El viaje de vuelta se sentía eterno . El viento era helado y cruel; me calaba en los huesos como si mil agujas se clavaran en mí. Estábamos llevando al límite a nuestros caballos; Josep ya estaba muy cansado.
—Solo un poco más —le dije, mientras seguía moviendo las riendas para que avanzara más rápido. Me partía el alma sobreexigirlo, pero teníamos que llegar. Según Antonio, mi padre pensaba que había sido raptada.
Bajamos de las sillas en el momento en que cruzamos la puerta.
—¡Sus altezas, esperen un momento! —nos gritaba uno de los guardias al vernos entrar. Escuché el chirrido de sus armaduras mientras levantaban sus lanzas para intentar detenernos. «Qué buena seguridad tiene mi padre», pensé amargamente.
Avanzamos hasta llegar al Gran Salón. Mi padre ya estaba listo para dar órdenes, mientras mi madre sufría una crisis nerviosa, caminando de un lado a otro con la mirada perdida..
—¡Madre, padre, esperen! —mi grito resonó en las lujosas paredes.
Sus rostros estaban pálidos; parecía que habían visto a un fantasma.
—¡Por los dioses! ¿Dónde estuviste? Estás hecha un lío, hija mía —mi madre corre hacia mi y me inspeccionó todo el cuerpo buscando algo más que rasguños. Su tacto era firme y cálido, sus dedos estaban blancos por su agarre,ese gesto contrastaba con el viento helado de hace un momento. Sus ojos cristalinos me miraban con desesperación viajando de un lado a otroy eso me hacía sentir culpable.
No quería mirar a mi padre; sabía que estaba molesto. Lo defraudé.
—Padre… —mi voz temblaba—. Yo…
Un grito estalló como pirotecnia en el salón.
—¡¿Eres consciente de lo que hiciste?! Pensé lo peor, pensé que te habíamos perdido. Estuve a punto de comenzar una guerra.
Las lágrimas comenzaron a caer como una borrasca; era la primera vez que mi padre me gritaba de esa manera.
—Por favor, perdónenme… Solo quería salir a cabalgar sola. Me caí del caballo y….
Mi garganta quemaba. Sabía que lo que decía estaba mal, pero creía que era lo mejor. Los brazos de mi madre me sujetaron con más firmeza.
—Sabes que no tienes permitido salir sola —la voz de mi madre, antes electrizante, ahora era dulce y comprensiva.
—Lo sé —les dije a los dos—. Es solo que me sentía algo aburrida, y Josep también. Sabía que en estos días no tendría tiempo de sacarlo a pasear.
Mis padres se miraron por un momento. Antonio, que estaba en una esquina siendo ignorado, se para firme como un roble frente a nuestro padre, su gesto de protección me hace sentir como si fuera un cordero asustado
—Padre,su voz es clara. —Creo que estas actuando muy duro con magnolia, este es la primera vez que ella actúa de esta manera, fue una semana dura para todos y la comprendo perfectamente y no la culpo por querer estar sola un momento —su cuerpo se tensa.y estoy muy seguro que en este momento sería bueno llamar al médico real y que revisen a Magnolia —sugirió él.
Un nuevo mañana me sonríe después de una noche espantosa. Mis pensamientos me asfixiaban y mi cama no cooperaba. El té está tibio y el ambiente en el jardín es reconfortante; las rosas blancas y la fuente parecen abrazarme con fuerza, casi como si se preocuparan por mi bienestar. Pero no tanto como mis padres.
El doctor evaluó lesiones leves en mi cuerpo, pero ellos no piensan correr el riesgo de que vuelva a lastimarme; así que, por esta ocasión, puedo descansar un momento.
De pronto, alguien me saca de mi pequeño mundo. Antonio se acerca cauteloso, como si sus pasos pudieran asustarme. Mi corazón no puede evitar marchitarse en el momento en el que lo veo.
—¿Disfrutando tu descanso? —Su voz suena tan diferente bajo la luz del sol; nunca me había percatado lo bueno que es ocultando sus emociones. Toma una silla y se sienta junto a mí.
Asiento en silencio. —Quiero despejar un poco mi mente —respondo. Mis labios apenas tocan el pastelito que planeaba morder—. Es solo que lo que pasó ayer me dejó inquieta. Sobre nuestro papel como gobernantes... ¿Por qué dos gobernantes? Tú... y mi comportamiento de princesa mimada.
Lo miro fijamente. Antonio, hermano mío, perdóname. No actué como un gobernante debe hacerlo, no actúe como una buena hermana, solo pensé en mí. —Lo estuve pensando mucho y creo... —mis manos juegan nerviosas con la servilleta— que tú serías mejor soberano que yo. Me gustaría renunciar a la corona.
Antonio casi se atraganta con el té. Mis palabras lo golpearon como una gran ola que azota la orilla de una playa.
—Sabes que no podemos renegar de nuestro destino —dice, aclarándose la garganta. Recupera su postura, aunque el rastro del miedo sigue en sus ojos—. El viento se levantó de golpe, agitando las rosas blancas.
Los susurros en mis oídos rugieron con fuerza; eran palabras ilegibles para mí. Un escalofrío me recorrió la columna al recordar esa maldita visión: el destino sellado, el trono de mi padre destruido... De alguna manera, quería cambiar ese final.
—Creo que los dioses se equivocaron. Ayer no demostré ser una elegida. No puedo, Antonio —confieso, sin atreverme a mirarlo a los ojos—. No puedo soportar esta carga.
Mis manos tiemblan. Siento cómo mi sangre comienza a enfriarse y, ante mis ojos, las rosas de mi madre comienzan a marchitarse.
—No puedes simplemente renunciar a tu puesto como si fuera un título cualquiera —lo dice como una sentencia de muertel. El viento sopla cada vez más fuerte y los susurros se intensifican—. Mira lo que estás haciendo. Lo que dices va en contra de lo que los dioses quieren para sus tierras.
Se pasa una mano por su cabello oscuro, frustrado. —Magnolia, solo somos servidores. Sea cual sea nuestro destino, tenemos que mantenernos firmes.
Todo lo que dijo Antonio me dejó con más preguntas que respuestas. Era verdad, yo no era nadie para cuestionar la voluntad divina, pero en este momento me sentía perdida. Las dudas florecían en mi interior.