El cuerpo de Lord Yun Gyu-sang colgaba del centro del patio de justicia, suspendido en el aire con la dignidad perdida y la traición expuesta a la vista de todos. Fue una muerte pública, como lo había decretado el Rey Andheon. El anciano ministro, que durante décadas manejó los hilos del poder desde las sombras, se convirtió en la advertencia viva de lo que el nuevo reino ya no toleraría. Nadie lloró. Nadie se atrevió a cerrar sus ojos. Porque era necesario que todos miraran.
En la distancia, las campanas del palacio sonaban con una gravedad distinta, como si cada repique cerrara un ciclo de dolor. En el aire flotaba una quietud espesa, cargada de presagios. Las miradas, los susurros, los silencios... todo indicaba que la tormenta no había terminado. Solo había cambiado de rostro.
En sus aposentos, la Reina Viuda caminaba con lentitud, con los labios apretados y la espalda recta, pero su respiración traicionaba su temple. Hacía días que las criadas no le daban noticias claras. Sus informantes habían desaparecido uno a uno. Y aunque nadie se atrevía a decirlo en voz alta, sabía lo que se avecinaba. Las piezas habían caído. Solo quedaba ella.
El eco de pasos acompasados se aproximó a su puerta. Cuando la Guardia Real la encontró sentada, vestida con su hanbok ceremonial de tonos oscuros, sosteniendo una taza de té frío, no se inmutó.
-¡Majestad, está usted bajo la orden real de confinamiento indefinido por crímenes contra la corona! -anunció el capitán de la guardia.
-No necesito que me repitan mi destino -replicó la Reina Viuda con una calma feroz.
-Llevadme con mi nieto. No responderé a un decreto sin mirarlo a los ojos.
Fue conducida sin ataduras, escoltada por los corredores del palacio que una vez dominó. El Rey Andheon la esperaba en el Salón de la Grulla. Bin se encontraba a su lado, serena, sin emitir palabra. Las columnas del salón, vestidas de rojo imperial, parecían contener la respiración.
-Su Majestad -dijo la Reina Viuda al entrar, con voz firme.
-Así que esto es lo que queda del amor que te tuve.
-También lo tuvo mi padre. Y a él también lo traicionaste.
Ella alzó el mentón con dignidad.
-Tu padre se perdió entre el deber y el corazón. Se desangró en vida por intentar sostener ambos. Vi cómo cada decisión lo carcomía... hasta que el trono lo devoró. Y ahora tú, su hijo, repites sus pasos. Pero recuerda esto, Andheon: el trono no es para quienes dudan.
-No dudo. Elegí el corazón porque sin él, el trono no vale nada.
-Y algún día pagarás ese precio. Como lo pagó él. Como lo pago yo ahora.
Andheon la observó largo rato. Luego habló con voz contenida:
-Por los cargos de conspiración, tentativa de asesinato y corrupción en la corte, la Reina Viuda será confinada de por vida a sus aposentos. No se le permitirá contacto alguno con el exterior. No volverá a tener voz ni en el trono ni en el destino de mis hijos.
La sentencia fue pronunciada. Los ministros bajaron la cabeza. Bin no habló, pero en su rostro había una serenidad doliente. La Reina Viuda fue escoltada fuera, sin una palabra más.
Cuando regresó a sus habitaciones, el silencio la recibió como un manto mortuorio. Nadie la esperaba. Ni siquiera el eco de su antiguo poder. Se sentó frente al biombo con flores marchitas y contempló la taza que dejó a medio terminar. Su pecho comenzó a oprimirle lentamente. Primero fue un ardor, luego un espasmo. Intentó tomar aire, pero no llegaba. Las manos le temblaron. El rostro se le contrajo. Intentó gritar, pero solo salió un gemido ahogado.
Cayó sobre las esterillas de seda, derribando un jarrón. Una criada corrió a socorrerla, pero ya no había nada que hacer. El corazón de la Reina Viuda, devorado por los años y las intrigas, se apagó sin ceremonia.
Una hora más tarde, la noticia llegó al trono. No hubo celebración. Solo un gesto de Andheon, cerrando los ojos por un instante. El ciclo había terminado.
La sombra más antigua del reino se había caído sola.