Primer día en palacio. Me recibió la encargada y me explicó lo que hace parte de mis responsabilidades a partir de ahora; ser una dama de compañía no es una tarea fácil, al parecer.
Hoy comienzo mi labor como dama de compañía de uno de los príncipes.
Camino por el palacio aún silencioso; llegué bastante temprano, así que tengo tiempo para recorrer los pasillos del inmenso lugar. Todos lucen muy similares después de un tiempo caminando, llenos de cuadros en las paredes, aunque el palacio de por sí ya parece un cuadro de Goya.
En el salón de estar, colgado sobre la chimenea, está un cuadro de la actual familia real.
Cinco personas perfectamente vestidas, dos sentadas, el resto de pie a sus espaldas.
La reina Catalina, una de las figuras sentadas, de cabello rubio y de expresión penetrante, junto al rey Jorge, de cabello negro y mirada esquiva, sentado junto a ella, tienen cuatro hijos.
Carlos es el heredero de la corona; parado junto a su madre en la pintura, luce un poco más joven, pero mantiene ese aire ceremonial en su expresión. Es el mayor de sus hermanos, aunque es el gemelo de David; nació unos segundos antes, por lo que es el príncipe de Asturias. He escuchado que es ordenado, práctico y muy bien portado; tiene la compostura que tendría el heredero.
David, parado junto a su hermano y detrás de su madre, manteniendo una sonrisa cautivadora en el rostro. Él es bastante contrario a su hermano, es un espíritu libre; no es un príncipe problemático o escandaloso, pero sí es mucho más relajado y "libre" dentro de lo libre que puede ser un miembro de la familia real.
Después sigue Mara. Parada detrás de su padre, apoyando sus manos sobre la silla, puedo ver el parecido que tiene con su padre; heredó su color de ojos. Su expresión es tranquila y serena, tiene un aura digna innegable de una princesa. He escuchado que es una princesa ejemplar, es la modelo a seguir de muchas jovencitas españolas, la viva imagen de lo que es la monarquía; ella junto a Carlos son sus mejores representantes.
Por último, está el príncipe Teodoro, pero todos le dicen Teo. De pie junto a la silla de su padre, sus ojos verdes miran en otra dirección, contrastando con el resto de su familia. Parece no querer estar ahí; posiblemente sea así. Él es la oveja negra real; a sus 21 años siempre se ha portado como un total desastre. Es un príncipe fiestero, mujeriego y que, además, las cámaras de la prensa lo aman; no hay escándalo en el que él no esté involucrado, desde hacer una fiesta en la plaza mayor hasta ser descubierto in fraganti mientras tiene sexo con la duquesa Ekaterina, nieta del zar de Rusia.
Es a él a quien tendré que estar acompañando, un poco cliché, creo yo; a la nueva le toca el príncipe desastre. De todas formas, nadie quería este trabajo; al parecer, soy la única valiente que lo aceptó, aunque bueno, tengo mis motivaciones para aceptar y tampoco estaré aquí mucho tiempo.
Sé que el príncipe será un reto, pero no planeo dejar que un poco de presunción real me haga desistir.
Después de mirar el cuadro un poco más, me voy rumbo a la cocina junto al resto del personal de servicio.
Al llegar, me siento sobre una butaca y al segundo llega la encargada; en el lugar hay varios miembros del servicio y tres chicas más vestidas igual que yo, solo que en diferentes colores. Ellas son las acompañantes de los demás príncipes.
—Buenos días a todos —saluda la encargada, Beatriz. Es una mujer de mediana edad, de contextura delgada y un rostro serio, aunque sé que en realidad es muy amable. Comienza a dar las indicaciones a los demás empleados a las que yo no presto demasiada atención. —. Las damas de compañía de los príncipes Carlos y David por el día de hoy no tendrán más que arreglar las habitaciones de los príncipes; el resto de su día lo tendrán libre. La dama de compañía de la princesa Mara debe ir a revisar el invernadero de la princesa; pidió que sus flores se mantengan frescas para su llegada. Y para la nueva dama de compañía del príncipe Teo, debe estar en la entrada dentro de una hora para recibir al príncipe. —Una vez que termina de dar las indicaciones, se va y todos comienzan a hacer sus labores.
Me quedo sentada en mi lugar a esperar la llegada del príncipe o, como prefiero llamarlo yo, la Real Torpeza.
Un poco de respeto, Eleanor, que es tu jefe. Me regaña mi conciencia.
Lo que no sepa no le hace daño. Y en mi defensa, no estoy diciendo ninguna mentira.
El tiempo pasa volando y decidí recorrer el castillo un poco más, siempre manteniéndome cerca de la puerta principal para no demorarme demasiado en llegar a tiempo. Los cuadros del castillo no dejan de sorprenderme; hay pintura de autores como Goya, Monet y Velázquez. Es hermoso ver las obras de artistas como estos y es igual de sorprendente que estén aquí y no en un museo. Sigo caminando y observando las decoraciones, estatuas y demás adornos que hay en las salas. Todo se ve pulcro y ordenado, impoluto en su máxima expresión; parecería que aquí no vive nadie de lo organizado que está. Cualquiera podría decir que en los muchos salones no conviven los miembros de esta familia y es muy probable; es un castillo inmenso, tiene tantas habitaciones que no podría contarlas con los dedos de las manos, incluso creería que ni con los de los pies.
Tras un rato más de espera, reviso mi reloj de muñeca; la hora de la llegada del príncipe se acerca. Me dirijo hacia la puerta de entrada y ya ahí están dos mayordomos; ellos llevarán las maletas del príncipe a su habitación. Me ubico delante de ellos y esperamos. Al poco tiempo, las puertas de entrada se abren dejando ver al hombre detrás del nombre.