Después de quince días viajando por el mar, llegamos al imperio. Una suave brisa lleva consigo algo familiar, el aroma de los pinos mezclado con el agua salada del puerto me daba tanta emoción por bajar e ir a casa. El camino del puerto al castillo era de medio día a caballo. Mientras nos dirigíamos a la capital, padre se notaba algo distraído. Es algo raro de él; a pesar de ser un emperador responsable y de que a simple vista se vea intimidante, no suele estar mucho tiempo callado, y más cuando se trata de un viaje. Casi siempre nos cuenta chistes o historias de cuando era joven y viajaba por el reino. Personalmente, esas son mis favoritas, pero en esta ocasión no hay nada.
Un suspiro pesado sale de padre. Antonio y yo solo nos miramos, confundidos por su comportamiento. La mirada de mi querido hermano se veía preocupada por la situación. Humedeciendo un poco mis labios, decido preguntar por su estado.
—Padre —tomé valor para continuar—, ¿está todo bien? Desde que llegamos al puerto estás callado.
Sus ojos parpadean varias veces, parecían como dos mariposas revoloteando por el lugar y posándose en nosotros, buscando una manera de relajar el momento.
—Discúlpenme, es solo que el viaje... me dejó mareado. —Y estas fueron las últimas palabras que nos dirigió el resto del camino.
El día casi terminaba y nuestro viaje ya estaba terminado. El cielo estaba decorado con un color ámbar precioso. Nuestra llegada al castillo no pasó desapercibida. El servicio del palacio y el secretario de nuestro padre estaban presentes para nuestro encuentro. Madre también estaba esperándonos. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, algo no estaba bien. Al bajar del carruaje, madre lo único que hace es dedicarnos una sonrisa floja para luego ir con padre. Hablan por un momento, para luego olvidarse de nosotros.
—Colin —dirigiéndose a su secretario—, por favor pide que escolten a los príncipes al salón, deben tener hambre.
—Enseguida, mi señor.
Antonio me dedica una mirada de preocupación. ¿¡Qué rayos le pasaba a nuestro padre?! Madre, con duras penas, nos miró.
En ese inmenso salón se encontraban dos príncipes sin apetito, jugando con mi comida. Antonio susurra algo.
—Magnolia, nos vemos afuera del comedor. —Se levanta de la mesa haciendo un gran ruido. —¡Ahhhhh, qué sueño! Muchas gracias por la comida, pero me gustaría descansar después de ese largo viaje, nos vemos.
Sale tan despreocupado que parece un idiota, pero es momento de mi turno para salir de allí.
—Disculpe, Amanda, me siento algo satisfecha, ¿puedo retirarme? —Amanda hace un pequeño gesto de aprobación para levantarme de la mesa. Mis pasos resonaban en ese gran comedor, parece que no tiene un fin.
Al encontrarme con Antonio, lo único que hago es cuestionarlo por su comportamiento.
—Oye —alzo la voz al momento que lo veo—, eres un idiota por... —Mis palabras no fueron terminadas a consecuencia de mi hermano.
—¡Shuuuuu! —Pone uno de sus dedos en su boca—. Si no te callas de una vez, nos van a descubrir. Señala con ese mismo dedo a los guardias que hacían su patrullaje.
Mis mejillas arden por la interrupción de Antonio, estaba enojada. ¿Cómo se atreve a callarme de ese modo?
—Vamos —dice Antonio mientras jala de mi brazo, haciéndome correr por un largo pasillo.
—¿A dónde vamos?
—Tú solo cállate y sigue corriendo.
Era tan confuso todo. Lo único que sabía es que estaba corriendo por diferentes pasillos, pasillos que nunca llegué a conocer. Pero sin previo aviso, nos detenemos frente a una pared. Bueno, eso es lo que aparentaba, hasta que él jaló una lámpara.
—¿Una puerta secreta? ¡Maldita sea, Antonio! ¡Ya dime qué está pasando! —Parece desesperado por mi interrogatorio.
—Lo sé, lo sé, es solo que... —Parece que no sabe qué decir—. Te prometo que después te lo explico, solo... vamos.
Su pedido me llevó a un cuarto que solo lo iluminaba una pequeña rendija.
—¿Cómo encontraste este lugar? —Le pregunto.
—Tú solo pon atención.
La habitación en la que estábamos tenía un fuerte olor a humedad, era oscura, a excepción de una fina luz que salía de una puertita. Una fina voz familiar se escuchaba. Antonio levanta la pequeña puerta, era la sala de reuniones. Podía ver a mis padres y a los consejeros.
—¿Esto es...? —No me dejó terminar cuando solo apunta a esta pequeña ventana.
—Entonces, su Majestad... —Habla uno de los consejeros—. Los príncipes están a punto de cumplir dieciséis años, ya están en edad. Le recuerdo que ellos tienen expectativas que cumplir.
—Entiendo su preocupación, pero son jóvenes, apenas están aprendiendo cómo manejar un reino. Tenemos que esperar a que ellos decidan, como lo hice en su tiempo.
—Mi señor, con mucho respeto, pero usted era solo un heredero. Por primera vez tenemos dos candidatos competentes para fortalecer el imperio.
—¿Qué sugieren hacer?
—Comenzar lo más rápido posible con los encuentros. Aquí tengo a los mejores, tanto para Magnolia como Antonio para...
Un nuevo día comienza. Mis damas de compañía entran para ayudarme a vestirme. Decidí usar un vestido color marfil con un bordado de flores blancas. Mientras me cepillaban y arreglaban el cabello, entra la institutriz. Antonio y yo compartimos la misma mujer que nos educa, pero, a pesar de ser la misma, suele ser más dura conmigo que con mi hermano.
—Buenos días, Magnolia, tus padres quieren verte para desayunar. Tu hermano ya se encuentra en el comedor.
—Gracias por avisarme, no tardaré.
—También vengo a recordarte que hoy tienes latín, danza y ciencias políticas.
—¿Qué pasó con mis clases de esgrima?
—¿Eso? Las pospuse, estuviste mucho tiempo fuera y lo menos que quiero es que te atrases con tu educación.
—Pero sabes muy bien que mis clases de esgrima son importantes, mi padre lo dejó claro.
—Señorita Magnolia, no me gusta el tono con el que me está hablando. Le recuerdo que su padre me confió la educación de usted y su hermano. Todo el mundo espera mucho de sus futuros gobernantes. Tiene que ser perfecta y nada puede estar fuera de su lugar. —Acomoda un mechón de mi cabello—. A menos que quiera decepcionar a su padre.