La noticia de la próxima boda del príncipe Seong-min se extendió como una brisa fresca por todo el palacio. No solo por ser una celebración largamente esperada, sino porque, tras la tormenta que había sacudido a la corte, esta unión traía consigo un aire de renovación.
Han Ye-rim llegó al palacio en la mañana, precedida por un discreto séquito. Sus ojos curiosos miraban todo con mezcla de asombro y nerviosismo. Aunque había pasado el Gantaek, la etiqueta real seguía siendo un mundo misterioso y un poco abrumador para ella. Apenas cruzó la galería de entrada, una dama de la corte se inclinó con delicadeza.
-La Reina la espera en la sala de té del ala este.
Ye-rim tragó saliva y siguió el camino indicado. Frente a ella, la figura majestuosa de la Reina Yeon-hwa, vestida con un hanbok celeste con bordados florales, parecía una pintura viviente. Se inclinó con respeto, pero al agachar la cabeza soltó, sin poder evitarlo:
-¡Tantos pasos, reverencias y saludos! Si esto es solo para tomar té... no sé si sobreviviré a la boda.
Un silencio absoluto invadió la sala. Pero entonces, un leve suspiro escapó de los labios de la Reina. ¿Una risa contenida?
-Tendrás tiempo para acostumbrarte -dijo Yeon-hwa con una sonrisa apenas perceptible-. Pero me agrada tu sinceridad, Ye-rim. La franqueza puede ser un tesoro... cuando se guarda con respeto.
Ye-rim se sonrojó.
-Lo intentaré, Su Majestad.
Mientras la Reina Yeon-hwa se retiraba hacia sus aposentos, una figura elegante aguardaba en el corredor contiguo. Era Gwin-in Da-hye, madre del príncipe Seong-min. Llevaba un hanbok de tonos perla y lavanda, sencillo pero impecable. Sus ojos, normalmente vivaces, hoy parecían templados con una ternura que Ye-rim no había visto antes.
-¿Puedo caminar contigo un momento, Ye-rim? -preguntó suavemente.
La joven asintió, algo nerviosa. Ambas caminaron por el corredor que bordeaba el jardín interior, donde las peonías comenzaban a abrirse.
-Has causado buena impresión en la Reina -dijo Da-hye con una sonrisa serena-. Y eso no es poca cosa. No te mentiré... al principio dudé mucho de esta unión. No por ti, sino por todo lo que rodea al palacio.
Ye-rim bajó la mirada, sintiendo una punzada de inseguridad.
-Soy torpe con los modales, mi señora. Y a veces siento que este lugar es más grande que mis pasos...
Da-hye la tomó del brazo con delicadeza.
-No nací sabiendo cómo moverme en este mundo, Ye-rim. Tampoco la Reina. Ni siquiera Seong-min. Pero este lugar... se moldea con quienes lo habitan. No se trata solo de saber inclinarse a tiempo o recitar versos de Confucio -dijo con una sonrisa cómplice-. Se trata de cuidar. De proteger.
Se detuvieron junto a una jardinera, donde una mariposa se posaba sobre una flor blanca.
-Mi hijo sonríe más desde que tú estás aquí -añadió-. Y tú... tienes un corazón libre. No lo encierres por temor. Guíalo con gentileza. Y cuando te equivoques, ríe. Que no todo aquí debe ser solemnidad.
Ye-rim sintió que algo se aligeraba en su pecho. Por primera vez, en medio del peso de los protocolos, encontró una complicidad inesperada.
-Gracias, mi señora... de verdad.
Da-hye la miró con dulzura.
-Y una última cosa... cuando Seong-min se ponga insoportable -añadió con picardía-, solo hazle cosquillas detrás de la oreja izquierda. Desde niño, siempre ha sido su punto débil.
Ambas rieron, aliviando el aire. Por fin, el palacio comenzaba a sentirse un poco más como hogar.
Después de la audiencia, Ye-rim decidió caminar un poco por los jardines para despejarse. Sin darse cuenta, se desvió del camino principal y terminó entre los senderos florales del ala sur. Justo cuando estaba por perderse por completo, una voz melodiosa la detuvo.
-¿También huyes de los libros de etiqueta?
Ye-rim volteó y encontró a una joven de rostro dulce, con ojos pícaros. Era Kang Soo-yeon.
-¿Estoy tan obvia? -preguntó Ye-rim con una risa nerviosa.
-Digamos que yo también estuve ahí -respondió Soo-yeon-. Pero te daré un consejo: en este palacio, si sobrevives a las reverencias, los suspiros se encargan del resto. Ven, te acompaño. La salida está por aquí.
Mientras caminaban, conversaron con naturalidad. Soo-yeon le habló de sus estudios, de su afición por la caligrafía... y de un joven erudito que la tenía suspirando más de la cuenta.
-No sé cómo se metió en mi cabeza -dijo con dramatismo fingido-. ¡Solo le di un pañuelo y ahora siento que le di el corazón!
Ye-rim soltó una carcajada.
-Entonces estamos iguales... yo aún no sé cómo llamar a Seong-min sin ruborizarme.
La amistad nacía como una flor en primavera.
Y mientras esas primeras risas tejían nuevos lazos entre futuras damas de la corte, en otro rincón del palacio, los pasos de alguien aceleraban con una emoción distinta.
Esa tarde, Seong-min corría por el jardín trasero con una caja pequeña entre las manos.
-¿Dónde está? -murmuraba-. Me dijeron que ya había llegado...
Había guardado la flor de loto seca, cuidadosamente envuelta, desde aquel día que la rescató con Jin-su del lago. No la daría hasta el día de la boda, pero verla de nuevo lo impacientaba como un niño.
Esa noche, mientras el palacio comenzaba a prepararse para la ceremonia nupcial, los pabellones fueron iluminados con linternas de papel, las cocinas se llenaron de aromas festivos y la corte murmuraba con entusiasmo. En los aposentos del ala norte, Ye-rim era preparada con delicadeza.