cabeza del bebé-. Los dos lo hicieron.

Sus manos se rozaron. No fue una caricia romántica, sino una tregua. Una promesa renovada.

La mañana siguiente llegó como un vendaval contenido. En el gran salón de audiencias, los ministros se reunieron con rostros tensos. La Reina Madre se sentaba altiva, con Jun-su a su lado, como si su sola presencia bastara para mantener el poder. La Reina Viuda y Sug-won Na-gyeong estaban también presentes, cada una cargando su propio veneno.

Se discutía el pasado como si aún pudiera enterrarse. Pero entonces, la voz de Sug-won se alzó como una flecha:

-¿No fue la madre del príncipe Gyeon envenenada por orden de alguien en esta sala?

El murmullo se extinguió de inmediato. Las puertas del salón se abrieron sin anuncio.

Bin y Seo-ra entraron con la frente en alto, como guerreras en una batalla sagrada. Bin levantó el diario con una firmeza que solo da el dolor transformado en convicción.

-Ella escribió su final con la certeza de que nadie la protegería -dijo, dejando caer el colgante sobre la mesa central.

Abrió el diario. Las palabras de Seol-hwa, leídas por la voz de Bin, llenaron la sala:

-"Si mi hijo vive, no tendrá madre. Pero tal vez tenga futuro."

La Reina Madre se levantó como impulsada por un demonio. Caminó hacia Bin, le arrebató el diario y lo rompió en pedazos. Luego, la abofeteó con un grito de furia.

-¡Tú, arrogante mujer! ¡Siempre metiendo tus manos donde no te pertenece!

Pero no se detuvo allí. Con el rostro rojo por la rabia, soltó el golpe más cruel de todos:

-¿Y qué dirá tu hijo, Andheon, cuando sepa que su propio padre condenó a su madre a beber veneno?

-¿Y qué dirá tu hijo, Andheon, cuando sepa que su propio padre condenó a su madre a beber veneno?

-¡La Reina Ma-gyeong! ¡Tu esposa! ¡Mi nuera! ¡Esa mujer murió por tu decreto!

El pequeño Jun-su alzó la mirada, confundido. La Reina Viuda susurró desde su rincón:

-Qué conveniente olvida sus pecados...

Andheon no titubeó. Se levantó, erguido como un rey, con la voz firme como un veredicto:

-La Reina Ma-gyeong intentó asesinar a Bin adulterando su medicina. Envenenó lentamente a mi padre, el Rey. Culpó a una inocente.

Su mirada se clavó en la Reina Madre.

-Yo no la maté, madre. La justicia lo hizo.

Dio un paso al frente.

-Y tú... tú usaste a un niño como escudo político. Ya no criarás a Jun-su.

El silencio fue sepulcral. Todos los ojos se dirigieron hacia la Reina Madre, que palideció al instante.

-Desde hoy, por orden de la Corona, serás confinada a tus aposentos de por vida. Nadie más pagará tus pecados.

Se volvió hacia los ministros.



#974 en Otros
#203 en Novela histórica
#3103 en Novela romántica

En el texto hay: romancehistorico, corea, joseon

Editado: 31.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.