El Emperador y la Concubina del Tercer Eclipse

Capítulo 46: Bajo el cielo eterno de Joseon

El sol se alzaba tibio sobre el Palacio Imperial, deslizándose entre los aleros curvos como si acariciara el tejado con ternura. Las campanas del templo resonaban a lo lejos, lentas, profundas, como una bendición. Joseon despertaba envuelta en quietud y armonía.

Desde el pabellón del loto, la Reina Yeon-hwa observaba el jardín central con una taza de té en las manos. A sus pies, el pequeño Ha-jin gateaba con determinación mientras Jun-su corría a su alrededor riendo, intentando atraparlo en un juego improvisado.

-¡Su Majestad! -dijo la dama Oh, entrando con pasos suaves y rostro encendido.

-Por poco el príncipe menor termina dentro del estanque. Jun-su, ¿qué dijimos de perseguir al pequeño Ha-jin cuando está cerca del agua?

-¡Pero él empezó! -se quejó el niño, aunque en sus ojos solo había alegría.

Yeon-hwa sonrió. En ese instante no era reina, ni consorte, ni protectora de ningún reino. Solo era madre. Y el mundo era perfecto.

El tiempo, como las estaciones de Joseon, seguía su curso sin esperar a nadie. Mientras en un rincón del palacio los lazos del amor florecían, en otro, los primeros pasos hacia el deber y el futuro comenzaban a resonar con firmeza.

En los establos, Jin-su, ya con dieciocho años, ajustaba las cinchas de su caballo para su primer viaje como emisario real. Su porte era seguro, su hanbok impecable, con los colores de su linaje y su futuro.

Desde la sombra de una columna, Kang Soo-yeon apareció. En las manos llevaba un pequeño paquete.

-No lo abras hasta que estés lejos -le dijo, con una sonrisa cómplice.

-¿Debo temerlo?

-Solo si tienes miedo de enamorarte más.

Él bajó la vista, le tomó la mano con suavidad y la besó sobre los dedos.

-Volveré antes de que florezcan los ciruelos. Lo prometo.

Ella le tendió un pañuelo nuevo, esta vez bordado con dos aves enfrentadas volando entre nubes.

-Para que recuerdes que eres libre... pero también mío.

Él no dijo nada. Solo la miró como quien ya no tiene palabras, porque el corazón late demasiado alto.

Y mientras el amor tomaba nuevas formas en los rincones más brillantes del palacio, otras historias se tejían en silencio entre columnas, jardines y promesas futuras, como ecos de una era que aprendía a respirar en paz.

En la galería norte, Seong-min jugaba a las escondidas entre las columnas con Ye-rim, ahora su esposa. Ambos reían como niños. Él llevaba un hanbok ceremonial verde jade, ella uno en tonos rosados con bordados de crisantemos. Su embarazo apenas comenzaba, pero ya lo anunciaba con orgullo, tocándose el vientre cuando creía que nadie miraba.

Desde el fondo, Gwin-in Da-hye los observaba sentada con un abanico de flores pintadas.

-¿Qué haré contigo, hijo? -suspiró con ternura-. Apenas te casas y ya corres por los jardines como si tuvieras cinco años.

Seong-min se volvió con una carcajada:

-¡¿Y cómo no correr si por fin tengo todo lo que soñé?! Palabra de un príncipe feliz.

Da-hye sonrió, y sus ojos brillaron de alivio. Su hijo, por fin, tenía un futuro sin sombras.

Y mientras las risas llenaban el aire como campanas de primavera, otros pasos cruzaban los umbrales del palacio, trayendo consigo recuerdos del pasado y afectos que nunca dejaron de latir.

En el Salón de los Ciruelos, Seo-ra llegó con su hijo Do-hyun, ya con diez años. Ambos fueron recibidos con respeto, como invitados especiales. El niño corrió directo hacia Jun-su y Ha-jin, y pronto los tres jugaban a montar caballos de madera, espadas de caña y gritos de guerra noble.

-Hará un gran príncipe algún día -dijo Yeon-hwa mirando a Do-hyun.

Seo-ra asintió.

-Con suerte, sabrá ser mejor que nosotros.

Se abrazaron brevemente. No eran solo cuñadas. Habían sido testigos de las cicatrices que la historia deja en quienes aman.

Y mientras el sol comenzaba a inclinarse hacia el poniente, los lazos del pasado, aún tensos por viejas decisiones, pedían ser enfrentados una última vez... allí donde la sangre y el silencio compartían el mismo techo.

En una de las cámaras más antiguas del palacio, la Reina Madre, enferma y frágil, recibió su última visita. El Rey Andheon entró sin escoltas. Solo él y su sombra. Su madre, al verlo, giró apenas el rostro.

-¿Vienes a castigarme más?

-No. Vengo a decirte que... he dejado el odio atrás. No quiero que tu nombre pese sobre mi alma.

Ella suspiró. Miró al techo, donde un bordado antiguo mostraba un dragón ascendente.

-Así que esto... también fue Joseon -dijo con voz lejana.

Y ya no hablaron más.

Y mientras los engranajes del reino seguían girando con nuevos guardianes en sus pasillos, la historia se preparaba para descansar... dejando que el amor, al fin, se impusiera sobre las cicatrices del deber.

Jang Wook, ahora con un uniforme azul oscuro del servicio de investigación real, caminaba por el ala este, cargando documentos de seguridad junto a un nuevo grupo de eruditos. A su lado, el Investigador Real revisaba registros. Ambos trabajaban juntos desde hacía un año, y aunque Andheon le había ofrecido un cargo dentro del Consejo, Jang Wook había preferido cuidar el reino desde las sombras.

-Alguien tiene que mantener los pasillos limpios de traidores -decía siempre.

-Aunque ya no se escuchen susurros... el silencio también sabe mentir.

Porque incluso en los días más serenos, hay verdades que se esconden entre los pétalos caídos... y solo quienes han amado con todo el peso del alma, pueden caminar en silencio sin temerle a la sombra.

Esa noche, Yeon-hwa y Andheon caminaron por el lago. Ella sostenía una rama de ciruelo florecida. Él llevaba un farol de papel rojo.

-Todo esto... -susurró ella.

-Todo lo que pasó... ¿Crees que fuimos egoístas por luchar tanto por nosotros?

Él se detuvo. Acarició su mejilla como si aún temiera perderla.

-No. Fuimos valientes.

El reflejo de la luz tembló sobre el agua. Él la abrazó, y el mundo, por un momento, dejó de girar. No había corona, ni reino, ni deber. Solo ellos.



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Editado: 31.01.2026

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