El cielo de Joseon parecía contener el aliento. La noche, despejada y fresca, se extendía sobre los pabellones del palacio como un presagio silente. Las estrellas titilaban con una luz serena, como si se inclinaran ante lo que estaba por suceder. Dentro del Palacio de la Grulla, las antorchas parpadeaban con suavidad, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de papel. Todo parecía en paz... pero bajo esa calma, el corazón de la corte latía con una expectación ardiente.
Bin estaba sentada frente al espejo de su pabellón privado. Su cabello caía como una cascada de obsidiana sobre sus hombros desnudos, y entre sus manos, sostenía una cinta de seda color crema, el símbolo de su próximo nombramiento. El reflejo le devolvía una imagen que no lograba reconocer del todo. No era la joven que llegó al palacio con los pies temblorosos y el corazón desbordado. Tampoco era solo la madre del pequeño Ha-jin. Estaba a punto de ser Reina de Joseon.
La puerta corrediza se deslizó con suavidad. Andheon apareció en silencio, ya sin la túnica real, solo con una vestimenta de lino azul profundo que dejaba ver la tensión que aún le recorría el cuerpo. La observó sin palabras por unos instantes, como si necesitara grabar esa imagen en su alma.
-¿No puedes dormir? -preguntó finalmente, su voz más baja que un suspiro.
Bin no respondió de inmediato. Solo acarició la cinta con los dedos, como si temiera que, al hablar, el momento se deshiciera.
-Tengo miedo -admitió al fin.
-No de la corona... sino de lo que puede hacerme.
Andheon se acercó, y sin pedir permiso, se arrodilló detrás de ella. Tomó la cinta de sus manos con delicadeza y comenzó a anudarla alrededor de su cintura.
-Mañana, serás mi reina -le dijo al oído.
-Pero fuiste mi fuerza mucho antes de que llevaras ese nombre.
Ella giró ligeramente, sus ojos brillando con una mezcla de temor y deseo.
-¿Y si fallo? ¿Si no soy suficiente para ti... para el reino?
Andheon alzó su rostro con ambas manos, mirándola como si el mundo entero estuviera contenido en su mirada.
-Si tú caes, yo caeré contigo. Si tú dudas, yo seré tu certeza. No hay trono sin ti. No hay Joseon sin tu luz.
Se besaron con ternura, pero en ese beso se deslizó una pasión profunda, madura, que brotaba del amor forjado a través del dolor. Y como si las palabras fueran ya innecesarias, la llevó con suavidad al futón extendido en el suelo. Las telas cayeron al ritmo de los suspiros, y bajo la luna que colgaba como un farol silencioso, los cuerpos se entrelazaron como si por fin pudieran respirar en el mismo latido. Fue una entrega pausada, sin urgencias, como si quisieran tatuarse mutuamente en la piel antes del amanecer.
Horas más tarde, cuando ella dormía envuelta en sus brazos, él la observó en silencio. Su corazón, por primera vez en mucho tiempo, no cargaba con espinas. Solo con promesas.
Al otro día, ya con los rayos del sol filtrándose por las celosías, la puerta del pabellón se abrió con un golpecito suave.
-Bin-mama -susurró una voz joven.
Era Jin-su, vestido con un hanbok azul marino decorado con finos detalles en dorado, propio de su estatus como hijo del rey. A su lado, Seong-min, también con un hanbok de tonos verdes con detalles plateados, símbolo de su linaje como príncipe y hermano del soberano, sonreía con una flor en la mano, tan relajado como siempre, rompiendo la solemnidad con su alegría contagiosa.
-Hemos venido a darle un presente -anunció con solemnidad forzada.
Bin, aún arreglándose el cabello, alzó la vista sorprendida.
-¿Y cuál es ese regalo tan inesperado?
-Mi obediencia -dijo Jin-su, haciendo una leve reverencia.
-Y este pequeño presente que espero reciba con cariño. No tengo grandes palabras, pero sí un sincero agradecimiento por no haberme apartado.
Se acercó con paso tímido y le entregó una pequeña caja de madera laqueada. Dentro, descansaba un peine tallado en marfil con un pequeño símbolo de loto grabado.
-Es para la futura Reina de Joseon -dijo con voz firme, aunque su mirada titilaba de emoción contenida.
-Como símbolo de respeto... y de un nuevo comienzo.
Bin lo miró con dulzura, sus ojos humedecidos.
-¿Gracias... por qué?
-Por no rechazarme. Por no mirarme con los ojos con los que todos esperaban que me miraras. Pensé que el poder cambiaría a mi madre. Que regresar al palacio traería paz... pero solo fui un peón más en un tablero lleno de codicia. Creí que lo hacía por mí, pero solo me perdí más.
Se aferró a ella, como un joven que aún cargaba con la herida abierta de una pérdida imposible de sanar. Aunque sus hombros comenzaban a reflejar la madurez de un príncipe en formación, su corazón seguía necesitando consuelo. Bin lo abrazó con fuerza, y susurró con ternura:
-Tú no elegiste la sombra que te envolvía... pero puedes elegir la luz que seguirás. No estás solo, Jin-su. No mientras yo viva.
Él asintió contra su hombro, y por primera vez en mucho tiempo, lloró sin vergüenza alguna.
Bin se acercó, lo tomó de las mejillas y lo besó en la frente.
-Tú no me debes nada. El amor no se gana con culpas. Y yo te amo como a mi propio hijo.
Seong-min carraspeó detrás, extendiendo la flor.
-Y yo le traigo esta camelia blanca -anunció con teatralidad.
-No es del lago principal, claro, porque allí casi dejo mi alma... pero esta floreció en los jardines del ala este. Dicen que resiste incluso los inviernos más crueles. Me pareció apropiada para usted.
Todos rieron. Hasta Jin-su esbozó una sonrisa.
-Tu heroísmo aún está en los labios de cada doncella del palacio -se burló Jin-su.
-¡Y en sus ojos también! -respondió Seong-min, guiñando con descaro.
-¿Sabes cuántas han dejado dulces en mi ventana desde que salvé al bebé? Ya perdí la cuenta. Me temo que tendré que pedirte que las espantes por mí, madre -añadió, justo cuando la consorte Gwin-in Da-hye entraba con una sonrisa divertida.