El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 45: Una novia en el jardín imperial

La noticia de la próxima boda del príncipe Seong-min se extendió como una brisa fresca por todo el palacio. No solo por ser una celebración largamente esperada, sino porque, tras la tormenta que había sacudido a la corte, esta unión traía consigo un aire de renovación.

Han Ye-rim llegó al palacio en la mañana, precedida por un discreto séquito. Sus ojos curiosos miraban todo con mezcla de asombro y nerviosismo. Aunque había pasado el Gantaek, la etiqueta real seguía siendo un mundo misterioso y un poco abrumador para ella. Apenas cruzó la galería de entrada, una dama de la corte se inclinó con delicadeza.

-La Reina la espera en la sala de té del ala este.

Ye-rim tragó saliva y siguió el camino indicado. Frente a ella, la figura majestuosa de la Reina Yeon-hwa, vestida con un hanbok celeste con bordados florales, parecía una pintura viviente. Se inclinó con respeto, pero al agachar la cabeza soltó, sin poder evitarlo:

-¡Tantos pasos, reverencias y saludos! Si esto es solo para tomar té... no sé si sobreviviré a la boda.

Un silencio absoluto invadió la sala. Pero entonces, un leve suspiro escapó de los labios de la Reina. ¿Una risa contenida?

-Tendrás tiempo para acostumbrarte -dijo Yeon-hwa con una sonrisa apenas perceptible-. Pero me agrada tu sinceridad, Ye-rim. La franqueza puede ser un tesoro... cuando se guarda con respeto.

Ye-rim se sonrojó.

-Lo intentaré, Su Majestad.

Mientras la Reina Yeon-hwa se retiraba hacia sus aposentos, una figura elegante aguardaba en el corredor contiguo. Era Gwin-in Da-hye, madre del príncipe Seong-min. Llevaba un hanbok de tonos perla y lavanda, sencillo pero impecable. Sus ojos, normalmente vivaces, hoy parecían templados con una ternura que Ye-rim no había visto antes.

-¿Puedo caminar contigo un momento, Ye-rim? -preguntó suavemente.

La joven asintió, algo nerviosa. Ambas caminaron por el corredor que bordeaba el jardín interior, donde las peonías comenzaban a abrirse.

-Has causado buena impresión en la Reina -dijo Da-hye con una sonrisa serena-. Y eso no es poca cosa. No te mentiré... al principio dudé mucho de esta unión. No por ti, sino por todo lo que rodea al palacio.

Ye-rim bajó la mirada, sintiendo una punzada de inseguridad.

-Soy torpe con los modales, mi señora. Y a veces siento que este lugar es más grande que mis pasos...

Da-hye la tomó del brazo con delicadeza.

-No nací sabiendo cómo moverme en este mundo, Ye-rim. Tampoco la Reina. Ni siquiera Seong-min. Pero este lugar... se moldea con quienes lo habitan. No se trata solo de saber inclinarse a tiempo o recitar versos de Confucio -dijo con una sonrisa cómplice-. Se trata de cuidar. De proteger.

Se detuvieron junto a una jardinera, donde una mariposa se posaba sobre una flor blanca.

-Mi hijo sonríe más desde que tú estás aquí -añadió-. Y tú... tienes un corazón libre. No lo encierres por temor. Guíalo con gentileza. Y cuando te equivoques, ríe. Que no todo aquí debe ser solemnidad.

Ye-rim sintió que algo se aligeraba en su pecho. Por primera vez, en medio del peso de los protocolos, encontró una complicidad inesperada.

-Gracias, mi señora... de verdad.

Da-hye la miró con dulzura.

-Y una última cosa... cuando Seong-min se ponga insoportable -añadió con picardía-, solo hazle cosquillas detrás de la oreja izquierda. Desde niño, siempre ha sido su punto débil.

Ambas rieron, aliviando el aire. Por fin, el palacio comenzaba a sentirse un poco más como hogar.

Después de la audiencia, Ye-rim decidió caminar un poco por los jardines para despejarse. Sin darse cuenta, se desvió del camino principal y terminó entre los senderos florales del ala sur. Justo cuando estaba por perderse por completo, una voz melodiosa la detuvo.

-¿También huyes de los libros de etiqueta?

Ye-rim volteó y encontró a una joven de rostro dulce, con ojos pícaros. Era Kang Soo-yeon.

-¿Estoy tan obvia? -preguntó Ye-rim con una risa nerviosa.

-Digamos que yo también estuve ahí -respondió Soo-yeon-. Pero te daré un consejo: en este palacio, si sobrevives a las reverencias, los suspiros se encargan del resto. Ven, te acompaño. La salida está por aquí.

Mientras caminaban, conversaron con naturalidad. Soo-yeon le habló de sus estudios, de su afición por la caligrafía... y de un joven erudito que la tenía suspirando más de la cuenta.

-No sé cómo se metió en mi cabeza -dijo con dramatismo fingido-. ¡Solo le di un pañuelo y ahora siento que le di el corazón!

Ye-rim soltó una carcajada.

-Entonces estamos iguales... yo aún no sé cómo llamar a Seong-min sin ruborizarme.

La amistad nacía como una flor en primavera.

Y mientras esas primeras risas tejían nuevos lazos entre futuras damas de la corte, en otro rincón del palacio, los pasos de alguien aceleraban con una emoción distinta.

Esa tarde, Seong-min corría por el jardín trasero con una caja pequeña entre las manos.

-¿Dónde está? -murmuraba-. Me dijeron que ya había llegado...

Había guardado la flor de loto seca, cuidadosamente envuelta, desde aquel día que la rescató con Jin-su del lago. No la daría hasta el día de la boda, pero verla de nuevo lo impacientaba como un niño.

Esa noche, mientras el palacio comenzaba a prepararse para la ceremonia nupcial, los pabellones fueron iluminados con linternas de papel, las cocinas se llenaron de aromas festivos y la corte murmuraba con entusiasmo. En los aposentos del ala norte, Ye-rim era preparada con delicadeza.

Vestía el hwarot, el hanbok ceremonial de novia, en tonos rojos y amarillos con bordados de dragones y fénix



#974 en Otros
#203 en Novela histórica
#3103 en Novela romántica

En el texto hay: romancehistorico, corea, joseon

Editado: 31.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.