El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 41: La corona y su precio

El amanecer trajo consigo un silencio espeso. No era la calma de la paz, sino la tensa espera de una tormenta que por fin estallaba. Na-gyeong fue escoltada por la Guardia Real hasta el Salón del Dragón, donde el juicio la aguardaba. Sus pasos resonaban sobre el piso de piedra con la dignidad rota. Ya no llevaba los adornos de una consorte, solo un hanbok pálido, sencillo, como si con cada pliegue se deshiciera su antigua gloria.

Los ministros estaban presentes. El pueblo observaba desde las galerías altas. Y Andheon, el rey, se mantenía firme en el estrado real.

-Sug-won Na-gyeong , proclamó el ministro de justicia, has sido encontrada culpable de conspiración contra la corona, intento de asesinato contra el heredero, y desestabilización del orden imperial

-Sug-won Na-gyeong , proclamó el ministro de justicia, has sido encontrada culpable de conspiración contra la corona, intento de asesinato contra el heredero, y desestabilización del orden imperial. ¡Por mandato del rey, serás despojada de tu título y confinada de por vida!

Un murmullo recorrió la sala como un escalofrío. Na-gyeong no tembló. Pero sus ojos brillaban con una mezcla de furia, humillación y desesperación.

-¡Lo hice todo por mi hijo! ¡Todo fue por él!

Entonces, en un gesto tan rápido como fatal, extrajo el binyeo que sostenía su cabello y se lo clavó en el cuello con un alarido agudo. La sangre brotó a borbotones. Los guardias corrieron, pero ya era tarde.

-¡Madre! -Jin-su irrumpió en el salón, empujando a los soldados. Se arrojó a sus pies, sosteniéndola entre sus brazos.

Na-gyeong apenas logró enfocar sus ojos en él. Sonrió, débil, bañada en rojo.

-Perdóname... éramos tan cercanos cuando eras niño... solo quería darte un destino digno... pero me perdió la codicia... yo...

-No hables... por favor... -suplicó él, llorando sin consuelo.

-Prométeme que serás libre de esta sombra...

Su cuerpo cayó inerte. La sangre de Na-gyeong manchó el regazo de su hijo y el corazón de toda la corte.

La tragedia aún flotaba en los corredores del palacio cuando, esa noche, Bin recibió a Jin-su en la residencia real. Estaba pálido, tembloroso, con los ojos hinchados. Se inclinó sin decir palabra.

Ella se acercó y le tomó la mano.

-El corazón no se escoge. Pero lo que hagamos con él, sí. No eres culpable, Jin-su. Y aunque no seas hijo mío... lo serás siempre ante mis ojos. Tal como Jun-su.

Jin-su apretó los labios, conteniendo el nudo que le apretaba la garganta. Se sentó frente a ella, todavía tembloroso, y bajó la cabeza.

-Gracias -susurró-. Nunca pensé... que terminaría así. No con ella. Pensé que... tal vez cambiaría. Que volvería a ser la madre que me leía poemas cuando era niño.

Bin le sostuvo la mirada con dulzura y firmeza.

-El amor que nos dieron no desaparece por sus errores. Pero ahora tú decides si cargas con ellos... o los liberas.

Él tragó saliva, y una lágrima escapó, silenciosa.

-Ella... solo fue una pieza en un tablero. Pensé que yo significaba más para ella que el poder.

-Y lo significabas -respondió Bin, acariciándole la mano.

-Pero el poder ciega incluso al amor más profundo.

Jin-su cerró los ojos, respirando hondo. Luego los abrió, aún empañados, y asintió.

-Entonces no repetiré su camino.

-Y yo estaré aquí -dijo ella.

-No como tu madre... pero sí como alguien que eligió amarte.

Él se inclinó y la abrazó con fuerza. Por fin, dejando que todo lo que llevaba dentro saliera sin miedo.

Horas más tarde, Jang Wook fue anunciado. Bin lo recibió en los jardines interiores.

-Dama Consorte Bin -comenzó él con una reverencia sincera-, durante mucho tiempo permití que mis celos y mi protección hacia el rey me nublaran el juicio. La traté con desprecio... lo admito.

Ella lo observó, y asintió con calma.

-Tu herida no fue maldad. Fue miedo. Yo también sentí miedo, tantas veces... Pero si hay algo que aprendió este palacio, es que los errores no nos definen, sino lo que hacemos después.

-Gracias... por su clemencia. Si me lo permite, me gustaría empezar de nuevo. Como amigo.

Ella sonrió, aunque en su mirada aún titilaba una sombra de cautela.

-Acepto -respondió con suavidad.

-Pero no esperes que confíe de inmediato. Las heridas aquí... no sanan tan fácilmente.

Jang Wook inclinó la cabeza en señal de respeto, entendiendo que la verdadera reconciliación no nacería en un día, pero al menos, había dado el primer paso.

Y mientras el jardín volvía al silencio, más allá de sus muros otra conversación se gestaba , una que no buscaba reconciliación, sino una última jugada de poder.

Aún con el eco de los sucesos recientes, en sus aposentos, la Reina Viuda pidió hablar con el rey. Fue conducida al Salón de la Grulla.

-Has sacrificado demasiado -dijo ella, con frialdad

-Has sacrificado demasiado -dijo ella, con frialdad.

- A tu esposa, a tu corte... a tu madre.

-¡La Reina Ma-gyeong envenenó a mi padre! ¡Intentó matar a Bin! Y tú...

-Yo cuidé este reino cuando eras un niño -lo interrumpió con voz dura, apenas conteniendo la rabia-. Vi a tu padre debatirse entre el deber y el amor, entre los deseos del corazón y el peso de la corona. Y ahora tú, su hijo, haces lo mismo. Pero recuerda esto, Andheon: cada decisión que él tomó lo consumió lentamente, hasta que no quedó más que un cuerpo envenenado por su propia familia. Si eliges poner tu corazón por encima del trono... algún día perderás ambos. Y el reino, contigo.



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Editado: 31.01.2026

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