La oscuridad me rodea como un manto de terciopelo. De pronto, una luz me ciega durante unos minutos.
Frente a mí se alza el trono de mi padre, destruido, envuelto en sombras que se arremolinan a su alrededor. Susurran palabras que no logro comprender. Todo se detiene, como si el mundo contuviera el aliento, para escuchar una sola frase:
«Tu destino está marcado por la oscuridad».
—¡Ahhh! —Vuelvo en mí de golpe. Aspiro aire con desesperación y dejo escapar un carraspeo profundo, como si no hubiera respirado en años.
—Respira profundo —dice Morgan.
Con delicadeza me ayuda a incorporarme. Su tacto es cálido y gentil, y contra mi orgullo me inunda en una calma.
—Eres una tonta —añade—. Me asustaste. Cuando menos me di cuenta ya estabas en el suelo, balbuceando cosas, con los ojos en blanco.
—Los dioses... —murmuro—. Tuve una visión.
Morgan me observa incrédulo. Sus manos tiemblan.
—¿Cómo es posible? A estas alturas... —sacude la cabeza—. Has intentado durante años tener una visión y nunca lo lograste.
Tenía razón. Durante mucho tiempo traté de tocar el velo de los dioses antiguos: meditaciones interminables, brebajes extraños que queman gargantas y súplicas constantes a los sacerdotes para que me ayudaran a hablar con ellos. Nunca respondieron. Hasta ahora.
—Sabes que te llevaré de nuevo al palacio —dice.
El estúpido de Morgan me carga como si fuera un maldito costal de papas.
—¡Bájame ahora! —le grito.
Mis esfuerzos por liberarme son en vano; a pesar de mi duro entrenamiento como guerrera, la fuerza que posee es superior a la mía. No quería volver al castillo. Me sentía traicionada por mis padres tras su decisión.
—Te ordeno que me bajes ahora —insisto, pero mi voz es solo un susurro olvidado en ese bosque.
Una sonrisa amarga se dibuja en el rostro de Morgan.
—Estás loca si crees que te dejaré aquí. Tus padres deben saber lo que está pasando.
El relinchar de un caballo rompió la tensión del aire, como un trueno inesperado. Era Antonio, cuya armadura crujía al rozar las ramas, como un fantasma de acero. En su rostro descansaban las facciones tensas del miedo y la rabia, mientras su sombra avanzaba como un mal presagio.
—¡Bájala ahora! —ordenó Antonio, su voz era firme y poderosa, mientras apuntaba a Morgan con el arco.
—Antonio, no es lo que piensas... —le respondió Morgan, mi mirada fija en mi hermano, mientras me bajaba lentamente de sus hombros.
En el instante en que mis pies tocaron el suelo, Antonio, sin dudarlo ni un segundo, disparó. El sonido del arco tensado era como el estallido de un relámpago en una tormenta. Al mismo tiempo, se abalanzó sobre Morgan, como un animal que ha encontrado a su presa.
—¡Déjalo! —grité, mi cuerpo intentando separarlos, pero era como intentar detener una tormenta con las manos—. ¡Tú no te metas, Magnolia! ¡Él te secuestró! ¡Nunca debimos confiar en ti!
Las palabras de Antonio eran como golpes de viento helado, cortantes, desgarradores. Los dos seguían en esa danza caótica de gritos y golpes. Algo dentro de mí me obligaba a proteger a Morgan.
—¡Yo escapé! ¡Yo escapé! —grité, mi voz quebrándose como cristal y las lágrimas queriendo escapar.
—¿Qué estás diciendo? —Antonio me miró, su rostro era una tormenta, sus ojos grises tornados en una tormenta de rabia. Buscaba respuestas en mi rostro.
—Me sentía tan abrumada... —mi voz se quebró aún más—. Por... por el compromiso, las lecciones, no podía soportarlo más... —Las lágrimas finalmente cayeron.
—¡Eres una tonta, Magnolia! —el grito de Antonio me atravesó como un rayo en medio de la oscuridad. Me sorprendió escuchar de él tal furia—. Eres una maldita niña caprichosa. ¡No todo gira en torno a ti! ¿Tú piensas que yo estoy feliz con esto? ¿Piensas que yo quiero esto? ¡Claro que no! Pero tú nunca te pones a pensar ni a observar. Tengo las manos llenas de callos, mi cuerpo me duele... Estoy agotado. Y a pesar de todo, tengo que ser el líder que esperan nuestros padres. En cambio, tú... a la primera oportunidad, te escapas. Yo también estoy en el mismo barco que tú.
Las palabras de Antonio fueron como puñales que desgarraron el velo de egoísmo. Era la primera vez que lo veía tan vulnerable, tan desmoronado. No lo conocía de esa manera.
—Yo... no lo sabía... —le susurré.
Antonio soltó una risa amarga, como el viento que arrastra las hojas secas.
—Claro que no lo sabías. Ni siquiera sabes que estoy enamorado de alguien —me dijo, con la voz quebrada, como si esta confesión fuera una herida.
Mi mente se detuvo. ¿Mi hermano... enamorado? El mundo se detuvo por un momento. era la ultima cosa que me imaginaba de el.
—Disculpame—murmuré, sentía una culpa enorme.
Antonio se limpió las lágrimas con impaciencia, como si quisiera borrar la vergüenza al mostrarse tan venerable.
—Déjalo. Perdóname tú a mí. No debí gritarte así. —Su mirada se suavizó—.
Tomé sus manos, mis dedos buscando consuelo en la calidez de las suyas, tratando de hacer las paces, --En serio, ¿piensas en todo lo que acabas de decir?-- y él solo asintió. En ese momento, las palabras parecían no existir, solo el susurro de dos hermanos conociéndose .
Pero antes de que pudiera decir algo más, Morgan se levantó con esfuerzo, su cuerpo marcado por la paliza que Antonio le había dado. Era como un árbol caído que intentaba erguirse de nuevo.
—Por los dioses... —se disculpó Antonio—. ¿Te encuentras bien?
Nuestra atención se centró en él. Pero antes de que pudiera seguir, Morgan, aún con el alma hiriente.
—Perdóname, Morgan. —Antonio trata de levantarlo, extendiendo la mano—. No quería lastimarte. Disculpa... es solo que pensé que... —Intentó explicarse, pero fue interrumpido por Morgan, cuyo enojo ya no era tan profundo.
—No te preocupes —dijo Morgan, su voz más suave—. Sé que solo estabas asustado. Deberías enseñarme a luchar como tú. —Hizo un gesto exagerado con la mandíbula—. Ese golpe me dejó muy adolorido.