Mi nombre es Kim Seokjin. Para el mundo, soy el "Worldwide Handsome" de BTS, un ícono del K-pop. Para mí, en este preciso instante, soy solo un hombre con una crisis existencial y una temperatura bajo cero.
El problema no era el escenario de Seúl, las luces del estadio o las 50,000 almas gritando mi nombre. El problema era el aire acondicionado de la sala de descanso tras el concierto. Y mi propia estupidez.
Había estado jugando con un viejo reloj de bolsillo que me regaló un fan. Decía ser una "réplica de un artefacto temporal", algo sacado de un dorama barato. Entre risas, lo giré, presioné un botón oculto y recité en voz alta la pegatina que tenía grabada: "Para cuando el presente sea demasiado presente".
El mundo se volvió estático. No hubo un torbellino de luz, ni un túnel psicodélico. Solo un parpadeo, como cuando cambias de canal en la tele, y el sonido ensordecedor del estadio se desvaneció, reemplazado por un silencio absoluto y el aroma a… ¿café recién hecho?
Parpadeé. Ya no estaba en el frío camerino. Estaba en una cafetería. Pero no una cualquiera. Era un espacio diáfano, con paredes de vidrio líquido que cambiaban de color en ondas suaves, mostrando un cielo nocturno salpicado de edificios que se elevaban hasta tocar las nubes, conectados por puentes de luz. La gente, con ropas que parecían una segunda piel de colores sutiles, miraba sus propias muñecas, donde flotaban hologramas en lugar de relojes.
Entré en pánico. Mi instinto de artista me hizo hacer lo único que podía: sonreír y caminar como si supiera a dónde iba. Me senté en una de las mesas, que era una superficie táctil que reflejaba el menú.
— Bienvenido a Temporal Grounds — dijo una voz alegre y metálica. Una camarera androide con forma de gato robótico se materializó a mi lado.
— ¿Desea un café del siglo XXI? Es nuestra especialidad vintage. Muy popular entre los nostálgicos —
— Uh… sí, un latte, por favor — tartamudeé. Mi voz sonó extraña, como si viniera de otro mundo. Porque, técnicamente, así era.
— Excelente elección— dijo el gato-androide, y sus ojos se iluminaron.
— ¿Lo quiere con el patrón de copos de nieve o con el de la cara de un desconocido apuesto? —
— ¿Cara de desconocido? — pregunté, confundido.
La androide proyectó un holograma con mi propia cara, sacada directamente de la sesión de fotos de Butter. Me reí a carcajadas. Hasta en el futuro, mi ego me seguía.
— El de los copos de nieve está bien — dije, aún riendo.
— ¿Cuánto es? —
La androide parpadeó, confundida.
— ¿El pago? ¿Acaso eres de la Edad Oscura? — dijo, y luego su tono se volvió alegre.
— ¡Ah, ya veo! Eres un turista temporal. No te preocupes, es una cortesía. La primera bebida es por cuenta de la casa para los viajeros desorientados. Pero, por cierto, tu ADN tiene una marca genética muy peculiar. Casualmente, un 99.999% de compatibilidad con otra cliente que tenemos aquí —
Justo en ese momento, un escándalo interrumpió la tranquilidad de la cafetería.
— ¡Ni siquiera he terminado de pedir y ya me está diciendo que mi compatibilidad genética está aquí? ¡Este es el peor servicio de citas futurista que he tenido! — gritó una voz femenina desde la barra.
Me giré. Y el tiempo, por segunda vez en el día, se detuvo.
Ella era… un caos. Pero un caos hermoso. Llevaba un mono plateado que parecía de la alta costura de una galaxia, pero lo llevaba con la cremallera medio abierta, revelando una camiseta negra con el logo de una banda antigua de rock. Su cabello, de un azul eléctrico y despeinado, contrastaba con sus ojos, que eran de un color miel intenso. Estaba discutiendo acaloradamente con el androide, mientras sostenía una taza humeante y unos lentes de realidad virtual en la cabeza, que solo le cubrían un ojo, como un parche de pirata tecnológico.
— ¡Es usted! — exclamé, levantándome de la mesa. No sabía por qué, pero mis pies se movían solos.
Ella me miró, entre el enfado y la sorpresa. Su mirada recorrió mi chaqueta de cuero, mis jeans ajustados y mi rostro. Una chispa de reconocimiento brilló en sus ojos, pero rápidamente fue reemplazada por una mueca de incredulidad.
— ¿Ah, sí? ¿Y quién eres tú? ¿El repartidor de pizza espacial que me debe tres créditos?— dijo, con un tono sarcástico —
— Soy Jin— dije, con la sonrisa más ancha que pude, la de mi Worldwide Handsome.
— Kim Seokjin. Y según el gato-robot de aquí, somos almas gemelas —
Ella se quedó en blanco. Luego, soltó una carcajada tan genuina y contagiosa que los hologramas de las paredes parpadearon.
— ¿Almas gemelas? — repitió, secándose una lágrima falsa.
— ¿Y con qué prueba? ¿Con un cupón de café? Mírate, llevas ropa de hace un siglo. Apestas a polvo de archivo. Y yo… — se señaló a sí misma.
— Yo soy una desastre andante que no puede ni siquiera pedir un café sin que el sistema la etiquete para una cita a ciegas. Somos el dúo dinámico del desastre —
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Su nombre era Aria. Aria Song. Era una ingeniera de realidades sintéticas, pero estaba en un período sabático forzado porque había "accidentalmente" reprogramado el sistema de tráfico de la ciudad para que los coches voladores solo pudieran moverse en forma de caracol. Era caótica, brillante y terriblemente directa.
Y a pesar de su escepticismo, no pudo negar la evidencia. La androide nos llevó a una cabina privada y, con un escáner de ADN, proyectó un gráfico de compatibilidad. Era perfecto. No solo genéticamente, sino en todo: humor, valores, incluso la predisposición a gustar del mismo tipo de comida picante.
— Esto es un error — dijo Aria, mirando la pantalla con desconfianza.
— El sistema está diseñado para encontrar parejas estables, no para crear comedias románticas —
— O tal vez — dije, inclinándome hacia ella.
— Es el destino —
Ella me miró, y por un segundo, su fachada se resquebrajó. Vi vulnerabilidad en sus ojos miel.
Editado: 28.07.2026