El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 39: El veneno de la serpiente

La atmósfera en los aposentos de la consorte Na-gyeong se sentía densa, como si el aire estuviera cargado de viejos resentimientos. Jin-su permanecía de pie, con las manos entrelazadas al frente, la mirada baja, mientras su madre lo observaba desde el diván con una mezcla de frustración y desdén.

-Tu silencio me enferma -espetó ella finalmente, rompiendo la quietud.

-¿Cómo puedes quedarte tan tranquilo cuando han nombrado heredero al hijo de esa mujer muerta? ¿No entiendes que ese lugar te correspondía a ti, Jin-su?

Él levantó la vista con lentitud, sin enojo, pero con firmeza en sus palabras.

-No deseo el trono, madre. Me basta con estar cerca de mi padre y servir al reino desde donde pueda ser útil. La elección ya fue hecha y no quiero añadir más disputas a la corte.

Los ojos de Na-gyeong ardieron de rabia. Se levantó con brusquedad, se acercó a su hijo y le propinó una bofetada sonora que resonó en la estancia. Jin-su no respondió. Solo parpadeó, una sola vez, y tragó saliva.

-Eres un ingrato. No sabes todo lo que sacrifiqué por ti. Mi dignidad, mi vida... Todo por darte un nombre, por asegurarte un lugar. ¡Y así me lo pagas!

El joven se apartó lentamente, el rostro aún ardiendo, pero con los ojos enrojecidos por lágrimas contenidas.

-Lamento no ser el hijo que esperabas -musitó antes de girarse y salir apresurado del lugar.

El pasillo estaba silencioso, pero en su mente el eco de las palabras de su madre era ensordecedor. No miraba a nadie. No quería que nadie lo viera así, roto y vulnerable. Fue entonces cuando escuchó una voz suave, casi burlona, que le hizo detenerse.

-Un rostro tan bonito no debería estar tan triste. Le sienta mal el desconsuelo a los labios suaves, ¿no lo cree, erudito?

Jin-su alzó la mirada y se encontró con una joven que inclinaba apenas el rostro, con una sonrisa traviesa curvando sus labios. Llevaba un hanbok color lavanda y su cabello recogido con delicadeza. Era Kang Soo-yeon, la hija del Ministro de Asuntos del Estado.

Él no supo qué responder al principio, pero acabó por sonreír levemente.

-Tal vez usted no lo sepa, pero hay veces que uno carga con un peso tan grande... que ni siquiera el rostro más sereno puede sostenerlo.

Soo-yeon ladeó la cabeza con curiosidad.

-Comprendo más de lo que imagina. Ser la hija mayor de mi casa también conlleva expectativas. Muchas. A veces, demasiadas. Aunque claro... también tengo más libertad para hablar con eruditos guapos en los pasillos -dijo guiñándole un ojo.

La risa de Jin-su fue breve, suave, pero genuina. Por un instante, se sintió ligero. Una voz a lo lejos llamó a Soo-yeon, una de las damas de la corte.

-Debo irme -dijo ella apresurada, girando sobre sus talones.

-Pero me alegró ver que no todos los rostros lindos son arrogantes. Hasta pronto, Jin-su.

Él la observó alejarse, un leve rubor tiñendo sus mejillas.

Esa misma noche, bajo la luz de las lámparas de aceite, el rey Andheon caminaba lentamente junto a Bin en el jardín interno. El silencio entre ellos no era incómodo; era el tipo de silencio que ocurre entre quienes se conocen profundamente.

-Desde que todo esto comenzó -dijo él finalmente-, he enfrentado guerras, conspiraciones, traiciones. Y sin embargo... ninguna batalla ha sido tan importante para mí como la que enfrentamos juntos: la de cuidar este reino. Y a nuestra familia.

Ella lo miró, su expresión templada.

-Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido.

-Sí. Pero no quiero que solo seas la consorte a la que amo. Quiero que seas mi reina, la madre de mi hijo y la mujer que gobierne a mi lado. No solo porque lo mereces, sino porque el reino necesita tu corazón. ¿Aceptarías ser la reina, Bin?

El corazón de ella latió con fuerza. Dudó, por un instante. El peso de esa corona no era pequeño. Pero lo miró, y en sus ojos vio verdad, vio amor, y también necesidad.

-Sí. -Fue su respuesta.

-Sí, Andheon.

Él se inclinó y la besó, un beso profundo, lleno de ternura y deseo contenido. Sus labios se encontraron una y otra vez, y Bin se dejó llevar por el calor de su amor, por la certeza de que, aunque el mundo ardiera a su alrededor, él siempre sería su refugio. Esa noche, el amor se consumó entre caricias suaves y palabras susurradas que solo el alma podía comprender.

A la mañana siguiente, la noticia se difundió entre los ministros y las damas de la corte: la consorte Bin sería coronada reina en la próxima luna llena

A la mañana siguiente, la noticia se difundió entre los ministros y las damas de la corte: la consorte Bin sería coronada reina en la próxima luna llena. Algunos lo recibieron con aprobación. Otros, con un silencio cargado de tensión. Y en sus aposentos, Na-gyeong apretaba los puños hasta hacerse sangrar las palmas.

-Si no puedo tener un hijo en el trono, nadie más lo tendrá -murmuró con los ojos fijos en las sombras.

Esa noche, mientras la luna se alzaba alta y redonda sobre los tejados del palacio, un sirviente encapuchado ingresó al pabellón donde dormía el hijo de Bin y Andheon. La nodriza fue silenciada, y en cuestión de minutos, el niño desapareció.

El caos estalló. Gritos. Órdenes. Guardias corriendo en todas direcciones. Bin, con los cabellos sueltos y el rostro pálido, gritaba por su hijo, las lágrimas corriendo por sus mejillas sin control.

-¡Encuéntrenlo! ¡Encuentren a mi hijo!

Mientras tanto, cerca del lago principal, Seong-min deambulaba con una linterna. Había prometido a Ha Ye-rim que le daría una flor de loto en su boda, como símbolo de renacimiento y esperanza. No sabía que el destino le tenía preparado otro tipo de promesa.



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Editado: 31.01.2026

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