—Ya, te dejaré ir solo por esta vez, pero la próxima no te escaparás tan fácil. —Me alejo de él, sin hacer reverencia; salgo rumbo a mi habitación lo más pronto que puedo. Al entrar, me recargo contra la puerta y suspiro.
El príncipe no estaba tan equivocado; admito que sus palabras me alteraron. Es un hombre atractivo, tiene unos ojos penetrantes y muy intensos, es alto y se ve que hace ejercicio; cuando tenía su cuerpo contra el mío, podía sentir lo fuerte que está. Sus manos son grandes; aún puedo sentir la calidez que dejó sobre mi cintura.
Cierro los ojos y respiro profundo, necesito tomar un poco de aire fresco. Me miro en el espejo antes de salir, acomodo mi ropa y peino mi cabello, ya que me despeiné un poco al estar... bueno, no creo necesario mencionarlo.
Mi reflejo se pone un poco rojo y llevo una de mis manos hacia mi cara.
Contrólate.
Me digo a mí misma antes de salir a uno de los jardines y sentarme en un columpio hecho de cuerda y madera para observar el cielo.
Narra Teo.
—Hey, Teo, pásame una cerveza —habla Aksel desde un sillón, mirando la regrabación de Fórmula Uno en el plasma.
Voy a la mininevera del salón y saco dos, las dejo sobre una barra y miro a través de la ventana.
Vaya, pero ¿qué tenemos aquí?
Hablo en mi mente mientras veo a Eleanor sentada en un columpio frente a mí; está mirando el cielo cubierto de nubes.
Esa chica es hermosa y muy caliente, tiene unos ojos marrones profundos y una boquita rosada, perfecta para comérmela a besos. Su cuerpo me llama a hacer muchas cosas, es realmente sexy.
Le entrego una cerveza a Aksel. —Voy a salir un rato al jardín; tanto tiempo en un avión sentado cansa. Me cuentas cómo va la práctica.
—Claro, bror, pero ya sabemos que Bergman quedará de primero como siempre; más le vale a ese condenado ser el campeón del mundo este año. —Asiento y salgo rumbo al jardín.
Askel es mi mejor amigo y es muy fan de la Fórmula Uno; si no fuera a ser el futuro rey de Noruega, estoy totalmente seguro de que sería corredor de Fórmula Uno. Pero sus padres no lo dejan acercarse a un auto de carreras, sabiendo los riesgos que eso implica, y él lo canaliza siendo seguidor de un piloto en específico; ahora mismo está detrás de Alexander Bergman.
Los dos somos extremadamente opuestos; si mi madre me hubiera prohibido hacer algo, le habría llevado la contraria de inmediato y lo habría hecho sin importar cuántos reportajes hubieran salido de mí. Somos como el Gin y el Yan, él el príncipe modelo a seguir y yo el rebelde de las casas reales; soy la mala influencia real, justo por eso muchos monarcas no quieren que me acerque a sus hijas, creen que las voy a corromper, y no están equivocados, tendré a sus preciosos retoños gimiendo mi nombre sobre mi cama.
Una vez en el jardín, camino sigilosamente hacia ella, la cargo por sorpresa y la acorralo contra el árbol.
—Maldición, ¿tú otra vez? Bájame. —Se intenta zafar de mi agarre, pero no la dejo.
—Cuida esa boca, preciosa, no querrás un castigo muy al estilo príncipe Teo. —Le sonrío de lado y ella suelta un suspiro de frustración. —Y me vas a ver todos los días, así que ve acostumbrándote.
—¿Qué no fue suficiente en el cuarto, alteza?
—Oh, para nada, en mi cuarto no pude verte gemir. Vamos, Eleanor, podría hacerte tocar el paraíso si me lo permites. —Al parecer mis palabras surten efecto sobre ella, pues sus mejillas se ponen un poco rojas, y estoy seguro de que no es de rabia.
—Eso no pasará, alteza, así que bájeme.
—Lo hará, tal vez no ahora u hoy, pero pasará, te tendré temblando bajo mi cuerpo, verás que así será. —La dejo bajar y ella acomoda su ropa; su uniforme le queda muy bien, lleva un vestido azul que le llega por las rodillas, la falda es amplia y unos zapatos de tacón bajos. Cada una de las damas lleva un color diferente; los elegimos mis hermanos y yo, así las diferenciamos unas de otras con mayor facilidad. Y admito que el azul le sienta muy bien; su uniforme solo me hace recordar a esos fetiches que tienen los empleadores con sus mucamas sexys; a veces creo que las fuerzan a usar esos uniformes nada más para poder excitarse cada vez que las ven.
Eso me dio una muy buena idea que pondré en práctica pronto.
Me doy la vuelta dispuesto a irme, pero ella me detiene.
—Espere un momento, alteza.
—¿Qué? ¿Quieres más? —Me giro sobre mi posición y la veo negar mientras me reprocha con la mirada.
—Solo deseo resolver una duda.
—¿Qué deseas saber?
—¿Por qué actúa así? —Su pregunta me toma por sorpresa.
—¿A qué te refieres? —La miro con cierto recelo.
—Perdone la indiscreción, pero usted no siempre se comportó así, ¿qué lo hizo cambiar tanto?
—Eso no te incumbe, Eleanor, céntrate en lo que sí, no intentes entenderme, porque no lo lograrás jamás, ¿entendido? —hablé seco y serio; odio cuando las mujeres creen que me pueden cambiar, intentan entenderme y tratan de "salvarme" cuando no hay nada que salvar. Me gusta ser así, me gusta divertirme, soy joven y toda mi vida me han puesto normas y reglas absurdas; pienso hacer lo que se me venga en gana.
—Sí, señor, lo entiendo, disculpe si fui impertinente. —Hace una reverencia y se va.
Me quedo mirándola alejarse, y me sorprendo gratamente por su postura al caminar; camina con una postura casi perfecta; no sabía que el personal británico estaba tan bien instruido.
Hablando de la casa real británica, hay todo un misterio con la princesa de ese país; es un total enigma esa chica, casi nunca sale a eventos públicos y, si lo hace, siempre lleva una máscara. Admito que eso siempre le ha dado un toque magnético; entre varios príncipes hemos hecho apuestas para tratar de acostarnos con ella, pero nos ha rechazado a todos.