El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 40: El rugido en las sombras

El amanecer había bañado el palacio con una luz pálida, pero los ecos de la noche anterior persistían. El río calmado apenas reflejaba las sombras que se agitaban entre las paredes del reino. En los aposentos interiores, Seong-min reposaba sobre un futón, el torso vendado y una leve palidez en el rostro. Había salvado la vida de su sobrino, el príncipe Ha-jin, lanzándose al lago en plena noche, y las secuelas aún dolían.

La consorte Gwin-in Da-hye se sentó a su lado, vigilante, mientras le cambiaban las vendas. Sus dedos se entrelazaron con los de su hijo.

-No debiste lanzarte así -susurró, con voz temblorosa.

-Pero lo hice, y lo haría de nuevo. Es mi sobrino... y también el futuro de este reino.

Ella no respondió. Solo acarició su mejilla.

Momentos después, Andheon entró en la estancia, con su túnica real de luto y solemnidad. La mirada se suavizó al ver a su hermano.

-Te debo más de lo que podría expresar, Seong-min.

El joven, algo adormecido por las medicinas, alzó la voz con picardía:

-Y yo solo pido que mi madre no me encierre por desobediente.

Da-hye río brevemente.

-Siempre serás el sol que alegra mis días, hijo mío.

Luego, se volvió hacia Andheon y tomó su mano.

-Ahora que eres rey, protegerás este reino... pero también a quienes te aman. Aunque no sea tu madre biológica, siempre te veré como a un hijo. Aún recuerdo cuando eras pequeño y la Reina Madre te hacía memorizar los versos de Zhu Xi. Cada vez que fallabas... venías llorando a esconderte conmigo.

Andheon soltó una risa nostálgica y le apretó la mano.

-Y encontré consuelo... siempre en ti.

Desde el futón, Seong-min soltó una carcajada ronca:

-¡Ya basta de sentimentalismos! Madre, tú sabes que soy y siempre seré tu sol más brillante.

Todos rieron. Por un instante, el peso del reino se volvió más llevadero, y la familia, más fuerte.

En otro rincón del palacio, el investigador real observaba en silencio al sirviente capturado. El hombre estaba atado a una silla de madera, las muñecas enrojecidas por las sogas, y la frente perlada de sudor. Una vela solitaria parpadeaba sobre la mesa, proyectando sombras que se alargaban como garras en las paredes de piedra.

El investigador dio un paso al frente, su rostro oculto tras la penumbra.

-Habla. ¿Quién te envió? -demandó con voz baja, pero cortante.

El sirviente tragó saliva. Su labio inferior temblaba, y sus ojos buscaban algún rincón donde esconder la culpa.

-Yo... no sabía lo que llevaban... -comenzó, pero el investigador golpeó la mesa con el puño.

-¡No te pregunté eso! ¿Quién dio la orden?

El silencio se estiró como una cuerda tensa hasta que, al fin, el hombre soltó un susurro.

-La consorte Na-gyeong... ella dio la orden. Pero no fue idea suya. El plan vino de más alto. De alguien que se creía invencible.

Los ojos del investigador se entrecerraron.

-¿Quién?

El sirviente bajó la cabeza, murmurando con voz quebrada:

-El dragón mayor aún respira...

El investigador quedó inmóvil. Por un momento, solo el crepitar de la vela llenó el aire. Luego, con calma mortal, anotó cada palabra. No había más dudas. Ya no era solo una intuición. Era prueba.

El informe estaría listo al amanecer. La tormenta aún no había terminado.

Y mientras la tinta aún no se secaba sobre el pergamino... en otro rincón del palacio, el miedo ya se manifestaba en carne y hueso.

En los aposentos de Na-gyeong, ella se encontraba caminando como una fiera enjaulada. Las paredes, altas y decoradas con motivos de flores doradas, parecían cerrarse sobre ella como si cada pétalo bordado en los biombos la acusara en silencio. Su respiración era cada vez más corta, más agitada. Había escuchado rumores. Murmullos en los pasillos, miradas elusivas de las criadas. El cerco se estrechaba.

Su dama de confianza se acercó en silencio, pero incluso sus pasos medidos parecieron retumbar en la estancia.

-Mi señora... el investigador ha pedido revisar los registros del ala norte.

Na-gyeong se giró con furia, su voz estallando como un trueno:

-¡No! -gritó.

-¡Quemen los registros! ¡Ahora! ¡Que nadie sepa quién entró ni salió esa noche! ¡Quemen todo!

Sus manos temblaban. La copa que sostenía cayó al suelo, estrellándose en mil fragmentos que brillaron como cristales malditos bajo la luz de la lámpara. Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora estaban desorbitados. Se aferró al marco de una ventana, como si el aire pudiera darle refugio, pero ni siquiera eso le bastaba.

-¿Qué estás esperando? -gruñó a su dama.

-¡Muévete! ¡Antes de que vengan por mí!

La mujer vaciló, asustada. Na-gyeong sabía que incluso sus más fieles ahora dudaban. Sabía que el tiempo se agotaba. Tenía que hablar con la Reina Viuda. Tenía que trazar un último movimiento antes de que todo colapsara.

-Prepárame el palanquín. Iremos a verla ahora. Antes de que esta corona que nunca tuve se convierta en mi propia soga.

Y mientras una sombra corría en busca de alianzas perdidas, en los jardines del palacio florecía una calma inesperada. Como si el destino, caprichoso, tejiera consuelo y tempestad con la misma aguja.

Jin-su caminaba por los jardines, tratando de disipar la angustia en su pecho. No esperaba encontrarla allí, junto al estanque, sentada sobre un banco de piedra con una tela sobre las rodillas. Soo-yeon levantó la mirada y sonrió.

Ella alzó la mirada y sonrió de lado.

-Así que... Jin-su.

Él parpadeó.

-¿Cómo sabes mi nombre?

Ella se encogió de hombros.

-Las paredes del palacio hablan. Y yo sé escuchar.

Él río con suavidad.

-Al parecer, también sabes jugar con ventaja.

Ella se acercó y le entregó un pequeño pañuelo con un ave bordada.

-Para ti. Las aves también se pierden a veces... pero siempre encuentran su cielo.

Jin-su recibió el regalo como si fuera un tesoro.



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Editado: 31.01.2026

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