El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 38: Promesas y Cicatrices

El entierro del príncipe Gyeon se llevó a cabo al amanecer, entre los suspiros mudos de los árboles y el crujido de la tierra removida. No hubo banderas ni cánticos ni asistentes en masa. Solo el canto de los pájaros rezagados y la bruma que se negaba a disiparse del claro de los cerezos, como si el cielo mismo vacilara entre llorar o guardar silencio.

Bin fue quien pidió que se realizara allí, donde la primavera florecía con obstinación. Quería que Gyeon descansara entre flores, lejos del eco de los errores que otros escribieron por él. Seong-min cargó uno de los extremos del ataúd sin pronunciar palabra. Andheon, con el rostro demacrado por la falta de sueño, observaba desde el centro del claro, de pie, sin lágrimas, pero con la garganta cerrada por el peso de las decisiones que marcaron su sangre.

Cuando la última pala de tierra cubrió el féretro, Andheon dio un paso al frente. Su voz, ronca pero firme, rompió el aire denso.

-Nacimos para compartir la sangre, no para derramarla entre nosotros. Que esta tumba sea la última herida.

Nadie respondió. No hacía falta. El viento se llevó sus palabras como si el bosque mismo quisiera memorizarlas.

La Reina Madre no estuvo presente. Encerrada de por vida en sus aposentos, su condena no era la muerte, sino el olvido. Solo saldría cuando su corazón dejara de latir. Y ese día, el palacio no lloraría por ella.

La caída de Gyeon y de su madre trajo consigo un inesperado alivio. Las especulaciones sobre el linaje de Han Ye-rim, la prometida del príncipe Seong-min, se disiparon gracias al informe secreto que su madre, la consorte Da-hye, presentó ante el consejo. Documentos, testimonios, sellos: cada palabra verificaba la sangre noble de la joven y su lealtad al Reino.

Los ministros no dudaron. El compromiso suspendido fue restituido, y la fecha sería anunciada públicamente en una semana.

Pero Seong-min no pudo esperar.

Aquella noche, después de cenar con su madre, la consorte Da-hye lo llamó a solas. Él entró a su aposento con una sonrisa que ella ya reconocía desde niño: la de cuando tenía algo en el corazón.

-Madre... -dijo, bajando la voz-. ¿Tú te enamoraste del Rey? ¿De padre?

Da-hye lo observó con ternura, luego caminó hasta una cajita de madera y sacó un viejo prendedor con forma de mariposa. Lo sostuvo entre sus dedos, como si evocara un recuerdo.

-Sí, me enamoré. No fue un amor inmediato... pero fue real. Tu padre no era un hombre fácil. Pero tenía una forma de mirar cuando confiaba... y cuando tú naciste, entendí que no había mayor regalo que ese: haberte tenido de él.

Seong-min bajó la mirada.

-Entonces... ¿nunca deseaste más? ¿Ser reina?

Ella sonrió, pero no fue una sonrisa feliz.

-El palacio no está hecho para deseos. Está hecho para sacrificios. Yo no fui la reina, pero fui tu madre. Y eso me bastó.

Él la abrazó, y por un instante volvió a ser ese niño que se aferraba a su hanbok cuando tenía pesadillas. Luego, se despidió. Y esa misma noche, con un hanbok de erudito y el cabello recogido con discreción, salió del palacio sin título ni guardia, solo con el corazón latiendo como un tambor.

La casa de Han Ye-rim estaba envuelta en sombras suaves. Ella abrió la puerta, y al ver a un joven desconocido, alzó la ceja con desconfianza.

-¿Quién eres?

-Soy quien va a casarse contigo en la próxima luna.

-¿Y qué prueba tengo de eso? Podrías ser cualquier noble aburrido jugando a los romances.

Seong-min sonrió, y con una reverencia le contestó:

-Pídeme lo que quieras.

-La primera flor de loto que florezca en el lago del palacio. Tráemela en nuestra boda. Y entonces, creeré.

Él dio un paso hacia ella. Se inclinó. Le robó un beso rápido, leve como un suspiro.

-Entonces... espérame.

Y salió corriendo, riendo, mientras ella gritaba desde la puerta con las mejillas encendidas:

-¡Idiota! ¡Más te vale traer esa flor!

Pero no todo en el palacio era dulzura

Pero no todo en el palacio era dulzura.

Sug-won Na-gyeong irrumpió en los aposentos de la Reina Viuda, hecha una tormenta. Sus ojos llameaban.

-¡Ese trono era de Jin-su! ¡Mi hijo es el mayor! ¡Él es el legítimo heredero!

La Reina Viuda la miró con calma, como si enfrentara una brisa y no una tempestad.

-Si actúas ahora, serás la primera sospechosa. El palacio está sensible. Si el hijo de Bin muere, todos sabrán que fue por tus manos.

-Entonces lo haré yo misma. No me importa el castigo.

-Entonces caerás como cayó la Reina Madre. Y contigo, todo lo que amas.

Na-gyeong apretó los dientes y salió. Encontró a Andheon en los pasillos del ala real. Sin importarle los criados, lo enfrentó.

-¡Ese niño no debió ser el heredero! ¡Trajiste a mi hijo aquí solo para burlarte de él! ¡Para humillarme!

Andheon, con el peso de la corona aún reciente sobre su frente, la miró con frialdad.

-Cuidado con tu lengua, Na-gyeong. Hay palabras que se pagan con sangre. El reino sangra aún. Si no sabes callar, podrías enterrar a tu hijo tú misma.

Ella retrocedió. Pero el odio no desapareció. Solo cambió de forma.

Y el palacio de Joseon, que apenas comenzaba a sanar, volvió a temblar... aunque aún no lo sabía



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En el texto hay: romancehistorico, corea, joseon

Editado: 31.01.2026

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