RM
EL BESO QUE ROMPIÓ EL HIELO
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Nunca creí en el amor a primera vista. Para mí, el amor era cosa de novelas cursis que mi hermana dejaba abandonadas en el sofá, con sus portadas de siluetas abrazándose bajo la luna. Yo era RM, el solitario empedernido, el que prefería el frío de las estadísticas al calor de un latido ajeno.
Pero aquella tarde de invierno (un sábado gris en que mis amigos me arrastraron a la pista de patinaje sobre hielo del parque central) el destino decidió reírse de todas mis certezas.
El hielo crujía bajo mis patines con torpeza de principiante. Yo, que dominaba los números y las palabras, era un desastre absoluto sobre esa superficie resbaladiza. Me aferraba a la baranda como un náufrago a su tabla cuando la vi.
Estabas al otro lado de la pista, con un gorro rojo que contrastaba contra la luz blanca del invierno y una bufanda larga que ondeaba tras de ti como una bandera. Patinabas con la gracia de quien ha nacido para desafiar la gravedad, trazando círculos perfectos, ajenas al mundo.
Y entonces me viste.
Tus ojos, del color del caramelo tibio, me encontraron justo cuando mis pies decidieron traicionarme. Resbalé. Caí. El hielo me recibió con un golpe seco en la cadera y un sonrojo que me quemó las mejillas más que cualquier vergüenza anterior.
Te reíste. No con burla, sino con una risa clara como campanillas de nieve. Y te acercaste a mí deslizándote con esa facilidad que yo envidiaba.
— ¿Primera vez? — preguntaste, extendiéndome la mano.
Tardé unos segundos en reaccionar. No era tu pregunta lo que me paralizaba, sino el roce de tus dedos al envolver los míos. Una corriente cálida recorrió mi brazo, derritiendo algo que ni siquiera sabía que tenía congelado.
— Sí — logré decir, con la voz rota por el asombro.
— Pero no quiero que sea la última —
Sonreíste, y en esa sonrisa supe que mi vida se había dividido en dos mitades: todo lo que fui antes de conocerte, y todo lo que sería después.
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Pasaron los meses. El invierno dio paso a una primavera que olía a ti (a magnolias y a esa loción de vainilla que usabas en el cuello), y yo, el hombre que nunca escribió un poema, llené cuadernos enteros intentando describir la manera en que tu mirada se arrugaba cuando reías.
No fue fácil. Nada que valga la pena lo es. Tuvimos discusiones silenciosas, malentendidos que nos alejaron por días enteros, noches en que dormí abrazando tu sudadera solo para sentir que aún estabas cerca. Hubo un momento, en Octubre, cuando casi te pierdo para siempre. Discutimos bajo la lluvia, y recuerdo haber pensado que el cielo lloraba por mi estupidez.
Pero el amor (el verdadero, el que duele y sana a la vez) nos encontró de nuevo. Yo aprendí a soltar mi orgullo de hierro, y tú me enseñaste que rendirse no es lo mismo que perder. Nos reconstruimos, pieza por pieza, beso por beso, promesa por promesa.
Y así llegó otra noche de invierno.
No estábamos en la pista de hielo, sino en el mirador del faro viejo, ese lugar que se volvió nuestro refugio. La luna llena pintaba de plata el mar, y la ciudad allá abajo parecía un montón de estrellas caídas. Tus mejillas estaban rosadas por el frío, y tus labios temblaban (no por la temperatura, lo sabía, sino por lo que se avecinaba).
Llevaba semanas planeando este momento. Había escrito un discurso, lo había ensayado frente al espejo tantas veces que ya lo sabía de memoria. Pero cuando giraste hacia mí, con esa luz de luna atrapada en tus pestañas, todas las palabras se evaporaron.
— ¿RM? — preguntaste, inclinando la cabeza.
— ¿Estás bien? —
No, no lo estaba. Estaba mejor que bien. Estaba a punto de romperme y reconstruirme en el mismo instante.
En lugar de responderte, acerqué mi mano a tu rostro. Mis dedos (temblorosos, torpes como aquella primera vez en el hielo) acariciaron tu mejilla con la suavidad de quien toca algo sagrado. Cerré los ojos un segundo, solo para grabar a fuego el tacto de tu piel contra la mía.
— Tú — susurré, y mi voz sonó como una oración.
— Siempre has sido tú —
Tu respiración se entrecortó. El viento sopló trayendo olor a sal y a pino, pero yo solo podía oír el latido de mi corazón, tan fuerte que me parecía imposible que no lo escucharas también.
Y entonces, finalmente, me incliné.
Fue lento. Tan lento como el invierno cuando sabe que la primavera lo espera. Mi frente tocó la tuya primero, y nuestros alientos se mezclaron en una nube blanca que se deshizo en el aire frío. Tus pestañas rozaron mis pómulos cuando cerraste los ojos, y oí el pequeño suspiro que escapó de tus labios (ese sonido que guardaría en mi memoria por el resto de mis días).
Cuando nuestros labios se encontraron, el mundo entero se detuvo.
No fue un beso cualquiera. Fue el final de todas las esperas, la respuesta a todas las preguntas que nunca me atreví a hacer. Comenzó tímido, casi casto (un roce apenas, como si ambos supiéramos que esto era demasiado importante para apresurarlo). Pero luego tú suspiraste contra mi boca, y ese suspiro fue la llave que abrió la presa de dos años de anhelo contenido.
Editado: 30.04.2026